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Interpretaciones de la posverdad

La formación con sesgo ideológico no es pedagogía, es adoctrinamiento

Ignacio Laclériga

Existe sesgo ideológico en la educación, pero no como muchos puedan pensar por enseñar una doctrina socializante que aglutina a todos los educandos. Es verdad que la enseñanza pública abarca la gran mayoría de nuestros estudiantes, pero en una sociedad tan clasista como esta, el gran grueso de la población está tristemente exento del grupo que toma decisiones en el país. El peso relativo de la educación privada y superior a la hora de considerar la incidencia ideológica es extremadamente alto. De todas formas, las confrontaciones ideológicas han marcado los procesos de enseñanza de tal manera, que, en vez de discutir por una pedagogía de corte científico, seguimos enfrascados en imponer un dogma frente a otro.

Ya el presidente Juan José Arévalo abogaba por la liberación. “Pero esta liberación, que parecería ser un concepto del viejo liberalismo, no es un concepto liberal, porque el liberalismo siempre habló de libertad individual, defendió intereses individuales y estructuró un Estado poderoso llamado a defender los intereses del individuo … Liberaremos a la niñez, a la adolescencia y a la juventud de todas las trabas que la ignorancia y la maldad de los adultos y los gobernantes les han impuesto siempre”. Lo decía en un discurso en 1944. (http://bit.ly/2qZznwA).

Así y todo, el punto de partida, la enseñanza primaria, está menos intoxicado de lo que algunos pretenden plantear. Gracias al trabajo increíble que prestan miles de maestros de la enseñanza pública en este país, los niños aprenden cuestiones básicas, por encima de credos doctrinarios y poderes fácticos. Estos maestros de la enseñanza pública acceden a puntos remotos, zonas conflictivas y en condiciones de escasez practican su profesión de la manera más digna posible. Lidian con problemas afectivos, de violencia o salarios, siendo la mayoría de las veces ejemplos de vida para lograr compaginar su práctica profesional y familiar. Hay que decir que este modelo también aplica a la mayoría de los colegios privados que luchan por salir adelante, manteniendo a sus maestros con salarios muy por debajo de su labor profesional. Todos estos maestros tendrán su propio modo de ver el mundo, claramente influido por su realidad cotidiana, en muchos casos, muy alejados de la de las universidades privadas del centro capitalino. Sin embargo, el resultado de su labor son niños y niñas con conocimientos básicos en las diferentes materias. De modo que los jóvenes obtienen aprendizajes en lengua, matemáticas o sociales que les servirán para el resto de sus días.

Este frágil modelo, cimentado en la labor de los maestros con una fuerte ética docente y logrado con grandes esfuerzos de reivindicación social, es constantemente bombardeado desde el modelo economicista de la cultura dominante. Para comprender su postura, basta leer algunas de sus posiciones expresadas desde tanques de pensamiento y columnas de opinión. El decano de economía de una de las universidades más elitistas del país, planteaba, en uno de los medios más influyentes, la necesidad de adaptar por completo la educación al modelo mercantilista. Por supuesto, con toda la lógica de que la elección libre mejoraría sin duda la calidad educativa, inmersa ahora en la ignominia burocrática. Según la postura que defiende, existe el grave peligro de que “un niño esté más expuesto a la retórica del calentamiento global y la igualdad de género que a cultivar habilidades comerciales”. (Extraído el 25 de mayo del 2017: http://www.prensalibre.com/opinion/opinion/es-necesaria-la-innovacion-disruptiva)

O sea, ¡qué enseñar el calentamiento global o la igualdad de género es ideología! Y lo dice alguien que enseña que hay una mano invisible que equilibra el mercado, independientemente de las fuerzas financieras globales, y que al final, pero parece que muy al final, por una milagrosa teoría del goteo, las grandes fortunas de ese 1 por ciento que poseen la mitad de la riqueza mundial, se irá permeando hasta alcanzar los 3 mil millones de habitantes que viven por debajo del umbral de la pobreza. Eso es lo que enseña a los futuros economistas que trabajaran en empresas, bancos y ministerios estatales.

Parece más posible que, de la aplicación de los credos economicistas, resulte la expulsión de la mayoría de la población del propio sistema educativo, tal como ocurre cuando se aplica la misma cuenta de tres al área de la salud o la laboral. Al mercado poco le importa que gran parte de la población permanezca excluida del proceso educativo, con tal de mejorar la calidad de los que logren alcanzarlo. Cínicamente, la forma de acceder a la educación no dependerá de las cualidades del infante, sino de haber nacido en una familia con posibilidades económicas.

Pierre Bourdieu, relevante sociologo, sintetizaba magistralmente como la educación replica perfectamente el modelo social imperante. En ello las dotes o capacidades del estudiante poco tienen que ver, ya que, en un porcentaje claro, el sistema ira eliminando gradualmente a aquellos que pertenecen a un estrato social inferior (https://www.youtube.com/watch?v=uVb2w73dwH0&feature=share). El modelo adquiere dimensiones adoctrinantes cuando una forma de pensamiento se convierte en el referente de toda una élite de centros educativos.

