Ayúdanos a compartir
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Carlos Arturo Molina Loza

Ninguno de estos zánganos tiene la menor idea de que,
cuando escriben, se delatan. Así los conozco:
por lo que dicen. Soy como escribo, soy lo que escribo.
Tomás Eloy Martínez

Al presentar al autor de Tiempos recios en la Casa de América, de Madrid, Pilar Reyes se refirió a él como «el intelectual y escritor más importante de nuestra lengua». Al escuchar esta aseveración me quedé atónito. Nadie, creo, pondrá en duda la afirmación de que él fue un notable escritor, uno de los grandes de la literatura hispanoamericana. Pero, «¿el más importante intelectual de nuestra lengua?», lo siento, eso es mercadotecnia crasa, no objetividad. Esa publicidad forma parte de la Sociedad del espectáculo, dirán ustedes, pero es una soberana indecencia.

Al concluir su introito, Pilar Reyes le cedió el micrófono al ahora ilustrísimo señor marqués de Vargas Llosa, quien, después de hablar de la forma como ha comenzado sus novelas, hizo varios pronunciamientos que me llamaron la atención. El primero fue el que ha reiterado a lo largo de los últimos días: «Investigo para poder mentir con conocimiento de causa». Sonreía satisfecho, parecía creer que aquello era una salida genial[1].

¿Será que el marqués olvidó que hay un abismo entre ficción y mentira? La primera es la «materia» prima de la literatura, la segunda es el intento de engaño que se propone en el ámbito de la realidad.

Cierro los ojos y recuerdo al viejo José, el premio Nobel portugués. Él jamás diría una aberración de esas: «Estudié el Evangelio para mentir con conocimiento de causa». Recibo, con los oídos de la imaginación, su respuesta delante de semejante pregunta: «Filho, el novelista no miente, crea, inventa, fantasea. En sus manos la realidad se hace ficción y la ficción realidad. Quien miente es el político».

Dicho eso, asumamos con el marqués de Vargas Llosa que hacer ficción a partir de la historia es mentir: ¿Dónde está la novedad? ¿Quien haya leído una única novela «histórica» dudaría de que Tiempos recios es una obra de ficción? Es tan obvio. ¿Será que Honoré de Balzac no sabía que usaba hechos históricos para injertar en ellos su imaginación, sus fantasías personales? Literatura es ficción y eso ya no se tiene que explicar. ¿Por qué la necesidad de insistir en esa obviedad? ¿Quién sabe si el marqués no se refería a otras de sus mentiras? Es probable que ese sea su mensaje más importante. De eso, sin embargo, hablaremos adelante.

«Un país que apenas conocía»

Durante su exposición, el autor de Tiempos recios hizo sobre Guatemala dos afirmaciones que se complementan:

La primera: «Escribí esta novela sobre un país que apenas conocía. Yo había estado en Guatemala dos veces antes, pero por razones turísticas». Antes de Tiempos recios, pues, el marqués de Vargas Llosa no conocía Guatemala[2].

La segunda la hace al responder si escribiría una novela sobre México: «Bueno, tiene muy buenos novelistas México, así es que no necesitan importar novelistas, hay magníficos novelistas mexicanos, entre ellos mi amigo Carlos Fuentes […] y hay una literatura mexicana muy rica, muy diversa. México ha producido a Rulfo, por ejemplo, que es uno de los grandes escritores de nuestra lengua. […] Muchísimos escritores, Rosario Castellanos. […] México no necesita importar novelistas, no, los tiene de sobra»[3].

El ilustre marqués sólo escribe sobre países que no tengan grandes escritores. Debe ser por eso que escribió La guerra del fin del mundo, La fiesta del Chivo y Tiempos recios. Brasil, es de dominio público, no tiene grandes escritores y, por lo tanto, es lógico que el marqués no los conozca. La República Dominicana tampoco los tiene. ¿Qué habrá pensado de esto Tony Raful?

En relación con Guatemala, también es lógico que él no sepa que Rafael Arévalo Martínez, un monumento de la literatura latinoamericana, escribiera, en 1945 —antes de la publicación de Conversación en La Catedral, novela sobre la dictadura de Odría en Perú—, Ecce Pericles, una biografía novelada del dictador Manuel Estrada Cabrera.

Menos tiene obligación de saber que antes de Arévalo Martínez otro escritor guatemalteco, Carlos Wild Ospina, también escribió en 1929 un ensayo sobre Manuel Estrada Cabrera: El autócrata.

