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Ilka Oliva Corado
@ilkaolivacorado

Ríos secos a causa de la extracción minera y del robo de agua para riegos masivos de palma africana. Guatemala ocupa el cuarto lugar en la  tala ilegal de árboles a nivel mundial, un país deforestado hasta la raíz; se acabaron la selva Lacandona para cuartear terrenos para fincas ganaderas y de siembra de palma africana. Un ecocidio tras otro dejando a comunidades enteras sin los recursos básicos de subsistencia;  por ende esta gente  se ha visto obligada a emigrar de forma indocumentada.

Defensores del medio ambiente asesinados por defender el derecho a la vida, porque defender los ecosistemas es defender la vida de todos. Líderes comunitarios asesinados y encarcelados por negarse a abandonar sus tierras, tierras que las turbas de contrabandistas que han tomado el Estado hacen trato con transnacionales que buscan perforarlas en busca de minerales que se llevan  al extranjero a cambio de una limosna al traidor que las vendió. Mismo traidor que cuando no les sirve más, le terminan dando una patada en el culo. 

Corredores secos por doquier,  no solo en Jutiapa y Chiquimula, la hambruna se instaló en el país y los niños en estado de desnutrición se cuentan por miles, también adultos mayores a los que el Estado violentó desde su nacimiento: abandonándolos, robándoles los recursos, las tierras,  negándoles el derecho a la educación, a la salud, a una pensión justa, a una vejez digna; una violencia circular que pasa de generación en generación, una violencia sistemática. 

Ciudades enteras inundadas por el desfalco millonario  de quienes nunca movieron un dedo para arreglar alcantarillas ni el sistema de drenajes, de quienes mintieron haciendo planchas de carreteras que a la primera lluvia se han desmoronado pero eso sí, cobradas en dólares.  Avionetas  cargadas con droga quemadas por doquier, descaro de un narco Estado que nos escupe en la cara y se burla de nosotros sin que tengamos las suficientes agallas para reaccionar porque lo mejor es voltear hacia otro lugar, porque al final del día, nos ha enseñado la historia (la de ellos no la nuestra) que en boca cerrada no entran moscas y con esta actitud pasiva, de derrota, de pesimismo, de insensibilidad les abrimos las puertas del país para que se roben nuestros recursos y también pisoteen nuestra dignidad.  Estados de sitio que es como atar de manos y pies a los únicos que pueden defender su propia tierra; nosotros a lo lejos en la ciudad, en el gran pueblón de cemento los vemos haciendo como que hacemos pero sin mosquearnos.  Eso sí, grandes pensadores, analistas políticos, humanistas, de las redes sociales. Mediocres, eso somos y  unos grandes cobardes. 

41 niñas quemadas vivas en un Hogar Seguro del Gobierno, ¿qué sociedad del mundo no se levantaría enardecida exigiendo justicia? Pero primero, estas niñas fueron violadas en infinidad de ocasiones, expuestas a la trata del tráfico sexual por gente del Gobierno del país y lo denunciaron públicamente,  ¿en dónde están estas personas enfrentando la justicia? ¿En dónde está la sociedad exigiendo sus nombres? ¿Cuántas niñas y niños siguen siendo violados en los hogares seguros del Estado? Les hemos fallado terriblemente a nuestros hijos,   porque son nuestros niños, cada niño debe ser visto como hijo propio. Quien lea entienda. 

¿Cómo es posible que podamos dormir habiendo niños que viven en la calle? ¿Qué clase de seres humanos somos? Cómo es posible que permitamos con el pretexto de ser un mal necesario, que existan los bares, casas de citas y tanto lugar donde prevalece la trata sexual y todo porque un hombre por macho debe asistir a estos lugares; esa no es hombría. Y que nosotras mujeres digamos quitadas de la pena que; mejor que se desahoguen ahí y no que violen mujeres. ¿A qué creen que van los hombres a las casas de citas? ¿Cómo creen que llegaron las niñas, adolescentes y mujeres que tienen en esos lugares?  Somos tan ruines, tan inhumanos, tan descarados…

Vemos los basureros llenos de gente comiendo y viviendo ahí y no nos inmutamos, al contrario los señalamos sintiéndonos superiores por vivir en otras condiciones, creyendo que ha sido fruto de nuestro propio esfuerzo y quitándole responsabilidad al Estado y quitándonos responsabilidad como sociedad. ¿Cómo podemos sentarnos un domingo a comer en familia sabiendo que hay miles de familias comiendo y viviendo en los basureros? 

¿De qué nos ha servido el estudio entonces? ¿Decir que fuimos a la universidad y que logramos conquistar la cima de la montaña? ¿De qué nos sirve un automóvil cuando un hermano camina descalzo entre zarzas? ¿De qué nos sirve un techo con terraza si miles de niños duermen en las calles? ¿De qué nos sirven los cartones de diplomas,  maestrías y doctorados si todos los días aparecen niñas violadas y embarazas? ¿De qué nos sirven los centros comerciales de lujo imitando a los de países europeos si miles de niños se mueren de hambre al otro lado de la calle? ¿En dónde dejamos nuestro sentido común?¿En dónde está nuestra ética y moral? ¿Nuestro sentido humano? ¿En dónde extraviamos la sensibilidad y las agallas? 

