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Anahí Barrett

La sensación de un hueco agudo y profundo en el pecho se convirtió, por varios meses, en la primera experiencia que se pronunciaba como evidencia de que tomaba su curso una nueva mañana. Su día proseguía impregnado por huellas de rareza, de sinsentido, de vacante extremo. Un escenario íntimo que terminaba por aniquilarle de a poco, por consumir su fibra, sus nervios. 

Tenía claro el panorama orteguiano: “Yo soy yo y mi circunstancia”. La circunstancia. Esa que encarna la vida humana frente a una razón que se quiere omnipotente. ¿Recuperar la vida para la razón o la razón para la vida? La razón… aquella “pequeña isla que flota en el océano de la vitalidad”. Una que se construye como la reflexión racional frente a una circunstancia particular que constituye el vivir. 

Y en 1914, don José Ortega y Gasset, había rematado, de forma contundente, aquella frase tormentosa para su devenir actual: y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. ¿Salvarse él de la miserable existencia que se vislumbraba en su vecino futuro? Una existencia que se traducía en vivir arrullado por una sensación de vejez prematura; cargando con aquel costal sintomatológico depositado en su cuerpo: acidez, cefalea, fatiga, palpitaciones. Sí, era ELLA la maldita protagonista de la circunstancia responsable de su denigrada capacidad para sosegarse. Para poder pensar en otra cosa que no fueran sus inusitadas largas piernas. Para no escuchar el tango orquestado por sus amplias caderas y tentadores senos. Unos, perfectamente redondos. Para no palpar aquellas marcadas inflexiones de su acento gaucho. Para desarrollar autoinmunidad ante esa sostenida, inamovible y cristalina mirada de un profundo verde olivo. Para hacer oídos sordos ante la exquisitez verbal de su discurso. Un discurso seductor por culto. Un discurso embriagante por crudo, por asertivo, por crítico, por astuto y sagaz. Esas oraciones que ELLA siempre hiló, despojadas de tabús y de prejuicios. 

Y, sin embargo, se reconocía, se sabía, incapaz de organizar un mínimo esfuerzo por cambiar su patética y nauseabunda situación… por salvar su circunstancia y poder salvarse a sí mismo. Muy en el fondo acogía ese tormento como la única certeza de saberse vivo. Evocó aquella frase Sartreana: “tan sólo un individuo…sin importancia colectiva”. Un enunciado lacerante, que siempre navegó impunemente por su psiquis, con su total consentimiento para definirlo. 

El cortejo con su prometida se dio mecánico, por inercia, por obediencia social más que por interés. Y mucho menos por convicción del corazón… de su genitalidad. Su futura esposa era una estudiante de Química Biológica. Poseedora de una belleza plana, común, periódica, regular. Carente de misterio alguno. Auténtica y aburridamente predecible. 

Nuestro trágico convicto de sus circunstancias: Renato Castejón Solano, resultaba ser un fulano asqueantemente dócil, con una miscelánea de matices propios de un neurótico psicosomático, regularizado por claros rasgos del resonado TOC: Trastorno Obseso Compulso. Un tipo que, irreductiblemente, siempre se levanta al aviso del despertador, se baña, desayuna metódicamente dos huevos revueltos con sal, se dirige al trabajo de siempre e invariablemente, cada tarde, cumple con el rito de visitar a su impúber enamorada en su hábitat familiar primario. Y claro, como es de esperarse, se subordina al sexo ocasional. Uno que le deja, reiteradamente, con el sabor de haberle hecho el amor a un maniquí. Un maniquí que goza presumiendo ante sus amigas al ostentar un anillo barato de compromiso. Un maniquí llamado Karina Del Cid. 

Así, nuestro recluso Renato, construía sistemáticamente un prototipo personal de existencia cotidiana. Una vida que más parecía precisarse, como tal, en términos de funcionamiento fisiológico. Una presencia en el mundo desprovista de potencial volitivo alguno para alterar el curso de sus días. Ni siquiera aquel tormento que experimentaba cada miércoles en su rol de sumiso discípulo de la asignatura Conducta Humana, Naturaleza y Sociedad, resultaba un motor suficiente para mandar todo al carajo y construir otro panorama para saberse vivo. Uno que pudiera resultar más congruente con los anhelos escondidos que inundaban de angustia su mundo interior. 

Sus tragicómicas ansias jamás traicionaron miércoles alguno. Siempre se prometió que resultaría en uno diferente. Tomaría alguna endiablada decisión que saldaría transformando tardes de tertulia académica con café, por vehementes tardes de cama con su profesora gaucha. 

Atrapado entre las pequeñas dimensiones de su cuarto-ese pequeño templo de su propiedad- construyó un considerable número de bocetos mentales que ensayó, imaginariamente, para proclamarse poseedor de la experiencia de ser acariciado por aquella larga…aquella etérea melena café canela de su catedrática. Una cabellera esparcida, cubriéndole el pecho como aderezo ulterior al desenlace orgánico. 

Nunca tuvo lugar aquel endiablado miércoles. La etérea melena canela jamás se convirtió en su deseada sábana protectora. El espacio tejido a partir de la fantasía resultó, evidentemente, inocuo para hilar una ruta concreta que reemplazara un café por un lecho. Para crear un nuevo acontecimiento que le liberara de su dolorosa sobrellevada existencia. 

Y así, siguió su ruta la circunstancia llamada Karina Del Cid. Aquella de quien se dejó atrapar para inscribirse en esa jaula. Una circunstancia forjada como institución social. Una denominada: matrimonio. 

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Anahí Barrett
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