De Miguel Ángel Asturias debe de haber oído hablar, sin duda. ¿Pero qué será lo que ignora el marqués sobre nuestro Nobel de Literatura? ¿Que es guatemalteco? ¿Que es autor de El señor presidente?

La lista de las ignorancias del ilustre marqués sobre la literatura guatemalteca es muy extensa —Luis Cardoza y Aragón, Augusto Monterroso, por ejemplo— pero no insistamos en el tema.

Apenas un lector

No soy ningún crítico, carezco de los instrumentos científicos para elaborar una crítica literaria, soy apenas un lector. Furibundo, tal vez, pero simple lector al fin. Sin embargo, amparado por la pasión por la literatura, me voy a permitir algunos comentarios críticos, de a pie, sobre el más reciente texto firmado por el ilustre señor marqués de Vargas Llosa: Tiempos recios.

Desde un pasado remoto

No puedo olvidar aquellos idos tiempos en que, ávidos, navegábamos en las agitadas aguas del Boom latinoamericano. No habíamos terminado con El obsceno pájaro de la noche y ya queríamos comenzar a leer Yo el supremo. La fila de espera mezclaba Juntacadáveres, Gracias por el fuego, Los ríos profundos, Historia de Garabombo el invisible, Los de abajo, El túnel, Diario de la guerra del cerdo, La muerte de Artemio Cruz, Hijo de ladrón, Ficciones, El hombre que parecía un caballo.

Paseábamos por nuestra América de manos dada con Miguel Ángel Asturias y Gabriel García Márquez. Además de desear leer todas las obras de cada uno, aspirábamos a construir un mapa de Latinoamérica en el que en vez de nombres de provincias los hubiera de escritores. Con ellos aprendimos a ser hijos de esa gran nación; gracias a ellos nos reconocimos, a lo largo del tiempo y a lo ancho de los territorios, como hermanos. Ellos nos ayudaron, quizás enseñaron, a soñar de forma realista, a vivir de manera mágica.

Mario Vargas Llosa, con La casa verde, primero,con Conversación en La Catedral, después, nos enredó en sus tramas. ¿Quién osaría dejar uno de sus libros por la mitad? Impensable, no fuera a ser el Diablo que después no pudiéramos concluir la lectura. Nos viciamos.

Durante años esperamos con ansiedad cada una de sus nuevas entregas: La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, El paraíso en la otra esquina, La Fiesta del Chivo, Travesuras de la niña mala, El sueño del celta, para citar algunas de las más relevantes. Y la espera valía la pena.

En 1997, Los cuadernos de don Rigoberto, es verdad, el gran literato ya mostraba cierto cansancio. Aún no se había transformado en el exescritor en actividad —como se suele decir de aquellos que fueron grandes cracs del futbol y que no quieren darse cuenta de que lo mejor sería retirarse— que vendría a ser más adelante. En 2013, ya convertido, por determinación de Juan Carlos, de España, en ilustrísimo señor marqués de Vargas Llosa, continúa expresando su decadencia con El héroe discreto. Habría, sin embargo, que esperar Cinco esquinas para confirmar que el marqués de Vargas Llosa ya había dicho todo lo que tenía que decir y que, tal vez, lo mejor podría sucederle sería que se dedicara a sus ágapes junto a sus «pares» de la nobleza española.

Pues es en Cinco esquinas —que bien podría llamarse Cincuenta sombras del marqués de Vargas Llosa— en que desaparece definitivamente el autor de Conversación en La Catedral. Aquella es, sin duda, una obra prescindible. Yo había decido no leerla, me obligué a hacerlo, pero el resultado fue decepcionante. Cinco esquinas es a la gran literatura como el reguetón es a la música erudita, o como la comida chatarra es a la alta cocina: un plato barato y condimentado con un erotismo digno de E.L. James. Creo que ahí el marqués insulta al autor de La casa verde. Comete un deicidio.

¿Qué pretendía, pues, el exescritor al escribir y publicar Tiempos recios? ¿Volver a los «relatos recios» de sus narrativas históricas? No lo creo, él ya no cuenta con resuello para eso. Y también, me parece, lo sabe. Aunque use las mismas técnicas narrativas —que conoce y domina a la perfección— en Tiempos recios el recurso de los «diálogos cruzados», que nos encantaron en Conversación en La Catedral, tiene el aspecto de un primer ejercicio del participante de un taller de escritura creativa que aprendió la lección, pero… y ese pero es grande.

