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La huida, de Lucrecia Molina Theissen

26 de marzo de 2012. Desayuno con gorjeos de pájaros. Leyendo, me hundí de pronto en marzo del 84, en el día 26, ese que hoy queda a 28 años de distancia. Con una cosa acuosa colgando de las pestañas, volví a lo que la noche me...

La palabra proscrita, de Lucrecia Molina Theissen

En un país de gente hambrienta, con gran ostentación y lujo insultantes, vestidos con ferragamo y chanel, rolex y perlas, los-que-no-quiero-nombrar asumirán los puestos presidenciales. Para sacarme este tarugo del pecho, que me ha dejado muda, solo me quedan los sonidos, los signos, unos detrás de otros, ordenados de acuerdo con reglas específicas. Las palabras.

La primera Navidad en el exilio, de Lucrecia Molina Theissen

Pollo al vino y un postre mexicano muy parecido a las torrejas chapinas, llamado capirotada, también hecho a base de pan y jarabe de panela condimentado con especias, aderezado con queso, nueces y pasas, fue el menú de la primera Nochebuena vivida en el exilio, hace ya veintimuchos años.

El medio es el mensaje, de Lucrecia Molina Theissen

Esta es una historia fantástica y maravillosa y no me la contaron. Se trata del transmetro capitalino y los varios milagros de los que fui testigo. Era viernes por la mañana y debía trasladarme a la oficina, pero no tenía quien me llevara, grave cosa en Guatemala para una capamediera que ya no está acostumbrada a posar su trasero en autobuses y menos en los de aquellos mundos.

Hablar del hambre con la boca llena, de Lucrecia Molina Theissen

Desde un sitial privilegiado, contemplo lo horrible que puede ser el mundo. Con el estómago lleno, leo noticias sobre la hambruna en Somalia y los altos grados de desnutrición en Guatemala. En mi poltrona me entero, con ojos educados, alfabetizados, sobre la niña pequeñita que trata de barrer con una escoba que seguramente la duplica en peso y en altura, mientras un hombre la apresura con voces de regaño. Ella se llama Estúpida Mugrosa.

Jinete de estrellas, de Lucrecia Molina Theissen

El 23 de septiembre de 1994, por la esquina de un cielo de terciopelo oscuro tapizado de luceros, un jinete de estrellas se alejó para siempre. Sin volver la cabeza, agitando su mano derecha en un gesto de adiós, mi padre se despidió de mí.

Madre sin hijo, de Lucrecia Molina Theissen

Como una planta arrancada de la tierra, su tierra, mi madre se marchita. Huérfana de su niño desde hace treinta años, siento que su paciencia se acaba y veo cómo la rabia llena su pecho cada día.

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