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Carlos Figueroa Ibarra

Desde que  las fuerzas armadas de Myanmar  dieron el golpe de estado del 1 de febrero de 2021, más de 180 civiles han sido asesinados en el contexto de las masivas  manifestaciones de protesta contra la dictadura militar. La lucha por la democracia en ese país, también conocido como Birmania, ha sido heroica y sangrienta. Una vez más, la líder moral de esa lucha Aung San Suu Kyi, se encuentra en prisión domiciliaria (estuvo 15 años en esa condición entre 1989 y 2010). Birmania o Myanmar (éste último nombre es cuestionado), ha estado  regida por la bota militar durante la mayor parte del tiempo desde su independencia con respecto a la Gran Bretaña en 1948. Los militares gobernaron entre 1958 y 1960, cedieron el gobierno ese último año y lo volvieron a tomar  mediante el golpe de 1962 que habría de instaurar una dictadura de 26 años. A partir de 1988 los militares iniciaron un período de deshielo buscando legitimarse a través de un proceso electoral, pero los cálculos les salieron mal.

En  las elecciones de 1990, el partido Liga Nacional para la Democracia  (LND) de Aung San Suu Kyi  ganó de manera contundente  y los militares volvieron a dar un golpe de estado, mandaron a la gran dirigente a prisión domiciliaria y se mantuvieron  en el poder otros 22 años. Una nueva transición democrática comenzó en 2011, que culminó con una nueva victoria electoral del partido de Suu Kyi en 2015,  la cual las fuerzas armadas  aceptaron de mala gana a cambio del derecho de nombrar ¡a una cuarta parte de  los diputados al poder legislativo! Además, pese a su triunfo electoral  merced a una maniobra legaloide, no le permitieron asumir a Suun Kyi la Presidencia del Gobierno  sino solamente los ministerios de Relaciones Exteriores, Energía y Educación. No obstante ello, en tanto que su partidario Htin Kyaw asumió la presidencia, de manera virtual  el LND y su líder se convirtieron en un factor importante en el poder político.

El golpe de estado del 1 de febrero de este año revela una constante: una pujante fuerza democrática-popular que ha sido capitalizada por el LND, enfrentada a un aparato militar sostenido por los más poderosos pero que no tienen consenso en la población.  Una vez más, el ejército patea el tablero porque  en las elecciones generales de noviembre de 2020, el LND volvió a ganar de manera aplastante al obtener 396 de los 476 escaños del parlamento. Diariamente vemos por los distintos medios de comunicación protestas callejeras hechas de la manera más creativa, las cuales son reprimidas a sangre y fuego por los militares. El brillo de la dirigente birmana  se ha visto opacado por su ambigua postura y su criticable silencio, ante la represión  de la que ha sido objeto la minoría musulmana Rohingya. Pese a los conflictos étnicos que  la han llevado a ser cuestionada, algo resulta claro: el pueblo birmano quiere como presidenta de su país  a la Premio Nobel de la Paz 1991 Aung San Suu Kyi.

El golpe de estado del 1 de febrero de este año revela una constante: una pujante fuerza democrática-popular que ha sido capitalizada por el LND, enfrentada a un aparato militar sostenido por los más poderosos pero que no tienen consenso en la población. 

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Carlos Figueroa Ibarra
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