El arrabal más violentado día a día y nosotros jampones desde nuestro pupitre de oficina, de salón de universidad, desde la sala cómoda de nuestra casa le llamamos zona roja, nacimiento de clicas, cuando las clicas criminales somos nosotros que no tenemos capacidad de reacción y que solapamos con nuestra actitud racista los desmanes de un gobierno de corruptos, asesinos, violadores y narcotraficantes.  Niños y adolescentes que terminan en la cárcel, niños que desde que nacen les han quitado todo,  a sus padres: a los que les mataron o los hacen trabajar tres turnos al día, niños a los que les niegan el derecho a los tres tiempos de comida, al vestido y calzado, a la  educación y a la salud. 

Niños a los que les meten telenovelas y series de narcos todo el día, porque eso reproduce la televisión nacional y extranjera,  a los que les revientan los tímpanos con la música de letras que repiten de memoria. Una violencia inducida, porque luego de tratarlos como despojos, de excluirlos, de repetirles que no son nada, que no valen nada, de destruirles su autoestima, su amor propio, les envían a los seres iluminados que les ofrecen salvarlos y sacarlos del olvido. Por esa razón los cabecillas de las maras son militares, por eso se pierden granadas y armamento de uso exclusivo del ejército y la policía. ¿Quiénes  creen que les dan las armas? Los jefes de esas maras que ven robado celulares en las calles, bolsas, billeteras viven en zonas exclusivas del país y se visten de saco y corbata o son esos niños bien que por caritas están en televisión nacional. 

Pero ninguna violencia y ningún dolor tan grande como el del hermano que lo ignora y eso hacemos nosotros  no solo los ignoramos sino que los violentamos doblemente al restregarles la yaga del estigma. Somos los causantes y los únicos responsables por elegir los gobiernos que elegimos y por no tener las agallas de sacarlos cuando nos fallan; por mantener un sistema de violencia institucionalizada con las capas de la sociedad que menos recursos tienen para optar por una vida integral que debe ser un derecho de todo ser humano. 

Los pueblos originarios más maltratados día a día, viviendo la violencia más atroz del gobierno neoliberal y lo que hacemos es señalarlos con nuestro temple racista con nuestro aire de superioridad: pobres marionetas,  unos peleles somos. 

¿No nos duele verlos de sol a sol cortando caña? ¿Cortando los granos de café que luego se van al extranjero? ¿Cargando los racimos de banano que no se quedan en el país? El mejor  banano de Guatemala se va al extranjero y nos dejan las sobras. Guatemala lleva décadas comiendo las sobras siendo un país de una inmensa riqueza natural.  ¿No nos revienta la cólera cuando vemos a tanto niño cortando sandías y hojas de tabaco? ¿Cortando verduras en las fincas de los adinerados que nunca les pagarán un salario justo a los adultos y que explotan niños? ¿No nos despierta por lo menos un aire de indignación ver a tanta adolescente y mujer pudriéndose en las maquiladoras de los oligarcas que no pagan impuestos? ¿Los hospitales sin medicina ni infraestructura? ¿Los bomberos sin recursos? 

Hay tanto por lo que debemos indignarnos y reventar en una manifestación multitudinaria de tiempo indefinido, hay tanto que nos llama a una Asamblea Nacional Constituyente Plurinacional, el escarnio nos ve a los ojos, la mancilla de los traidores merece que la justicia los encarcele y que se pudran en una mazmorra. El país debe ser reconstruido, las montañas deben ser reforestadas, las carreteras reconstruidas, se le debe asegurar a cada niño el derecho al desarrollo integral y a cada adulto mayor el derecho a una vejez digna. Y lo tenemos que hacer nosotros, nadie más. Somos nosotros los de ahora, los de ayer ya lucharon y nos dejaron su legado, su ejemplo de dignidad, de coraje, de amor. Porque todos los mártires que la historia oficial ha olvidado lucharon en un acto de amor leal, de amor puro, por nosotros las generaciones de la desmemoria.  Para dejarnos un país con derechos, con recursos, de arboledas y lagos y neblinas y musgos… 

El tiempo de levantarnos es hoy, pero qué va, somos unos cobardes, haraganes, cómodos, insensibles y desmemoriados. Somos la generación que dejará como legado a las siguientes un país en ruinas. Perdón Guatemala, perdón, te fallamos. 

28 de octubre de 2019. 

Fuente: [https://cronicasdeunainquilina.com]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Ilka Oliva Corado

Escritora y poetisa. Ilka Oliva Corado nació en Comapa, Jutiapa, Guatemala, el 8 de agosto de 1979. Desde muy niña vendía helados en el mercado de Ciudad Peronia, en la periferia de la capital guatemalteca. Es autora de tres libros: Historia de una indocumentada travesía en el desierto Sonora-Arizona, Post Frontera, y el poemario Luz de Faro.Actualmente escribe en su bitácora personal Crónicas de una Inquilina.
Ilka Oliva Corado

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