A lo largo de toda la novela, o tal vez debiéramos decir de esa «colcha de retazos», nos sentimos delante de un relato («histórico») plano, sin gracia. Al leer sus descripciones históricas tenemos la impresión de haber dejado el campo de la literatura y de haber resbalado hacia el terreno del informe, del trabajo escolar del «estudiante» universitario adepto al método de investigación conocido como «copiar-pegar»[4].

Por otro lado, no se trata de una novela sobre los acontecimientos de Guatemala, más parece un pretexto para «reciclar» sus investigaciones y conocimientos sobre la República Dominicana y la dictadura trujillista. De ahí la relevancia de su querido Johnny Abbes. No es ningún pecado apasionarse por uno de los propios personajes, aunque cada uno se apasiona por el personaje que puede.

Los trágicos sucesos de nuestra historia reciente aparecen en Tiempos recios, sí, ¿pero para qué? Si usáramos la reiterada afirmación del marqués de Vargas Llosa, tendríamos que decir que para que él «mienta con conocimiento de causa». Eso es lo que él quiere que uno crea. En realidad, me parece que ese escenario le sirve, en unos casos, para presentar el lado más mediocre, y, en otros, el lado más sórdido de sus personajes. Sí, porque en esa novela nadie se salva. Tomemos primero dos ejemplos: el «gran» Juan José Arévalo Bermejo es tan burro que ni siquiera sabe qué rayos significa su socialismo espiritual. Jacobo Árbenz Guzmán, alcohólico temporariamente abstemio, un ingenuo admirador de los Estados Unidos, cuya democracia quería imitar y adaptar a Guatemala, un ingenuo manipulado por José Manuel Fortuny, Carlos Pellecer y Víctor Manuel Gutiérrez, comunistas que John Peurifoy y la CIA querían encarcelados y muertos.

Otros son los personajes principales de su mentira: Martita Borrero Parra, alias Miss Guatemala, y Johnny Abbes García, dos execrables anticomunistas como el marqués de Vargas Llosa.

¿Por qué pues escribir ahora Tiempos recios?

Responder a esa pregunta parece sencillo. El marqués quería disponer de una gigantesca tribuna para «mentir con conocimiento de causa». Y lo hizo muy bien. Usó la plataforma de la entrega mundial de su libro para alabar esa América Latina que acabó con las dictaduras odiosas de antaño y ha construido democracias que, aunque imperfectas y populistas, son democracias, con excepción de tres países: «La cara más retrógrada de América Latina va como desapareciendo, va quedando atrás. Hoy día no tenemos dictaduras militares en América Latina. Tenemos dictaduras ideológicas: Cuba, Venezuela, Nicaragua, regímenes dictatoriales comunistas o semicomunistas»[5].

El marqués de Vargas Llosa miente y miente con conocimiento de causa. ¿Será que no sabe que toda Latinoamérica está sometida al yugo de las dictaduras del FMI, del Banco Mundial, del mercado? ¿Será que desconoce que millones de latinoamericanos viven debajo de la línea de la pobreza porque nuestras «democracias imperfectas» son obligadas a seguir los designios de esas entidades supranacionales? No, él sabe y sabe que miente.

¿Y la dictadura de la corrupción? ¿Será la corrupción una de las imperfecciones de «nuestras democracias»? La corrupción es producida y mantenida por los políticos y empresarios que vehiculan las políticas neoliberales que sólo interesan al gran capital. Son ellos, los grandes capitalistas que ponen y disponen de los dirigentes de nuestros países. ¿Esa no es una dictadura odiosa, ilustrísimo señor marqués?

Y la mentira no para por allí: el marqués de Vargas Llosa miente, como mentía uno de los personajes de su novela: la CIA. La CIA mintió sobre Guatemala, mintió sobre los gobiernos de Arévalo y Árbenz al insistir hasta el cansancio en que eran comunistas. Él miente ahora al afirmar que Venezuela y Nicaragua son comunistas. ¿No adopta el marqués un lenguaje idéntico al utilizado por John Foster Dulles, Carlos Castillo Armas, Peurifoy y la United Fruit Company, un lenguaje típico de la Guerra Fría? ¿Quién habla aún de la amenaza comunista? Si la CIA y compinches insistieron en que Arévalo y Árbenz eran comunistas era para justificar una invasión mercenaria, para justificar el golpe de estado y la anulación de las conquistas del pueblo guatemalteco.

¿Por qué se une el marqués de Vargas Llosa al coro dirigido por Trump —que tanto desea el petróleo venezolano— en la cantilena de que Venezuela es comunista? ¿No sería también para justificar una invasión mercenaria?

