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Su amor era blanco, blanco como la nieve,

cada sábado ella lo esperaba en la estación,

con ansias locas de  verlo y estrujarlo

entre sus brazos.

El ciclo se repitió por varios meses,

siendo cada vez más débil,

aunque el amor seguía fiel.

Él dejó de recibir la llamada,

albanera   y ella la sutil caricia en su rostro.

El tiempo y la distancia,

poco a poco los fue separando,

hasta lograr su cometido,

el adiós furtivo y  definitivo.

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