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Tres verdades innegables

Manuel R. Villacorta O.
manuelvillacorta@yahoo.com

1. La vanagloria del combate a los corruptos. Nadie puede negar que, por fin, después de muchísimos años, la lenta y corrupta administración de justicia en Guatemala empezó a dar pasos en la dirección correcta. Pero para ello hizo falta que una comisión internacional viniese y se instalase. Hizo falta que los embajadores de los países más influyentes del mundo dejaran sus cómodas legaciones y se sumaran a las manifestaciones populares. Hizo falta que la prensa no supeditada a la componenda política secular informara y denunciara.

Una vez encaminada la fórmula, los funcionarios corruptos empezaron a caer, uno a uno, hasta nutrir procesos judiciales extensos y desesperantes, que, a decir verdad, en mi caso, me tienen más que agobiado. Cuánto quisiera una justicia más pronta, más precisa y, por supuesto, más cumplida. Por lo anterior, no creo que sea motivo de celebración el que estos zánganos hayan sido capturados y juzgados. Su existencia, que sabemos extiende a muchísimos más, nos debe de avergonzar como país; por tanto, que se les juzgue está bien y es necesario, pero hacer de ello un triunfo inédito nacional, me parece un error y hasta un nefasto exceso.

2. La ofensiva oferta política de Morales y Torres. Los llamados eufemísticamente foros presidenciales solo sirven para evidenciar la pobreza política de ambos contendientes. No merecen ni siquiera ser comentados. Mientras ambos candidatos no demuestren quienes realmente financian sus campañas; mientras no expongan con nombres y apellidos qué personas conformarán su gabinete, mientras sigan evadiendo respuestas a qué harán con la minería a cielo abierto, con el fortalecimiento y la justicia fiscal del Estado, los pactos colectivos, su posición respecto a la Ley para el Desarrollo Rural, las leyes de Contrataciones del Estado y el Servicio Civil, para citar tan solo algunos ejemplos, todo lo que expongan no es más que una evidente retórica evasiva. Qué difícil la tendrán quienes tengan que decidir entre el menos malo.

3. No existen los desastres naturales. La naturaleza tiene su propia dinámica, que evoluciona o involuciona para mantener los recursos del planeta en armonía y equilibrio. La arena del desierto del Sahara que llega a América tiene un objetivo. El incendio forestal provocado por el calor, los vientos y el roce de las ramas, también tiene un objetivo en el equilibrio natural. El suicidio colectivo de algunas especies animales también tiene un propósito. Existen, sí, los desastres provocados por los humanos, cuando se contamina el ambiente, cuando la injusticia condena a los pobres a vivir en laderas y barrancos, cuando los pueblos eligen gobiernos y autoridades ineptas, incapaces de proteger la vida de todos los habitantes.

Esas tragedias sí existen, provocadas por humanos en contra de otros seres humanos. No permitamos más la evasión de responsabilidades; no aceptemos que El Cambray II –para citar tan solo un trágico ejemplo– fue producto o capricho de la naturaleza. Nada más falso, nada más deliberadamente interesado. Acá la ingratitud y la infamia tienen nombres y apellidos. Imposible negarlo más.

Manuel R. Villacorta O.
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