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Los “intelectuales” de ultraderecha de este ex país no entienden que quien no ha leído a Marx es un ignorante.

El sábado 6 de agosto un grupo de buenos amigos estábamos sentados a la mesa del desayuno esperando a que el calor apretara para zambullirnos en la piscina. Nos hallábamos en Xochitepec, cerca de Cuernavaca. En eso, la hija de 18 años del dueño de casa bajó la escalera blandiendo el primer tomo de El Capital. Se lo pedí y vi que tenía subrayados varios pasajes de “La Mercancía”.

Esta chica ganó el examen de admisión de la UNAM e ingresó al primer año de Economía. Le dije que me sorprendía que la recibieran con Marx, y me contó que en todas las carreras de ciencias sociales es igual, ante lo que me invadió algo parecido a la esperanza, pues constaté por qué la UNAM sigue siendo la mejor universidad de América Latina. Y ojo: no es que se trate de estudiar a Marx únicamente, sino de entender que quien no lo ha leído es un vil ignorante.

Lo es porque quien no se explica cómo se forma el valor de una silla o el de una pepita de oro, ni en qué momento el patrón se apropia del trabajo del asalariado, es incapaz de entender el mundo en que vive, lo cual le lleva a suponer absurdos como el que afirma que los “salarios justos” son posibles sin que colapse el sistema (asunto que equivaldría a que existiera la “oscuridad luminosa”, el “gigantismo enano” y otras realidades de oxímoron) o que el éxito de una empresa basada en el trabajo de quienes no son sus dueños es posible sin explotar su fuerza de trabajo.

Marx le enseñará a esta chica de 18 años a tener firmes los pies sobre la tierra cuando le ofrezcan esbozar modelos económicos inviables, y sabrá que no vale la pena diseñarlos porque tendrá el conocimiento fundamental sobre cómo funciona el capitalismo y no podrá engañarse a sí misma ni a los demás. En esto reside la dimensión ética del pensamiento científico del viejo Karl. De aquí que la capacidad de realizar “el análisis concreto de la situación concreta” sea un arma que cada marxista guarda como un tesoro en lo más profundo de su numen.

Caminando en un mercado de artesanías, la mañana del domingo 7, pensaba en la estúpida satanización que de Marx hacen en Guatemala algunos profesores de la universidad neoliberal Francisco Marroquín (UFM) –los cuales son también miembros prominentes de la fascista Liga Pro Patria (LPP)– afirmando que el buen Karl predicaba que había que pagarle el mismo salario a un trabajador manual descalificado y a un profesional especialista, porque sólo así se alcanzaba “la igualdad en el comunismo”. Semejante patraña sólo puede caber en cerebros para nada entrenados en el análisis y la síntesis, pero no en el de esta chica de 18 años, quien no podía creer lo que yo le contaba sobre la “educación superior” de la extrema derecha en este ex país. También le conté que estos mismos prohombres de la intelectualidad neoliberal local, afirman que Marx “quiso poner en práctica su utopía comunista” haciendo lo anteriormente dicho, lo cual sólo evidencia que quienes así hablan ignoran que la utopía no se puede poner en práctica porque deja de ser utopía, y que Marx no era un idiota como para haber intentado semejante despropósito.

Su análisis económico llevó al viejo Karl a formular axiomas políticos como este: “El ejecutivo del Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía”. Esta es la razón por la que la oligarquía local –de la que la mancuerna LPP-UFM es portavoz, altoparlante y fuerza de choque– financia a todos los candidatos para la próxima elección y sataniza al buenazo de Karl.

Mario Roberto Morales
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