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¿Soberanía?

Gerardo Guinea Diez

La conversación pública, en la mayoría de ocasiones, está cargada de simplezas, arrebatos conceptuales y de supersticiones ideológicas. Además, se le nota el cobre por las abundantes hipotecas políticas que, a contrapelo de los tiempos, insisten en querer imponer desde una visión del mundo chata, plana y para nada vinculada con el sentido común. Hace unos días, el embajador estadounidense, Todd Robinson, dijo, en respuesta a un solapado regaño del Nuncio Apostólico, que la soberanía es la última prioridad cuando hay niños muriendo de hambre o los hospitales públicos desabastecidos, incluso, de lo mínimo necesario para funcionar. Por supuesto, de inmediato algunos se desgarraron las vestiduras en un arranque de patriotismo; no sé si lírico, a estas alturas, pero para efectos mediáticos, útil para poner sobre la mesa una falsa discusión.

Como siempre, opinar sobre los temas de coyuntura, fatiga y desgasta la esencia de las cosas que realmente importan. Así, olvidamos que la soberanía del país hace décadas no es más que una entelequia, sino, véase la conspiración de la CIA para derrocar a Árbenz. Fue a partir de junio de 1954 que el país se dirigió a un mayúsculo disparate que costó cientos de miles de víctimas y el vergonzoso honor de estar entre las peores catástrofes civilizatorias en el siglo XX.

Entonces, cómo hablar de soberanía si hemos perdido el control de casi todo. Esta semana, miles de ciudadanos marchan desde todos los puntos cardinales, su protesta es clara y básica: la defensa del agua. Y no podría ser de otro modo de cara a las cifras: el 90 por ciento de los ríos, lagos y lagunas, están contaminados. En 15 años, muchos estarán secos. Una simple inspección permite concluir que el líquido es turbio, flotan los desechos sólidos y el mal olor es insoportable. El Motagua, arrastra metales pesados y componentes químicos. El Villalobos se convirtió en un río de aguas negras. Las Vacas es el mayor desagüe de aguas servidas, entre algunos de los ejemplos de la catástrofe que viene.

Es innegable cómo el Estado es incapaz de garantizar la soberanía alimentaria, la seguridad, la educación y la salud pública. Los números no portan retóricas ad hoc ni disquisiciones jurídicas. El hambre de millones de pobres no tiene nada que ver con ideas como la disolución del yo. Es más, ni siquiera existe una visión humana sobre la ruralidad, cuya terrible condición pasa por el presupuesto y no por sesudas planificaciones. ¿Soberanía cuando asesinan a 16 personas a diario? ¿Soberanía con escuelas colapsadas y sin útiles escolares y millones de niños fuera del sistema escolar? ¿Soberanía con hospitales sin medicinas?

Las preguntas son interminables. Es mejor decirlo con las palabras de Eduardo Galeano, en su libro póstumo, Cazador de historias: “Porque ayer es el destierro de hoy y todo lo que fue, seguirá siendo. Pero en alguna pared, de algún lugar, alguien garabatea: Yo no quiero sobrevivir /yo quiero vivir”. Mayoritario reclamo de quienes habitamos este lugar de pájaros y volcanes.

¿Soberanía cuando asesinan a 16 personas a diario? ¿Soberanía con escuelas colapsadas y sin útiles escolares y millones de niños fuera del sistema escolar? ¿Soberanía con hospitales sin medicinas?

Fuente: [http://www.s21.gt/2016/04/soberania/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Gerardo Guinea Diez
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