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Tener muchacha

lucha libre

Lucía Escobar

La corrección política pide llamar a las muchachas como trabajadoras de casa particular.

Pero mas que llamarlas se trata de tratarlas bien.

En Guatemala la clase media siempre ha podido “tener una”. Para mi madre, trabajadora de tiempo completo, las muchachas representaban la armonía del hogar. Quedarse un día o dos días sin sus servicios era y es una tragedia familiar. Mis padres siempre intentaron ser justos con la muchacha de turno. Aunque no comían con nosotros en la mesa, sí comían lo mismo pero solas en la cocina. Solamente para los cumpleaños o para la Navidad se sentaban con la familia en la mesa. O después, cuando ya se habían casado y se habían ido, pero regresaban a visitar, siempre con un regalo: una gallina, elotes o alguna cosecha fresca, entonces sí, se sentaban en la sala o en el comedor y nos platicaban.

Cuando tuve mi primer hijo me fui a vivir a Xela. A mis padres les pedí que me regalaran una lavadora. Prefería una vida entera sin refrigeradora que un día teniendo que restregar ropa con ese frío. En ese tiempo, la gente me recomendaba contratar a una patoja que “me” ayudara: se consiguen hasta por Q.400 al mes y les hacés un favor sacándolas de su aldea, me decían. Estuve a punto de caer, pero por suerte, en eso días, la Isa Ruano, música y activista con varios años viviendo en Estados Unidos, me soltó todo el rollo de cuando las feministas afrodescendientes e indígenas reclamaron al movimiento feminista blanco haber logrado la emancipación pero poniendo sobre las espaldas de otras mujeres la carga de cuidar a los hijos y de administrar el hogar, y no gracias a la real y justa distribución de tareas entre padres y madres, hombres y mujeres, hijos e hijas.

Las muchachas que he conocido hacían los oficios pero también componían objetos, cosían ropa, cocinaban, lavaban, planchaban, atendían a las mascotas, nos cuidaban y hasta nos consentían. Todas se fueron porque se casaron y siguieron haciendo lo mismo: trabajando gratis pero ahora en las tareas de su propia casa.

En mi casa, mejor renunciamos a ese “privilegio” de clase que descansa sobre la esclavitud de las mujeres más empobrecidas del país. Si no puedo pagar lo justo por tener a alguien 24 horas a mi servicio, prefiero tener menos horas dicho servicio pero pagarlo bien. Dos veces a la semana es lo que puedo contratar. Los demás días tratamos de no ensuciar mucho y nos dividimos las tareas obligatorias entre la familia. Guatemala es de los pocos países en el mundo en que la clase media empobrecida aún se da el lujo de mal pagar por tener “servicio doméstico”.

Ya va siendo hora de que apoyemos a todas esas muchachas, y no tan muchachas, que limpian, cuidan y sostienen tantos hogares. Su trabajo es invaluable, necesitan leyes que las amparen, trato digno, contratos, sueldos justos, prestaciones laborales y pago de horas extra. Además de que les demos muchas, muchas gracias.

Guatemala es de los pocos países en el mundo en que la clase media empobrecida aún se da el lujo de mal pagar por tener “servicio doméstico”.

laluchalibre@gmail.com

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/lacolumna/2016/11/23/tener-muchacha/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
Lucía Escobar

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