‘Monseñor Romero sabía que lo iban a matar’

Rafael J. Álvarez

Juana Portillo fue asistenta del obispo, que hoy será beatificado en San Salvador. Vivió con él los efectos de la represión militar y, amenazada, huyó hace 33 años. Es la primera vez que cuenta su historia.

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Foto de: OLMO CALVO

La víspera de su asesinato, después de gritar la homilía más premonitoria de la historia de América Latina, monseñor Romero le dijo a Juana que llevara zapatos y ropa a los habitantes de un barrio olvidado de San Salvador. Quedaron en verse al día siguiente pero la extrema derecha tenía planeado otro lunes para ellos. Cuando Juana se enteró del disparo, compartió un susto con Dios y debió sentir que el cielo no era intocable. «Unos días antes, monseñor nos había dicho que ya le habían sentenciado. Estaba seguro de que lo iban a matar, pero él decía que no se iba a morir, que iba a resucitar».

Seis días después del crimen, Juana fue con su hijo al funeral de quien había sido el obispo de tantos pobres como ella y vio mutiplicarse la muerte entre los vivos. «Cuando estábamos acercándonos a la puerta de la catedral empezamos a oír disparos. Todo el mundo huyó. Había sangre, echamos a correr para refugiarnos y… pisábamos muertos…».

Y en eso Juana niega con la cabeza, mira al techo y suelta un chasquido de fastidio. Y se para.

Pero, de pronto, vuelve a nuestros ojos atentos y termina de encontrar los restos de su memoria. «Mi hijo venía conmigo al funeral. Pero cuando empezaron los tiros lo perdí de vista. Ese día mi hijo desapareció. No lo he vuelto a ver. Se lo llevaron. Enterrado no está, sólo Dios sabe dónde quedó».

«Unos días antes, monseñor nos dijo que estaba sentenciado»

Se llama Juana Portillo, tiene 86 años y fue asistenta de Oscar Arnulfo Romero durante los últimos cuatro años de vida del arzobispo más trascendente de América.

Tras el asesinato de quien fuera el azote moral de los militares salvadoreños, Juana, su marido y algunos de sus nueve hijos, huyeron a España para escapar de las amenazas de los paramilitares que mataban pobres, campesinos y gentes de iglesia sin mayúsculas.

Hoy, 35 años después del crimen de Romero y del exilio de Juana, esta mujer de paz habla por primera vez con un medio de comunicación.

«Íbamos con monseñor a los funerales de los curas asesinados. El de Rutilio Grande le marcó mucho y le hizo cambiar. El domingo siguiente monseñor prohibió todas las misas y ordenó que sólo se celebrase una en la catedral. Y la ofició él. Y habló contra los militares, claro». Juana habla con dificultad, a frases sueltas y a memoria entrecortada, porque hace un tiempo que pierde recuerdos. Nos recibe en su casa de Madrid, sentada en su sofá de mil horas desde que hace meses una caída le dejara el cuerpo más herido de la cuenta y hasta de los años.

A trozos se va acordando de las marcas que le dejaron los días con Romero, como aquel de marzo de 1977 en el funeral de Rutilio, un cura crítico con los terratenientes y los militares que fue ametrallado por los Escuadrones de la Muerte. Romero pidió al Gobierno que investigara el crimen y ante el silencio culpable del poder empezó a virar su visión del papel de la Iglesia en la política.

Juana era una mujer de iglesia cuando conoció a Romero, que acababa de ser nombrado obispo. En primera fila, fue viviendo la conversión de Romero en un representante poderoso de la Teología de Liberación y su opción preferencial por los pobres, en un radical de los desheredados con mensaje para sus dueños. «Íbamos con él a ver a los presos, a los enfermos y a los pobres. Íbamos a ver a las familias de los muertos, a los que quedaban, porque los grupos entraban en las casas y mataban a hombres y mujeres. Las paredes con sangre… Les decía a los soldados que Dios dice que no hay que matar, que desobedecieran las órdenes de matar».

Como el día antes de su muerte, durante la eucaristía que celebró ante centenares de fieles. En un momento de la homilía, monseñor Romero se dirigió a los militares y dijo: «En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les pido, les suplico, les ruego… les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!».

Y como los demás, rompió a aplaudir. Pero no fue su ovación la que la señaló. Ella ya estaba amenazada. «Nosotros estábamos con los curas amenazados, como Octavio Ortiz. Eso era peligroso. A los que estábamos en esos grupos nos vigilaban. Si íbamos a un puesto de ropa o a comprar algo no hablábamos de que estábamos con los de la iglesia. Íbamos por la calle en silencio, porque nos podían denunciar. Sabíamos que nos vigilaban y nos amenazaban. Yo daba vueltas y entraba por otra puerta a la iglesia para no ser vista. Si íbamos a la iglesia nos mataban».

«Pedía a los militares que no obedecieran las órdenes de matar»

Amenazados. Esa era la palabra habitual entre los cristianos de base. Amenaza y pobreza como dos conceptos aparentemente incompatibles, pero fundidos en violencia en los 70 y los 80 en América Latina por culpa de las dictaduras y sus brazos armados. Y tanta era la sangre, que cualquier líder que removiera las conciencias para dignificar la vida de los oprimidos metía su cabeza en una diana. Aunque fuera arzobispo. «Monseñor nos decía que estaba amenazado, pero tenía muy claro su camino. Nos decía: ‘Puedo morir pero tengo que vivir con los pobres. Y vosotros también tenéis que hacer algo por ellos’».