¿Y Cuba? ¿Sería Cuba un país comunista? ¿El comunismo en un solo país es una posibilidad real? Esa idea aberrante, producida por la mente enferma de José Stalin, quien sin embargo dirigía un país de dimensiones continentales, fue desmentida por la historia. Un poco de educación histórica no le vendría mal, señor marqués. Cuba, maniatada y casi sofocada por el imperio no pudo nunca ser un país comunista, no la dejaron. Cuba sobrevive en un ambiente hostil y en una economía de mercado.

Y continúa con la mentira cuando dice que «la relación entre Estados Unidos y América Latina es muy distinta, no se concibe hoy día que la CIA monte una operación en que una compañía norteamericana esté amenazada…». No lo es, la diferencia es que ahora los Estados Unidos pueden prescindir de la CIA para imponer sus designios a América Latina.

Miente el marqués de Vargas Llosa también cuando se autoproclama liberal. Él es, sin lugar a dudas, un auténtico neoliberal. Un defensor a ultranza de la sabiduría del mercado. Defiende la reducción del estado, las privatizaciones, la entrega de nuestros países al capital internacional. Él defiende una prosperidad que se «derramará» justo después de que los ultrarricos sean tan ricos que se decidan a verter un poco de su riqueza encima de los pobres del mundo.

El ilustre señor marqués conoce la realidad y a pesar de eso miente sin pudor, «con conocimiento de causa».

El marqués de Vargas Llosa no miente en Tiempos recios cuando expone el papel de la CIA en la tragedia guatemalteca. ¿Por qué lo hace? Tal vez sea para revestirse de una apariencia liberal a la moda antigua y así poder mentir cuando lanza sus diatribas anticomunistas.

¿Política o literatura?

Durante la presentación de su libro, el marqués de Vargas Llosa casi no habló de literatura, más bien se dedicó a hablar de «historia» y de política. ¿Será que era consciente de que sus Tiempos recios no resistirían a una buena crítica literaria? O, quién sabe, porque su verdadero propósito no era literario sino político. Por eso quiero insistir en lo que quizá sea su mayor mentira. Al responder a la pregunta «¿cuándo se jodió América Latina?», el marqués para, reflexiona y, con una profundidad digna del «más importante intelectual de nuestra lengua» —si alguien tiene la posibilidad de encontrarse con Pilar Reyes tal vez podría preguntarle de dónde sacó tamaño infundio—, responde: «Ningún país se jode en un día».

Pero, ¿cuándo se jodió? El marqués escribió Tiempos recios para vender al mundo la idea de que América Latina se había jodido cuando los Estados Unidos cometieron el «error» de financiar y apoyar la invasión mercenaria que llevaría al derrocamiento de Jacobo Árbenz. Ese «joderse» no habría durado, claro, un día, sino muchos días, muchas semanas, muchos meses: años de terror en Guatemala. Sin ese «error», quiere hacernos creer el ilustre marqués, Latinoamérica habría visto el desarrollo de sus democracias capitalistas, el progreso y el acceso a una economía como la de Estados Unidos.

Es decir, América Latina se jodió cuando los Estados Unidos cometieron el «error» de derrocar al gobierno de Árbenz e impedir las reformas capitalistas impulsadas por la Revolución de Octubre.

¿De dónde sacó el señor marqués la «idea del error»? Él no cita sus fuentes, pero éstas pueden ser rastreadas con facilidad: «Para Estados Unidos, es importante que yo afirme claramente que el apoyo a las fuerzas militares y a las unidades de inteligencia involucradas en la violencia y en una amplia represión […] fue un error[6] que Estados Unidos no debe volver a repetir». Así se expresó Bill Clinton, el entonces presidente de Estados Unidos en una visita realizada a Guatemala el 10 de marzo de 1999[7].

¿Error?

¿Puede un simple lector discordar del «mayor intelectual de nuestra lengua»? No lo sé, pero si el marqués de Vargas Llosa puede decir tan campante las barbaridades que dice, tal vez sí pueda.

Su admiración, señor marqués, por la gesta de la Revolución de Octubre parece simple hipocresía, su tesis del «error» hace de sus Tiempos recios un panfleto politiquero cuyo propósito es defender el status quo.

¿Cuándo se jodió Latinoamérica?

Tenemos que reconocer, señor marqués, que un continente no se jode de un día para otro. ¡Estados Unidos ha tenido que cometer incontables errores para joderlo!

