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“Se llena de shumos”

Las nuevas generaciones lejos de romper los prejuicios difundidos por la clase dominante los están reproduciendo con más fuerza que sus propios padres.

Marcela Gereda

Viviendo en esta sociedad, si observamos con atención podemos ser constantemente testigos de los prejuicios y estereotipos con los que la gente se relaciona entre sí. Por ejemplo, hay una diferencia en la percepción positiva que un capitalino puede tener sobre un gringo y la percepción negativa que tiene sobre un local. Ante los demás no somos nosotros mismos, sino el mundo que representamos.

El otro día, caminando en La Antigua, por La Merced, dos chicas de unos trece años (una de la ciudad capital y una gringa) me detuvieron para preguntarme una dirección. Luego de ubicarlas, la de la ciudad le dijo a la gringa “ya te dije que no vayamos ahí, porque se llena de shumos”, al preguntarle a mi insensata y racista paisana “¿cómo así?”, replicó –a mi estupor: “que se llena de indios, nada qué ver”.  Ello me hizo ver que las nuevas generaciones lejos de romper los prejuicios difundidos por la clase dominante (y normalizados por las clases medias), los están reproduciendo con más fuerza que sus propios padres sin ser capaces de cuestionar ni un solo ápice de sus erradas representaciones del mundo.

La partición del mundo que implicó la colonización colocó a los indígenas como siervos de los encomenderos y de ahí para adelante se estructuró todo un sistema de organización social en el que los criollos subordinaron a la población indígena. Este sistema colonial finquero continúa hasta la actualidad y es sobre él que se construyen prejuicios como “indios shucos, huevones y atrasados”, “indios shumos”, “indios muchos”, etcétera.

Desde la época colonial hay una ideología de prejuicios y estereotipos, “ficciones oportunistas” sobre quién es el indígena para legitimar un sistema de dominación y de desigualdad social.

Además del sistema de vasallaje y de repúblicas divididas en indios y blancos, además de ser la mano de obra barata de la criollez, a lo largo de la historia al indígena no se le ha educado por miedo de la oligarquía a que este se subleve.

Hay en todo el imaginario de lo que el antropólogo González Ponciano llamaba irónicamente la “casta divina” una falta de análisis histórico y una gran negación del mestizaje cultural.

Ejemplo de ello, es cómo muchas familias criollas se explican como descendientes de conquistadores con un inventado y ficticio pasado glorioso. En cierta ocasión le escuché decir a una señora con una contundencia ciega y obstinada: “en mi familia tenemos sangre pura porque somos descendientes directos de un conquistador”.

Eric Wolf demuestra que para el siglo XVIII había ya muy pocas poblaciones indígenas o hispánicas “puras” nacidas en el continente americano, porque la mezcla había sido intensa. Así, las mezclas y etnias mestizas aparecieron cuando en la colonia, los castellanos se mezclaron biológicamente con la población indígena y el mestizaje empezó a construir una realidad no solamente demográfica y económica, sino también cultural. La cultura de la Colonia, la Independencia y la Revolución Liberal fue definitivamente mestizamente criolla.

Sin embargo, toda esta realidad mestiza ha sido negada, dado que con el advenimiento del capitalismo se trajo todo un culto a la blancura que sustituyó al mestizaje como movilizador hegemónico.

González Ponciano señala que la negación abierta de lo indígena y la inclusión de mitos de supremacía blanca reflejada en los periódicos del siglo XIX y XX hizo que los autoidentificados como “ladinos” negaran su condición mestiza y adoptaran los prejuicios y estereotipos de los criollos creyéndose los más blancos de los blancos.

¿Por qué en nuestra manera de relacionarnos con los otros no vemos que nuestra identidad nació del violento encuentro entre dos culturas?, ¿por qué muchos chapines niegan de que hay sangre indígena en su sangre?, ¿por qué no se cuestiona por qué se cree que el indígena es inferior? Son algunas de las preguntas que niños, jóvenes y adultos tendrían que ser capaces de responderse a sí mismos para no criar niños repletos de prejuicios y falsas nociones sobre quiénes son los otros.

Todos y cada uno de los guatemaltecos somos el producto de un conflictivo mestizaje cultural. Somos entes culturales productos sociohistóricos arraigados a un tiempo y un espacio geográfico donde compartimos una historia compleja que mientras no se le conozca ni problematice, cierta sociedad seguirá reproduciendo sus falsas poses de aires de superioridad y equívocas representaciones sobre este enredado conglomerado de relaciones sociales.

En cierta ocasión le escuché decir a una señora con una contundencia ciega y obstinada: “en mi familia tenemos sangre pura porque somos descendientes directos de un conquistador”.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
Marcela Gereda

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