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Manolo Vela Castañeda

En esta tercera parte de la reseña sobre la colección Al atardecer de la vida…, libros de Ricardo Falla, haremos una síntesis de las lecciones de método que, con su obra, Ricardo nos ha dejado.

La materia prima de la obra de Falla fue recolectada a través de inmersiones profundas en contextos de guerra, es esto lo que le ha hecho un maestro en el arte de hacer etnografía bajo fuego.

En septiembre de 1982 Falla se sumerge en las realidades de la guerra de Guatemala, buscando hacer contacto, con el apoyo de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, con los refugiados guatemaltecos. En la escuela del ejido La Gloria, municipio de La Trinitaria, Falla se encuentra con Mateo Ramos Paiz, el sobreviviente de la masacre de San Francisco, Nentón, que había tenido lugar en julio de ese año. La imagen de don Mateo, pidiéndole fuerzas a sus vecinos, ya muertos, amontonados en el juzgado, quitándose las botas de hule, para salir por la ventana e irse corriendo sin llamar la atención de los soldados, fue la luz que rompió el código de secreto que, en torno a las masacres, era la base de terror del Ejército. “…salí ese día como si me hubieran echado un balde de sangre. Jamás en mi vida había oído cosa semejante. El total de muertos en esa lista fue de 302”. Y aquella noche, ante el testimonio de don Mateo Ramos Paiz, Ricardo Falla se convirtió en Ricardo Falla. Desde ese momento el trabajo de Ricardo ha consistido en contar esa historia, explicarla desde esa triple perspectiva: ¿cómo surge la insurgencia?; ¿cuál es la lógica de la respuesta del Estado?; y ¿cómo es que la gente sigue su vida, resistiendo? Para Falla aquella tarea se ha convertido en una especie de misión apostólica: contar a otros lo que a él le contaron. Falla, el hombre espiritual, nos recuerda que “La llamada de Dios lo lleva a uno a donde no sabe. Lo único es dejarse llevar. Ya dice San Juan, que el espíritu es como el viento, que sopla de donde uno no sabe y vuela a donde uno tampoco sabe. Solo conoce él su dirección, pero no sabe uno dónde está el fuelle que lo empuja, ni tampoco sabe uno en qué hoyo de las cumbres o los mares se oculta”. Y así, él mismo dice: soy como Marcos, el evangelista, que escribe lo que le contaron. Durante su tiempo en las CPR, Ricardo Falla, adoptó el seudónimo de Marcos.

Luego vendrían otras inserciones profundas, de años, en aquellas realidades. Estas transcurren de septiembre de 1983 y hasta 1984; y de nuevo, entre 1987 y 1992. Aquí él se introduce en el mundo de lo que después iban a ser las CPR del Ixcán.

En esa inmersión profunda se mezcla la misión pastoral del sacerdote jesuita, el trabajo de campo del antropólogo y el colaborador del EGP. Difícil es entender la obra de Falla sin darse cuenta de cómo evolucionaron esas tres trayectorias en su biografía. Para quien quiera profundizar en estas trayectorias nada como la entrevista de Carlos Sandoval García: “Ricardo Falla Sánchez: un viaje de toda la vida”, que se halla en Del proceso de paz a la masacre de Alaska.

Se trata, como él lo dice, de información bañada en lágrimas, que capta la tristeza de la gente de abajo, de los humildes, los olvidados de la historia, que regresan, derrotados, después de haber intentado mover a su favor la rueda de la historia. Pero la historia no termina allí, sino que continúa, con la resistencia de la gente, entre las selvas de Guatemala, o en México, en los campamentos de refugiados.

Falla se describe a sí mismo como alguien que siempre –durante aquellos tiempos de trabajo de campo– tuvo un lapicero y un papel –envuelto en una bolsita de nailon, para protegerlo de la lluvia, del sudor– a la mano. Eso era su material indispensable para hacer que aquellos detalles, que luego iban a traducirse en valiosas pistas para interpretar toda una situación, sobrevivieran al desvanecimiento de la memoria. Aquella era la materia prima que luego, cuando el tiempo lo permitiera, iba a descargarse en los cuadernos, aquellas piezas tan valiosas en ese contexto de precariedad y persecución.

Falla nos habla de la disponibilidad de la gente, sus informantes: “Los campamentos de refugiados eran excelentes para hacer entrevistas. La gente estaba [casi] sin trabajo. Les preguntaba “¿quiere hablar de esto?” y uno traía a otro y otro a otro”. En el arte de hacer fuentes orales, saber preguntar y saber escuchar, resultan fundamentales; y de esto están llenos los textos de Ricardo.

El valor de Ixcán. Masacres y sobrevivencia, sigue estando en esas descripciones densas de las masacres en sí mismas. En todos sus libros Falla nos presenta narrativas donde se escucha la voz de la gente. Un mismo evento es contado a varias voces, que se entrecruzan, desde sus particulares perspectivas. Es la voz de los sobrevivientes, personas excepcionales que, por accidentes del destino, alcanzaron a escapar de la muerte. Los libros de Falla nos dan lecciones acerca de cómo ensamblar distintas voces en una narrativa coherente. En un profundo respeto por los vivos y por los muertos, Falla realiza un meticuloso trabajo de documentación, rescatando los nombres, las edades, los lugares de origen, y las relaciones familiares de aquellos que perdieron la vida en cada uno de los eventos de violencia que él va reconstruyendo.

En la entrevista del Viaje de toda la vida, él nos dice cuál es el uso que, en sus investigaciones, hace de la teoría: “En antropología no he trabajado por hacer avanzar la ciencia con una teoría, sino que mi vida como antropólogo es trabajar con material de campo y después de tenerlo preguntarme qué teoría me sirve para darle explicación y coherencia. Así es como yo he trabajado. Claro, la teoría puede no estar bien cimentada. Mucho depende de la intuición primera al ir al campo, tal vez podríamos decir, la pre teoría”. Y así es como él intenta resolver esa compleja relación entre los datos y la teoría. Ese nunca fácil balance para que las historias tengan su propio espacio; y la teoría, bien empleada, pueda explicar procesos.

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La antropología de Falla es la de los grandes, que está en los lugares y da cuenta de lo que sucede, se traza grandes preguntas, es una fuente inagotable de descripciones densas y explicaciones profundas sobre la insurgencia, el genocidio y la resistencia, acerca de –en definitiva– la condición humana.

Dicen que quien quiera entender del dolor humano tiene el deber de compartirlo; en la vida de Ricardo esto es algo que ha quedado muy claro. Pero no solo del dolor, sino también, las alegrías, la resistencia y la esperanza de la gente.

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Este artículo fue publicado en el número 54 (1) del Latin American Research Review. 

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La colección Al atardecer de la vida…, y otros libros de Ricardo Falla, están a la venta en librería Casa del Libro, interior de la Casa de Cervantes (5a. calle 5-18, zona 1) y en el Stand 150 de la Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) que, del 11 al 21 de julio, tendrá lugar Fórum Majadas, zona 11.

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Manolo E. Vela Castañeda

Doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Es profesor investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Ganador del Premio 2009 Academia Mexicana de Ciencias a la mejor tesis de doctorado. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México.
Manolo E. Vela Castañeda
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