América Latina tal vez se haya comenzado a joder entre 1846 y 1848, en México, la primera víctima de la doctrina Monroe, «América para los estadunidenses», cuando los Estados Unidos cometieron el error de arrebatar y anexar casi la mitad del territorio Mexicano.

Y siguió jodiéndose con los siguientes errores:

En Nicaragua, en 1854, 1912, 1926 y 1934; en Cuba, en 1898, 1901 y 1906; en Puerto Rico, en 1898; en Panamá, en 1903, 1908, 1918, 1941 y 1989; en México, en 1914; en Haití, en 1915 y 2004; en República Dominicana, en 1916, 1930, 1963; en Honduras, en 1924 y 2009; en 1948, y 2002 en Venezuela; en 1954, en Paraguay; en 1954, en Guatemala; en 1964, en Brasil; entre 1964 y 1982, en Bolivia; en Argentina, en 1966 y 1976; en Uruguay, en 1973; en 1973, en Chile; en El Salvador, en 1979; en Perú, en 1992.

Se jodió por estar donde está

América Latina, ilustre marqués, nunca habría podido ser un continente democrático y próspero, pues cometió el error de estar situada en el traspatio del imperio.

Repitámoslo, señor marqués, tiene usted razón, miente con conocimiento de causa, es usted un mentiroso con conocimiento de causa.

En Cuba y en Granada, Estados Unidos no cometió ningún error

¿No es así, señor marqués? Estados Unidos no cometió ningún error al promover y financiar la invasión de Cuba—por parte de un ejército mercenario— en Playa Girón, en la Bahía de Cochinos. Tampoco cometió un error al decretar, en octubre de 1960, el embargo económico a Cuba, el bloqueo, como represalia por las expropiaciones realizadas por el gobierno revolucionario. Y menos cometió un error al darle, en 1992, carácter de ley. Ni en 1996, cuando el Congreso de Estados Unidos aprobó la ley llamada Helms-Burton Act, que eliminó la posibilidad de que ciudadanos estadunidenses hicieran negocios en la isla o con el gobierno de Cuba. Y menos, en 1999, cuando Clinton amplía el embargo comercial. Tampoco son errores los innumerables intentos de sabotaje perpetrados por la CIA y sus agentes para desestabilizar al régimen.

Claro que para usted, ilustre marqués, todos estos no son errores, son medidas justas, pues el de Cuba es un gobierno revolucionario y ningún país latinoamericano tiene el derecho de decidir si quiere hacer una revolución. Como Cuba es «comunista» no es un error tratar de invadirla, sabotearla, bloquearla, asfixiarla. No importa el impacto devastador que eso pueda tener para la población: todo eso es justo porque Cuba es roja, es comunista y Estados Unidos tiene todo el derecho de imponer su voluntad.

La invasión estadunidense a Granada, la operación Urgent Fury, para derrocar a Hudson Austin, tampoco fue un error, ¿verdad señor marqués’, pues como se sabe había participación de los cubanos y eso transformaba todo en una revolución comunista.

El ilustre señor marqués de Vargas Llosa no sólo miente, también defiende una política retrógrada, perversa, de servilismo al imperio.

Una duda

Es curioso, queríamos hablar de literatura, pero son tantas las mentiras del ilustre señor marqués que eso no parece ser una tarea fácil. ¿No será que él miente también cuando afirma ser el autor de Tiempos recios? Lo digo porque hay momentos en que me parecería un insulto flagrante al autor de Conversación en La Catedral pretender que fue él quien cometió algunos de los párrafos de esta última novela. ¿Cuántos nègres o ghostwriters habrá tenido? ¿No será que unos le copiaron los acontecimientos históricos, otros le chapucearon algunos pasajes?

¿Eran unos españoles? El loísmo y el leísmo los delata: «El comandante Eléspuru se lo quedó mirando, asombrado» (p. 170)[8], «¿Y si fuera tarde para avisarlo?» (p. 177), «Fueron al restaurante y el gringo le invitó a una excelente pizza margarita» (p. 216), «Aunque la perspectiva de ver a su mujer le deprimía» (p. 200).

¿Y otros serán argentinos? No había encontrado en el autor de Travesuras de la niña mala esta construcción: «Esa brevísima conversación que tuvo con Mike no la olvidaría el resto de su vida» (p. 180), «Pero cuando despertaba comprendía que la pesadilla la estaba viviendo de verdad» (p. 222), «Entonces, Martita supo que aquella apuesta temeraria que había hecho viniendo a la residencia del Jefe de Estado y pidiendo audazmente a la guardia de la entrada que la dejaran hablar con el presidente, la había ganado» (p. 117), «Esa rebelión, esa invasión desde Honduras rechazada gallardamente en Gualán y en Puerto Barrios, había que derrotarla» (p. 247), «Y las visitas a los casinos clandestinos del Turco las hacía ahora acompañado por Temístocles» (p. 255).

