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Vientos de Vacaciones Parte III
(Historias de  Guatemala)

Con la cercanía de las fiestas de fin de año, algunos de los muchachos y muchachas optaban por trabajar durante las vacaciones, no solo para ayudar a sus familias, sino también para procurarse el estreno de navidad.

Durante el día las patojas y patojos eran los reyes de las calles, estas eran inundadas no solo por sus juegos, también por sus carcajadas y esa alegría que todo lo pinta de colores. Pero al caer la tarde, uno a uno los enamorados empezaban a sumarse…Parejas tomadas de la mano, otros esperando a la novia en la esquina o en una estación de autobús, otros regresando junto a los adultos después de una jornada de trabajo. Al tenderse el manto de la noche, el cielo se tapizaba de estrellas y en el firmamento se veían las montanas y el coloso volcán, en el cielo la luna con la cara tiznada miraba a las parejas de enamorados y a los que recién despertaban a esos llamados de la vida, que los sacaba de su guarida y los hacía ir de casaría, recorriendo las calles de la colonia.

Algunos optaban por irse a “sextear” como se le solía llamar a ese paseo por toda la sexta avenida de la capital. Yendo de vitrina en vitrina, para ver no solo las novedades de los almacenes, sino también a las vacacionistas que recién acababan de guardar la falda escolar.

La nueva onda del patinaje entusiasmaba a la juventud, que cuando el presupuesto lo permitía, abarrotaban las llamadas “pistas de patinaje” donde patinaban, haciendo maromas al ritmo de la música para llamar la atención de las muchachas que no pocas veces acababan en un tremendo somatón… Dado que no todos tenían esa habilidad de patinar sin caerse, era común ver a los patojos y muchachos ensayando en los callejones de la colonia, en los que pese a las caídas no disminuía su entusiasmo. Los llamados repasos seguían a la orden del fin de semana los cuales se disputaban la atención de aquella generación que amaba el baile, pero a la que aquella moda empezaba a empatinar. La música y el ambiente que reina en las pistas de patinaje eran como un imán, para aquella muchachada, que buscaba puntos de reunión donde esquivaran la mirada inquisitiva de las mamas de las muchachas. Los pistas más frecuentadas por la cercanía a la Colonia, eran el Resbalón (que estaba en el Centro Comercial Montserrat en la Calzada San Juan) y El Corralón (en la calzada Roosevelt). Tanto para ir como para regresar y hacer que el dinero rindiera, más de alguno, se colaba (subirse sin pagar) en la puerta trasera de la camioneta, para ahorrarse los cinco centavos que costaba el transportarse por aquel tiempo, alguien se preguntara, pero que compraba cinco centavos, pues una bolsita de Tortix, un chocolate, un par de cigarrillos (pues los vendían sueltos) en fin. Algunos hasta caminaban de la Colonia a la calzada san Juan de ida y vuelta, para ir a comprar los ya extintos discos de 45 RPM los cuales de cada lado tenían una canción, para tener la música del momento, para los repasos. Algunos otros se pasaban hasta horas de la madrugada esperando, que el programador de turno se durmiera o se le olvidara poner la señal de identificación de la estación de radio, la cual ponían justo al iniciar la canción, cosa muy común en aquellos días para disuadir las copias que se hacían en los casetes.

Los años ochenta traían sus vientos de cambio, no solo en cuanto a la música y las modas, también en el ambiente socioeconómico y político que aquella generación enfrentó en medio de ilusiones, sueños y el recuerdo del primer amor.

Oxwell L’bu
Fotos: Internet

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