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Un criminal llamado Guatemala

La acción criminal sucedida este miércoles 26 contra adolescentes estudiantes del nivel medio en la calzada San Juan ha retratado con todos sus colores la cultura guatemalteca. Y no solo la política y vial, sino también la religiosa y nuestra moralidad. Al mismo tiempo ha expuesto con todo dramatismo la manera irresponsable, clientelista y demagógica como el grupo ahora en el Gobierno actúa y quiere perpetuarse.

Virgilio Álvarez Aragón

El alevoso ataque que el conductor del vehículo cometió contra los estudiantes evidencia el nivel de violencia y de autoritarismo que en el ambiente guatemalteco se estimula. El conductor agredió con toda su furia e intención a jóvenes desprovistos de cualquier defensa. Sabiendo la fuerza del motor y el peso de su vehículo, lo lanzó contra indefensos adolescentes.

No lo detuvo el crujir de los huesos de las piernas de Brenda Domínguez, quien a sus 15 años lo único que quería era vivir la vida, correr y saltar, como cualquier otra niña de su edad, a pesar de que la sociedad no le ofrecía mayores opciones. Soñaba con ser abogada, tal vez para juzgar a criminales como el que la arrolló. El conductor muy posiblemente quiera lo mismo, pero, según él y los suyos, tiene muchos más derechos que ella porque conduce un auto y lo protege la impunidad de los poderosos, por lo cual se permite todo acto de violencia contra los demás.

Esa es Guatemala, la que hemos construido con miles de bendiciones y amenes. Somos una sociedad que estimula la violencia, el autoritarismo, que implican el irrespeto a los derechos del otro. Exigimos libertad de locomoción al grado de que en cualquier embotellamiento atravesamos los carros en las bocacalles y estropeamos el paso de los otros. Somos el país del yo primero. No importa cómo ni con qué. El conductor asesino se educó entre nosotros, y es más que seguro que su familia, sus amigos y sus vecinos lo protegen y felicitan por su vandálico y asesino acto. Oran con él para que su crimen quede impune, ya que su fe y religión es la de la impunidad del poderoso y del castigo a los débiles. Violencia, agresividad y el yo primero son los valores que la sociedad transmite y consolida en escuelas, colegios, iglesias, cafés y mesas del comedor familiar.

El conductor, con su violento comportamiento, nos retrató completos. Los espeluznantes videos que han circulado evidencian la alevosía de su comportamiento, aplaudido por innúmeros perfiles de anónimos usuarios de las redes sociales, que dejan claro que, además de violentos, los guatemaltecos hemos desarrollado una alta dosis de cobardía. El agresor, aunque justifique de mil maneras su acto, se escondió detrás de oscuros vidrios polarizados. Se parapetó detrás del volante para que nadie pudiera identificarlo y corrió a esconderse detrás de paredes familiares. De valeroso asesino de jóvenes pasó a cobarde prófugo. Como ha sucedido en toda nuestra historia reciente: el secuestrador, torturador y asesino siempre ha actuado bajo la cobertura de un rango militar o policial contra ciudadanos inermes, desde la cual impone su fuerza con violencia. De ellos aprendió el asesino de la calzada San Juan. Es a esa cultura a la que pertenece y reivindica.

Nada más sintomático que, mientras el criminal con su fuerza automotriz arrollaba a indefensos estudiantes, otros iguales a él se desgañitaban en las tribunas del Congreso de la República para exigir impunidad. Quieren, como aún sucede actualmente, tener de rodillas a jueces y magistrados que castiguen al pobre y desvalido, pero no se metan con los criminales de charreteras y chequeras voluminosas de dinero mal habido. Queriendo asustar con los petates de los muertos, a todo intento democratizador y modernizador de las relaciones sociales lo llaman comunismo, ya que es el sambenito a poner a todo lo que atente contra sus intereses y juzgue sus crímenes.

Son estos destemplados gritos de «pena de muerte», de «no a la intromisión extranjera» cuando el extranjero que los alimentó y formó se avergüenza del monstruo que produjo y los quiere tras las rejas, de «salvemos la patria» matando a poblaciones indefensas sin que puedan demostrar un solo combate de envergadura contra los alzados en armas, los que resuenan en los oídos y en la conciencia del conductor asesino y de los que enfermizamente aplauden su crimen. Los padres y formadores de aquellos son los mismos que a través de los distintos aparatos de construcción ideológica educaron a estos. Juntos son esa Guatemala de la violencia, del irrespeto, del personalismo, del egoísmo, del yo primero y los demás que miren cómo.

Los adolescentes salieron a las calles porque entre las paredes de su establecimiento escolar nadie les prestaba oídos. Las autoridades actuales, esas que aquellos apoyaron y eligieron esperando recuperar su impunidad, un día sí y otro también hacen gala de clientelismo y demagogia. Ministro de Educación y presidente de la república recorren el país poniendo primeras piedras de obras públicas a diestra y siniestra. Para ellos eso es gobernar: salir sonrientes en los medios de comunicación tratando de convencer a sus electores directos (menos del 25 % del total de votantes) e indirectos de que ellos son los nuevos superpoderosos, los que, si se les trata bien y apoya, les pueden dar una prebenda por aquí, un negocio por allá y, manipulando la pobreza, una lámina a unos, alguna bolsa de alimentos a otros y medicinas y malos hospitales a otros.

Por el crimen de la calzada San Juan hay, en el ministro de Educación y en autoridades educativas departamentales, responsabilidad por incumplimiento de deberes. Los estudiantes y sus padres llevan meses levantando sus demandas, pero, como al ministro le interesa mucho más andar del tingo al tango apareciendo en inauguraciones y eventos, la acción concreta de dirigir y administrar la educación del país ha quedado relegada en manos de los amigos, cuates y adláteres, que hacen lo que bien quieren sin recursos ni planificación adecuada. Si los patriotas impusieron reglamentos autoritarios y lógica militar en los institutos públicos, los efecenistas han dispuesto despreciar y desatender todo reclamo estudiantil.

La Guatemala de la pobreza, la de los humillados y sacrificados, no tiene más alternativa que los gritos desesperados y la movilización callejera para hacerse visible, pero el crimen que tiene ahora a 15 adolescentes hospitalizados, algunos de ellos en estado crítico, puede quedar impune, como impune quieren que queden todos los crímenes que contra la humanidad cometieron los padres y mentores de los que mañosamente se oponen a modernizar la justicia en el país.

Cómplices directos y aliados de todos estos son las autoridades ministeriales, que insisten en mantener en el abandono y el desprecio a la red pública de educación.

Fuente: [https://www.plazapublica.com.gt/content/un-criminal-llamado-guatemala]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Virgilio Álvarez Aragón

Doctor en sociología, formado en la Universidad de Brasilia. Ha sido docente universitario en Guatemala, México y Brasil. Interesado por los temas educativos, ha investigado sobre la política educativa y el magisterio, pero también sobre la democracia y sus riesgos en las sociedades post conflictos. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “Conventos Aulas y Trincheras, Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala” (dos tomos, segunda edición 2013) y “La revolución que nunca fue: un ensayo de interpretación de las jornadas cívicas de 2015”. Publica sus opiniones en Siglo 21 y Plaza Pública
Virgilio Álvarez Aragón
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