¿Quién escribiría?: «¿Qué había detrás de esa súbita partida, de esos teléfonos que le dejó?» (p. 176). Si el relato se situara en la época de los celulares la frase podría significar que le dejó algunos teléfonos; tratándose de los años cincuenta del siglo pasado, sólo pueden ser números de teléfonos. Lo mismo tendría que decirse de: «Delony, que le había pedido su teléfono, lo llamó pocos días después» (p. 320).

¿Qué decir de la frase siguiente?: «Lo recibió con mucha amabilidad, en su traje escuro y sus zapatos brillantes, y le habló en un español muy bien hablado» (p. 321). Mejor que el de este párrafo, ¿no le parece, ilustre marqués? ¿Y esta otra?: «El recuerdo del coronel Max Dominique hizo que Abbes García recordara su situación» (p. 322). Nada de todo eso habría sido escrito por el autor de El paraíso en la otra esquina.

   ¿Las siguientes frases son del autor de Historia de Mayta?: «Una medida que desde hacía años Estados Unidos había convencido que la asumieran también casi todos los países occidentales» (p. 247), «Estuvieron ayer aquí, echando una última ojeada al departamento, y comprobaron que lo alquiló en mejores condiciones que lo dejó» (p. 273).

A ver, ¿será que una misma persona escribió estos tres párrafos, tan cerca uno del otro?: «Pero aquella personalidad [de Crispín Carrasquilla] un tanto borrosa cambió cuando, en las postrimerías del gobierno de Jacobo Árbenz, durante la guerra, uno de los sulfatos (…) lanzó una bomba en el patio de la Escuela Politécnica» (p. 304). Y una página después: «Pero esa neutralidad —o más bien indiferencia [de Crispín Carrasquilla]— frente a la política desapareció desde que los sulfatos comenzaron a volar sobre la ciudad de Guatemala lanzando volantes de propaganda o bombas que causaban estragos, víctimas, pánico, y, sobre todo, desde el día en que aquel sulfato bombardeó la Escuela Militar» (p. 305). Y hay más, en la página siguiente: Desde que cayó aquella bomba en el patio de honor (…) algo sorprendente ocurrió en éste [Crispín]: cambió de personalidad» [Los subrayados son míos].

¿Se trata de un descuido menor? Tal vez, pero el autor de El sueño del Celta no lo hubiera cometido.

Otro dato curioso: todo el tiempo Trujillo trata a Castillo Armas de usted: «Lo quiero vivo —lo interrumpió Trujillo—. Que nadie le toque un pelo. Vivito y coleando. Usted me responde por su vida» (p. 84). De pronto aparece tuteándolo: «—Te mandaré un barco cargado con todo el parque que necesites» (p. 86). ¿Es un dedazo de uno de los nègres?

No hablaré del queísmo tan caro al marqués, pues ese lo acompaña hace ya mucho tiempo.

Ahora veamos otro pequeño detalle: «Pero igual ellos tocaron la puerta una vez y otra…» (p. 40). El autor de El hablador sabría que el tocar la puerta produce una sensación táctil, pero no hace que alguien la abra. Él habría dicho: «tocaron a la puerta», ¿no es así, señor marqués? Y el error se repite más de una vez, no es dedazo: «En esos momentos unos nudillos tocaron respetuosamente la puerta» (p. 80), «Apagó el motor, salió y tocó la puerta de la Legación» (p. 326), «O acaso aparecerá tocándole una noche la puerta de casa» (p. 342).  Lo mismo ocurre con las aldabas, por más de bronce que sean, tocarlas no basta: «Tocó decidida la aldaba de bronce» (p. 109); hay que tocar a la aldaba.

¿Qué dirá el ilustre marqués del uso de los artículos? Porque no es imaginable que el autor de Travesuras de la niña mala escriba: «Se le oía a veces jactarse de ser un rosacruz» (p. 77) y «¿Qué significaba ser un rosacruz?» (p. 83). ¿No basta con decir ser rosacruz? ¿Para qué abusar del empleo del artículo?

Puesto que de elementos innecesarios se trata, ¿qué decir de este superfluo ya?: «Sólo (sic) mucho después cuando ya todo hubo pasado» (p. 117).

