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Carlos López

Cuando pasen mil años, el que mis versos lea
en mi Loira, asombrado, deseará beber y,
viendo mi país, creerá a duras penas que
en un lugar tan pequeño naciera tal poeta.
Pierre de Ronsard

Illescas, poeta de la tierra, señor de la palabra, dueño de riquezas incalculables (de las que vuelven pobres a sus poseedores); Illescas, el tocado por la divinidad, el logos hecho hombre, el sembrador de metáforas, el tapizcador de imágenes. Illescas, amante de los libros, tuvo que esperar treinta y cuatro años para ver impreso Palabra en tierra, libro de poesía que tiene un sinuoso camino, un largo anecdotario (que Illescas cuenta en un artículo del domingo 17 de agosto de 1997, en El Búho, de Excelsior, «Por fin la palabra andará por la Tierra, y no por los caminos de Úbeda»). Illescas, generoso, agradece y ve beneficio en el hecho de que se le publique, cuando quienes estamos en deuda con él somos nosotros, que no tenemos cómo agradecer al poeta su palabra; quienes nos beneficiamos somos nosotros con su fuerza, su pasión, su compañía, su imparable verbo.

Con Denise Levertov suscribimos una aproximación de respuesta a quienes contribuyeron para que el libro más reciente del poeta, aunque su creación data de 1963, haya transitado tantos avatares hasta casi rasguñar los primeros días del tercer milenio sin ver la luz: «No creo que la poesía deba preocuparse por imitar violentamente los horrores de nuestros tiempos. El horror es algo que se da por hecho, el desorden es cosa de todos los días; la gente en general se halla en él más “a sus anchas” mientras los escondites se van agrandando. Añoro los poemas de una armonía interior en evidente contraste con el caos en el que existen, […] pienso, por ejemplo, en Passages, de Robert Duncan, en Book of Nightmares, de Galway Kinnell, en algunos de los poemas más recientes de Robert Bly, en los poemas de ira negra, de Leroi Jones; y todos ellos, incluso Aullido, están intrincadamente estructurados, no caotizados. La fuerza está ahí, también el horror; pero están ahí precisamente porque son obras de arte, no vanguardismos autocomplacientes. Poseen la “armonía interna” que es todo un contraste ante la confusión que los rodea».

No sólo la ceguera de los ortodoxos fanáticos del socialismo realmente inexistente tuvo que soportar Illescas. Pese a que no lo declara, corrió casi la misma suerte que Rafael Alberti con su editor de Marinero en tierra (Premio Nacional de Literatura 1925), aunque sus probables editores no tuvieron la sensibilidad de éste. Cuenta Alberti: «Por aquellos días encontré editor para mi Marinero: don José Ruiz Castillo, propietario y director de la Biblioteca Nueva. Me llamó por uno de sus hijos, pintado por mí años antes. Mi asombro fue grande ante la insinuación de que yo costeara, si no toda la edición, por lo menos parte de ella. ¿Cómo sería eso posible? Mejor, le dije, continuar inédito. […] Don José, bondadoso y simpático, comprendió pronto su error. Editaría mi libro, corriendo enteramente con los gastos».

Como a Alberti, a Illescas le dieron de palos en la aldea, como suele suceder todavía a estas alturas de la globalización del mundo. Confiesa Alberti en La arboleda perdida: «De provincia me llovieron algunos palos, absurdos, llenos de mala fe e incomprensión. El comentarista, anónimo, de un diario católico, después de afirmar: “Alberti adviene de alguna villegiatura nórdica al compás del cambiante marino”, me llamaba “monstruo del averno”, “corruptor de la poesía” y no sé cuántas preciosidades más. Otro me criticaba el ritmo, “la cojera rebuscada de los versos, que hace imposible su lectura”. Algo insólito y necio, tratándose de un libro tan sencillo, tradicional, como Marinero en tierra».

Vicisitudes aparte, Palabra en tierra transpira sensualidad, desbordada nostalgia por el presente, si se permite el oxímoron; riguroso trabajo formal con el inconfundible estilo illesquiano; sus elementos nombra (árbol, piedra, agua, nube, fiebre, fuego) con reverberaciones de sal; la duda filosófica omnipresente en la poética de Illescas y la esencia indivisible del clasicismo sobrio. Alma en llamas, pasión a flor de verso, el desenfrenado corazón de Illescas no sólo siente la poesía, la vive, es su vida.

Como dice Marina Tsvietáieva: «Igualdad del don del alma y de la palabra, eso es el poeta. Por eso no hay poetas que no escriban, ni poetas que no sientan. Sientes, pero no escribes, no eres poeta (¿dónde está la palabra?); escribes, pero no sientes, no eres poeta (¿dónde está el alma?). ¿Dónde la esencia? ¿Dónde la forma? Identidad. Indivisibilidad de la esencia y la forma, eso es el poeta. Yo prefiero, naturalmente, a quien no escribe, pero siente, que a quien no siente, pero escribe. El primero quizá mañana será poeta. O santo. O héroe. El segundo (el versificador) no es nadie. Y su nombre es legión».

Amigo de toda la vida de Luis Cardoza y Aragón, el siguiente trazo del autor de Sinfonía del Nuevo Mundo es el boceto de la escultura de Illescas: «Y se me aparece otro genio instalado fuera de Guatemala: Carlos Illescas. Alguna vez yo hubiera querido emprender un recuento de poemas que de él me deleitan. Yo hubiese querido reunirlos fuera de mi memoria y mostrarlos a mis amigos que aman las sílabas multifacéticas y danzantes, como locas vírgenes exactas. Yo hubiese anhelado herborizar diseminadas estrofas, líneas de verbal vehemencia imaginativa. Las encuentro con la fidelidad que constituye su fuerza grácil, su graciosa fortaleza. Un caudal de recuerdos me remolca cuando lo leo: estoy viviendo su vida y la metamorfosis de lecturas inagotables, viejísimas como el porvenir. Suavidad, picardía pálida y sonriente. Todo ello y algo que no sé resolver, entre las que conjeturo acaso es escribir; lo que conjeturo acaso es crear. Salirse de sí, horadar el aire, embadurnarse de luz y sombra, y de tanta vigilia soñar. Voy leyéndolo y, de súbito, salta la liebre cual doncella que sale del lecho; se alzan dardos que creímos pájaros. Me gusta su barroco, hay en él ardentía en equilibrio imposible. El barroco en él no es enfermedad sino naturaleza. Pasión de escritores de meandros. La muerte de lo solemne no está distante. Y cuando lo desea, también sabe ser neto y preciso, mientras hilvana el aire de una paloma».

Palabra en tierra es el último libro publicado por el poeta, aunque fue el primero que escribió. Para los acelerados que quieren publicar en cuanto terminan de redactar sus textos, éste es otro ejemplo de los muchos que legó Carlos Illescas, uno de los mejores poetas de Guatemala y América Latina.

No sólo la ceguera de los ortodoxos fanáticos del socialismo realmente inexistente tuvo que soportar Illescas. Pese a que no lo declara, corrió casi la misma suerte que Rafael Alberti con su editor de Marinero en tierra (Premio Nacional de Literatura 1925), aunque sus probables editores no tuvieron la sensibilidad de éste.

Fuente: La Ermita, 10, Guatemala, abr.-jun., 1998, p. 43-44

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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