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Hoy amanecí saturada de poemas;

los versos bailaban frenética danza

frente a mis ojos dormidos;

metáforas, símiles,

imágenes miles

sobre la cama se instalaron corriendo.

 

Tu boca, tus brazos, tus ojos, tu cuerpo

se unían, con otros, en ese convite;

impulsos eléctricos me atravesaban

haciendo que el sueño me fuera imposible.

 

Escuché a lo lejos los alegres trinos

en la copa del árbol frente a mi ventana

y no pude evitar el placer de entregarme

al disfrute del sol mañanero que entra por ella,

cálido, dorado y con caricias vivificantes.

 

No puedo dejar de darle las gracias

Al Ser Supremo que nos dio la vida

porque al darla, con ella se vienen

las penas, tristezas y ¡las alegrías!

 

¿Cómo es que agradezco por esas tristezas?

Es la soledad la que me hace gozar de tu compañía;

es la sed, la que me hace disfrutar la bebida.

¿Es posible acaso agradecer las penas?

Es la tristeza, la que me hace apreciar

lo que es compartir tu alegría.

 

Es el claroscuro en el cuadro que constituye la vida

lo que muchas veces hace la diferencia

entre una mala pintura u otra, cualquiera

y lo que implica una obra de arte.

 

Podría aún escribir muchas cosas

que a mi mente vienen

mientras se asoma la aurora,

pero, es imposible escribirlo todo en un solo poema;

necesito tiempo; hoy amanecí saturada de ellos.

 

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