Las varias manos que deben de haber trasteado el texto también se denuncian al hablar de la gringa: «Vámonos al barrio de Gerona, más bien, donde esa gringa que se tiñe el pelo» (p. 39-40). Más adelante: «—¿A estas horas caballeros? —se asombró reconociéndolos, la señora del pelo color platino y ahora también alborotado. Se llamaba Miriam Richter y forzaba algo su acento para parecer extranjera» (p. 40). ¿Cuántas veces se describe, sin modificar nada, un personaje, ilustre marqués? ¿No basta una? ¿Por qué insistir en la descripción?

Unas páginas adelante el marqués nos ofrece un párrafo que en el que, además de insistir en la cabellera de la gringa, comete otros dos errores:

«Se habían bebido ya dos copas de ron cada uno y el burdel seguía triste y vacío. Miriam, la señora de la gran cabellera platinada había desaparecido, y un indito [sic] silencioso barría las virutas esparcidas sobre el suelo del local, y las recogía con las manos en una bolsa de plástico» (56). ¡Bolsa de plástico en los años cincuenta, ilustre marqués! El pobre ghost writer que le escribió este párrafo debe ser uno de esos chiquillos que no saben que hubo un tiempo sin internet ni redes sociales y que creen que el mundo siempre fue como lo es hoy. Las bolsas plásticas fueron introducidas en el mercado en los años setenta, el «indito» no habría podido tener una para hacer su trabajo. Por otro lado, marqués, ¿no sería aserrín virutas lo que había en el piso del local? El señor marqués miente cuando dice que investigó.

¿Qué hace pensar al señor marqués que el lector aún precisa de una descripción de la gringa? «Gacel llevó a Abbes a un bar prostíbulo, en una callejuela de Gerona, que regentaba una señora llamada Miriam, con su larga cabellera teñida de pelirrojo o de rubio según la ocasión» (p. 141). ¿Por qué identificarla y describirla de nuevo como si fuera la primera vez? Quien diga que el autor de El sueño del celta es capaz de hacer eso mentiría de manera descarada.

¿Cuáles de sus inocentes ghostwriters escribieron las frases: «Llevaba una falda sinuosa que mostraba sus torneadas piernas y tobillos, unas sandalias y una blusa que delataba sus pechos redondos»? (p. 148) ¿Sinuoso no sería, ilustre marqués, el cuerpo de la mujer? ¿Cómo ayudaban las sandalias a delatar sus redondos pechos? «Fueron a ver una película de cowboys al Cine Variedades, que al gringo le encantaban». ¿Cómo así le encantaban, ilustre marqués, una película «que al gringo le encantaban»? Vaya construcción. «El bar estaba casi vacío, con sólo [sic] dos mesas ocupadas y un hombre sentado en la barra fumando» (p. 155). ¿No será que estaba sentado a la barra y no en la barra?

Y no señalo todo eso, señor marqués, para hacer leña de un árbol caído hace ya algún tiempo, lo hago pues lo considero una falta de consideración con el lector. Su Tiempos recios es un trabajo hecho a la carrera, descuidado, mal escrito, que constituye una falta de respeto al gran autor de La casa verde. Es una falta de respeto al lector que todavía creer que leerá una obra digna del autor de la Fiesta del Chivo. ¿Cómo justificar ese descuido cuando se hace una edición de 180,000 ejemplares? ¿No será todo eso también un insulto a la editora que lo publica y a sus revisores? ¿Será que todos son errores cometidos con conciencia?

Nunca el autor de La Guerra del fin del mundo habría producido estas líneas, ¿no le parece, ilustre marqués?: «Estaba visitando esa joyita colonial que era Antigua, la primera capital del país…» (p. 106). ¿Qué investigación hizo usted, señor marqués? Si le hubiera preguntado a un niño guatemalteco de quinto año de primaria cuál fue la primera capital de Guatemala, éste, sin vacilar, le hubiera dicho: Iximché, y le habría dado la fecha de fundación: 1524. Y si usted le hubiera dicho: «Ah, entonces La Antigua fue la segunda». Él se habría complacido en decirle: «No, la segunda fue Santiago de Guatemala, Ciudad Vieja, y la fecha de su fundación es 1527. La Antigua fue apenas la tercera y su fundación data de 1543».