Juana recuerda a monseñor Romero como un hombre «serio», de trato amable pero muy pendiente del trabajo. Ella, a la que llamaban niña Juanita, venía de las comunidades de base cristianas que trabajaban en la capital, adonde llegó tras dejar su Patanera natal, una región fronteriza con Honduras. «Pero soy salvadoreña, eh», nos aclara con una risa de país añorado. «Vinimos a España porque no era seguro seguir en El Salvador. Había amenazas y más cosas. Otros curas nos rechazaban si sabían que estábamos con Romero».

La otra Iglesia, la conservadora, inmovilista y vaticana, tenía un ojo puesto en sus liturgias y el otro en la creciente Teología de laLiberación, un movimiento de pacto evangélico con los pobres tras el análisis de la realidad y que había sido establecido teóricamente en 1971 en un libro del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez.

Aunque monseñor Romero nunca publicó estudios teológicos en ese sentido, su evolución le llevó a compatir lucha con la iglesia de base combativa. «Juan Pablo II no le entendía, no le quería recibir. Había informes contra él y monseñor quería explicar en persona al Papa qué estaba pasando. Al final lo recibió. Monseñor le dijo la verdad de lo que pasaba y Juan Pablo II se quedó callado. Yo le doy gracias a este Papa, que va a beatificar a monseñor y a hacer algo que otros Papas le negaron».

Juana nos ofrece algo para refrescar este mayo lleno de agosto en Madrid. Pero no tiene fuerzas para levantar la jarra de agua que nos trae uno de sus nietos. Tras sus gafas de ver un siglo, a la niña Juanita se le mojan los ojos cuando las preguntas se la llevan a la última semana de marzo de 1980.

El domingo 23, al terminar la misa, Romero fue hasta la puerta de la iglesia a saludar, una a una, a las personas que habían asistido. Juana cuenta que había gente que le daba las gracias por lo que acababa de oír, aquel dardo de justicia contra los militares. Probablemente algunos de los cristianos que saludaron aquel día a Romero habían enterrado a familiares asesinados por los mismos que el obispo había señalado públicamente un rato antes.

«Cuando terminó de saludar a todos, monseñor nos reunió en una sala para decirnos qué hacer durante esa semana. Nos dijo que el lunes lleváramos ropa y zapatos a un barrio. No lo volví a ver». Y en eso Juana suspira.

El lunes 24 de marzo, el arzobispo de San Salvador fue a celebrar una misa a la capilla de un hospital. Y aquí, al llegar a ese día, Juana rescata su memoria de un tirón. «Yo estaba en mi casa y ligerito lo supimos».

– ¿Qué pasó?

– Él levantó el cáliz y en ese momento le cayó el disparo. Y la sangre saltó al cáliz… saltó al cáliz. Así fue, señor, así fue.

La muerte de Oscar Arnulfo Romero agitó a medio mundo entre la ira y la lágrima. A Juana hoy le sale la palabra «tristeza». Lloró mucho y ahora le queda un rictus de pesar cuando se acuerda.

Porque la violencia no había hecho más que empezar a tocar directamente su vida.

El domingo 30 de marzo, 150.000 personas se reunieron ante la Catedral de San Salvador para abrigar el féretro de Romero en un funeral del pueblo vigilado desde las azoteas por militares. Pasadas las 11.00 horas estallaron tres bombas lanzadas por elementos de la extrema derecha y comenzó un cruce de disparos con la guerrilla armada, que se habían unido al funeral tras una marcha de protesta por el asesinato de Romero. Los aplastamientos, los tiros y las bombas mataron a 40 personas e hirieron a 200.

«Levantó el cáliz y le dispararon. La sangre saltó al cáliz»

Juana estaba allí.

«Con las bombas y los disparos corrimos. Había sangre, pisábamos muertos… Perdí a mi hijo aquel día. Está desaparecido».

Al poco de aquel espanto, cuando volvieron las amenazas y el trabajo eclesial de denuncia era una ruleta rusa cada noche, Juana, su marido carpintero y parte de su prole salieron de El Salvador, un país que no les hacía honor a su nombre.

«He vuelto a El Salvador seis veces, pero en los últimos años, porque durante la dictadura no podíamos. Siempre que vuelvo, voy a la tumba de monseñor, a despedirme de él. Le llevo flores y una vela». ¿Y cuándo volverá, Juana? «No lo sé. Estoy triste porque no puedo ir a la beatificación… Pero ustedes me contarán», y le sonríen otra vez los labios, las cejas, la cara entera iluminada.

Desde su última vida en Madrid, tan cerca de este río urbano del Manzanares, Juana Portillo se acuerda ahora de los asesinos que inventaban ríos de sangre en las calles San Salvador. Y en las iglesias. «El autor intelectual del asesinato, D’Aubuisson [Roberto d’Aubuisson, fundador de los Escuadrones de la Muerte y del derechista ARENA. Fue presidente de la Asamblea Constituyente y tiene un busto en el Cementerio de los Ilustres] murió sin ser juzgado. Y el que disparó no tuvo juicio. Saravia [El ex capitán Álvaro Saravia, que en 2010 reconoció su participación en el crimen] y compañía se libraron de la Justicia».

– Juana, ¿qué haría usted si tuviera delante a los asesinos de monseñor?

– ¿Delante de mí? Les diría que deseo que les vaya mal en la vida.

Fuente: [http://www.elmundo.es/internacional/2015/05/23/555fc3b946163f097c8b459a.html]