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Nuestra independencia, por disparatada e inverosímil, semeja una opereta histórica.

Voy en mi caminata diaria. Me acompañan mis propios delirios, autos, ruido, personas, árboles. Casi siempre los mismos rostros y siempre los mismos árboles.

Una  palabra da vueltas y vueltas, se agazapa y establece su parapeto, no logro expulsarla.

La palabra es independencia, concepto anclado en nuestra historia y envejecido en el siglo xx. Envejecido y desgastado, lo que no niega que en Latino América sea más una llaga y un buen deseo que una realidad.

Una cosa es declararse independiente y otra muy distinta sostenerla. Declarar no significa ser; somos países inflados por leyes que no se cumplen: el ser, el deber ser y el poder ser. Un verdadero precipicio.

La independencia en Centro América no siempre fue genuinamente libertaria sino fue animada por su contrario, el conservadurismo. Y significó un territorio libre para fechorías de reyezuelos no coronados formalmente, territorio para el despropósito, el abuso y el enriquecimiento ilícito pero «legal».

La misma noción de independencia nos legó estas republiquitas sometidas. No hablo de patria, noción imborrable de la sangre. Hablo de ese despojo que llamamos país.

En el siglo xx estuvimos intervenidos y condicionados por el gran capital y sus intereses. La independencia que gozamos siempre fue una cortina de humo para las más horrendas fechorías locales y la expoliación de nuestros recursos por potencias foráneas.

¿De qué nos sirve la independencia a sociedades llenas de hambre y miseria?

Llegó la noche, terminé el ejercicio. En la entrada misma del autobús, tres personas: un anciano, una anciana y una señora más joven. Estorbaban mucho para entrar.

Los usuarios, para bajar y subir hacían piruetas con tal de pasar aquella valla humana. Campesinos, calzón de manta y caites de mucho uso, pies maltratados acostumbrados al contacto áspero de la tierra. Por ir tan atentos al camino, daba la impresión de buscar una dirección. El chofer nunca dijo nada ni intentó sentarlos. Dijeron de repente un «aquí». El anciano se inclinó y tomó una bolsa que había pasado desapercibida para mí en el suelo. Era una bolsa para drenado urinario y un catéter, casi llena. Ya desde la ventanilla, lo vi caminar despacio y maltrecho, desgastado, enfermo.

Nuestra independencia y fortaleza como países se refleja en los individuos. Tenemos libertad e independencia restringida, disminuida. Tu libertad y tu independencia están directamente ligadas a tus recursos económicos (a menos que creas que funciona en nuestros países la parafernalia democrática tropicalizada).

¿Qué tan libre e independiente es un niño que se ve obligado a trabajar por una paga miserable para comer y dar de comer a su familia?

¿Qué tan libre es una niña que se prostituye sin opción?

¿Qué tan libre es que te veas obligado a migrar para comer?

Somos naciones fugitivas, sombras de hambre fugadas del destino atroz que les depara la patria: esa es la libertad que nos queda.

Sí, dentro de la miseria, somos libres de decidir entre hacer algo o hacer nada. Somos libres de decidir entre sobrevivir o morir de hambre. Y por puro reflejo de conservación se decide hacer algo, aunque eso represente un terrible paso, considerado momentáneo, provisional. Pero los años pasan y aquellos niños pueden ser ahora prostitutas, mendigos, criminales. No podemos esperar de nuestra incapacidad social algo distinto. Somos sociedades con brida y anteojeras, el prójimo bien puede estar de muerte herido que no logramos o no queremos verlo. Somos sociedades donde lo legal se simula, donde lo legal es flexible a billetazos… donde la justicia es ilegal.

Nosotros mismos estamos en la picota. El pordiosero sabe que su condición puede ser nuestro futuro. Sabe, por experiencia propia, que estas sociedades nuestras generan miseria como complemento a la riqueza desbordada de unos cuantos y a la corrupción que las inunda.

Julio C. Palencia
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