Es verdad que la ideología es un concepto general que conforma nuestro mundo y, a través del lenguaje, impregna nuestras instituciones de carácter; pero también es, además, un conjunto de corrientes de pensamiento más o menos exitosas, más o menos constructivas. Entre ellas destaca el liberalismo y el socialismo como las más preminentes, aunque en sus versiones existen muchas otras, con sus dosis de autoritarismo conservador o progresismo anárquico. El llamado pensamiento único vino a significar la imposición del paradigma de la democracia liberal como dogma global, con la libertad de mercado como estandarte fundamentalista. El socialismo, derrotado, optó por ser parte del sistema o relegarse a la marginación reivindicativa.

Cuando esto impregna la pedagogía, deja de lado su esencia científica, cuya formulación ha ido dirigida a construir un acercamiento a la realidad que nos permita abarcarla, en la medida de lo posible, lo más alejado de los dogmas. Esto fue lo que permitió a Galileo plantear que la tierra giraba alrededor del Sol o a Miguel Servet que la sangre circulaba por las venas, aunque fuera claramente en contra de la ideología dominante de su época. El humanismo renacentista trajo consigo esta formulación del pensamiento por la que se establecían métodos, leyes y teorías que nos permitían abarcar el mundo de una forma más certera que la de la mitología tradicional.

Con la decadencia del sistema capitalista y los modelos industriales de producción, junto con la conciencia de que un crecimiento constante es ambientalmente insostenible; las ideologías de la actualidad han ido alejándose más de la confianza en los procesos científicos, para resolver sus incongruencias intrínsecas adoptando las cómodas áreas del dogma. Con ello, pretenden refrenar cualquier atisbo de claridad científica que pueda poner en riesgo su frágil supervivencia. En ese ambiente de modernidad líquida, tan bien descrito por Zygmunt Bauman, el poder se agarra a cualquier estrategia estereotipada con tal de mantener su status quo. La educación se convierte en utilitarista y, nuevamente, la lógica del mercado marca lo que es válido o invalido. Se relega, de este modo, del conocimiento cualquier enseñanza dirigida a formar al individuo como ser integral, para diseñarlo en función a técnicas que lo hagan competitivo en el mercado.  (https://g.co/kgs/l2vgdF).

El modelo educativo toma un papel perpetuador de estructuras y su práctica no queda exenta de esta particular influencia del dogma ideológico, frente a la formación pedagógica como ciencia. Posiblemente es el gran debate en el que nos encontramos ante la forma de afrontar nuestro futuro. Por un lado, estaría el crear individuos que acepten sin ningún atisbo de duda el modelo existente tal y como está, asimilando su situación como una realidad exclusivamente producto de su fracaso o éxito individual, con escasa o nula capacidad para formar grupos con los que hacer propuestas. Por otro, nos encontraríamos ante la posibilidad de formar individuos críticos, capaces de desarrollar su propio conocimiento y ponerlo en práctica mediante procesos colaborativos.

El primer modelo está implantándose en una parte influyente de la enseñanza básica y superior de manera alarmante; y en países en vías de desarrollo, como el nuestro, que adoptan dogmas conservadores a rajatabla, más todavía. Esto implica un gran peligro para la generación de futuros profesionales en todas las áreas. La utilización de fundamentalismos dogmáticos para explicar toda la realidad, como las llamadas teologías de la prosperidad, ya sean religiosas o económicas; minimizan las implicaciones de cualquier destreza o habilidad intelectual, reduciéndola a los campos de la fe y el pensamiento positivo.

Las consecuencias de este tipo de adoctrinamientos no solo se percibirán en las áreas de la política, la economía o la academia, convirtiéndolas en campos donde la actuación de los actores quede reducida a la réplica constante del discurso dominante, sino en materias como la medicina o la ingeniería. En un contexto líquido, las posturas asimiladas como doctrina se impondrán cada vez más a los criterios de la investigación científica, haciendo discrecionales decisiones relativas a la salud, la seguridad o el medio ambiente.

Esto no es una predicción a futuro. Son planteamientos que se expresan en las aulas de nuestros centros educativos o que impiden reformas legales a mejoras en la formación. Enseñanzas que pretenden lograr una nueva generación de dirigentes nacionales mediante escuelas con los mismos discursos adocenantes de siempre: La negación de la realidad del otro y discriminar cualquier idea alternativa de progreso. El lógico resultado de todo ello es la obtención de profesionales que son fieles réplicas del molde ideológico dominante, en detrimento de su amor por el rigor científico y por el aprendizaje constante en su área de trabajo.

 

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Ignacio Laclériga
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