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¿El pueblo? Bien, gracias. Por ahí, cachando tiros al aire.

Mi serie de tres artículos sobre el asunto “Me pasé a la derecha”, saltó de ser una de mis habituales bromas a convertirse en fiel termómetro de las temperaturas ideológicas que aquejan a nuestras iletradas capas medias urbanas, tanto de izquierda como de derecha. Porque si mi primera entrega provocó la facilona y farisaica indignación de las buenas conciencias “de izquierda” (que desde su poltrona informática condenan o alaban las conductas del prójimo por el correo electrónico y las redes sociales), la segunda concitó una psicótica oleada de apoyos por parte de inesperados fans de derecha, gracias a los despropósitos que plantee en relación a matar indígenas, feministas, activistas de derechos humanos y dirigentes populares.

La tercera entrega, en la que “Me pasé a la ultraderecha”, hizo reaccionar a la siempre simpática (por fallidamente ocurrente) canalla derechista, la cual quiso emularme escribiendo textos al estilo de “me pasé a la ultraizquierda”, con tan poca fortuna que una irrefrenable misericordia se apoderó de mí y de algunas de mis amigas, quienes, al tierno susurro de “Mis gordos”, se aguadaban llorando a gritos de la risa. Porque no hay espectáculo más conmovedor que el de la derecha intentando ser irónica y sarcástica. Culta, en una palabra. Su pobre naturaleza es simple. De ahí su flatulento ideal de felicidad: “Barriga llena, corazón contento”.

Lo cierto es que el espacio de comentarios debajo de mi columna (y de cualquier columna) es campo privilegiado de una chusma (salvo honrosas excepciones que validan la regla) cuya conciencia fluctúa entre la “ignorancia enciclopédica” criolla y la cándida estupidez clasemediera de la servidumbre paraoligárquica, pasando –claro está– por el tartamudeo mental de legiones de agentes de la inteligencia (militar y civil) que, atrincherada tras vistosos seudónimos gloriosamente mal escritos, clama vociferando sandeces por su minuto de notoriedad en esta ecualizada sociedad del espectáculo.

Si analizamos las reacciones a mi serie de artículos y hacemos de este análisis un criterio para establecer las mentalidades de las capas medias urbanas en materia de nociones políticas y morales, el resultado es escalofriante porque tendremos, por un lado, un conglomerado que sueña con alcanzar una paz basada en el exterminio de indígenas, mujeres liberadas, dirigentes populares y, en general, opositores al delirio neoliberal paraoligárquico y, por otro, una pléyade (minoritaria en cuanto al grupo anterior) de progres biempensantes que, gracias a estar debidamente financiados por la cooperación internacional, se indignan ante cualquier expresión que no encaje dentro de sus hipócritas opiniones políticamente correctas. En otras palabras, tenemos un bando de fascistas encanallados (derecha cool de periodistas “neutrales” incluida) y otro de fariseos farsantes (valgan las redundancias). ¿El pueblo? Bien, gracias. Por ahí, cachando tiros al aire.

El primer bando se ha dado a la reinvención del “enemigo interno” tachándolo de comunista y terrorista, y encarnándolo en las masas y sus organizaciones, así como en las agencias de cooperación que las neutralizan haciéndolas dependientes de sus financiamientos. Y el otro, sigue enseñándole al pueblo la victimización denigrante en vez de organizarse con él en su lucha por el derecho al territorio y el mejoramiento de su condición económica.

Mario Roberto Morales
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