El investigador y mentiroso con conciencia parece deleitarse con la alusión a la excelencia al ron de Zacapa. «También que, aunque las putas guatemaltecas dejaran mucho que desear[9], el ron de Zacapa era tan bueno como el dominicano» (p. 142). Y más adelante: «Le había llevado una botella de ron dominicano —“Para que vea usted que es tan bueno como el mejor ron de Zacapa, teniente coronel”— y él le hizo abrir la botella de inmediato» (p. 144). ¿Adónde vamos a parar con investigadores así? Aquí el marqués alcanza los límites de la comedia. El ron de Zacapa, el Venado en los años cincuenta del siglo pasado, como lo sabemos los guatemaltecos por experiencia, le habría rasgado las tripas al dominicano. Cualquier amante del reconocido mejor ron del mundo hubiera podido instruir al ilustre y desinformado señor marqués: el ron Zacapa Centenario, que es de Xela y no de Zacapa, fue creado en 1976 para celebrar el centenario de esta ciudad.

¿Quién le informó, ilustre marqués, que en Guatemala se decía cuadrado para significar estacionado o parqueado? ¿O eso es otro producto de sus investigaciones? «El viejo Ford, cuadrado a la puerta del edificio». «El carro estaba cuadrado a pocos metros de la puerta» (p. 276). Es posible que haya sido alguien que cree que en Guatemala comemos chili:«Antes de las tortillas y el pollito al horno con chili, se tomaron unas varias cervezas» (p. 140).

Por otro lado, por su estilo, Tiempos recios es un intento del marqués de Vargas Llosa de copiar, sin el menor empacho, al gran autor de Conversación en La Catedral, pero lo hace de una manera tan bisoña que su esfuerzo se desvanece en el vacío.

Me pregunto qué diría el autor de La orgía perpetua: Flaubert y Madame Bovary del miserable resultado literario de la más reciente obra del ilustre señor marqués de Vargas Llosa. Creo que se moriría de vergüenza, pues quien estudió la obra de Flaubert no puede ignorar cómo vivía éste alucinado por el cuidado del estilo. Él llegaba a revisar cada párrafo de su obra hasta siete veces.

No, Tiempos recios no fue escrito por el Nobel, lo garabateó el «Noble»…

Un hoyo

¿Qué pasó con Martita, Miss Guatemala? Desaparece de la novela, sin dejar rastro. Lo último que sabemos es que Abbes García le dice: «Apenas estés bien hay que sacarte de aquí. […] Hablaré con Mike y veremos la manera de que salgas de [la República Dominicana] aquí cuanto antes» (p. 224). ¿Técnica literaria o descuido craso? Eso no lo planeó el autor de El paraíso en la otra esquina, señor marqués, eso más parece trabajo mal hecho.

El ilustre marqués concluye su charla de Madrid con una frase acertada: «Por eso yo terminaría con este ruego: no me crean».

Y nosotros, con serenidad, le respondemos: «No se preocupe, señor marqués, seguiremos disfrutando de la magistral ficción del autor de ¿Quién mató a Palomino Molero?, pero hace tiempo dejamos de creer en sus mentiras políticas».

Después, I

En «Después», el epílogo de la obra, el marqués cuenta el encuentro entre dos personajes ficticios: Marta, la ex Miss Guatemala y Mario Vargas Llosa. Esto podría ser interpretado como un guiño del autor, a través del cual él reconoce que para encontrar al creador de La ciudad y los perros y de Conversación en La Catedral tenemos que buscarlo en los libros, en las bibliotecas y no en la realidad. Ese gran escritor fue vilmente ultimado por el ilustre señor marqués de Vargas Llosa.

El ilustre señor marqués de Vargas Llosa es, por Tiempos recios, mi candidato al Ig Nobel Prize de literatura. Sería un placer verlo aparecer en el Teatro Sanders de la Universidad de Harvard para recibir su merecido e innoble galardón.

Después, II

Después de intoxicarme con la literatura chatarra de Tiempos recios sentí la necesidad de volver a deleitarme con la gran literatura; me sumergí en O memorial do convento, de José Saramago, para disfrutar de la prosa deliciosa con que son descritas las andanzas de Bartolomeu Lorenzo de Gusmão, el cura volador, y de sus comparsas Baltasar Sete Sóis y Blimunda Sete-Luas, y en Notre-Dame de Paris, de Victor Hugo, para dejarme llevar por el encanto de las aventuras de Quasimodo y Esmeralda. Saboreo la parsimonia de sus textos. Mi próxima lectura será la relectura de otra obra memorable: Conversación en La Catedral.

Una anécdota

Hace algunos años, durante un congreso científico realizado en la ciudad de Fortaleza, Brasil, tuve el privilegio de participar en una cena preparada en honor del doctor Stanlislaw Krinsky, quien ya tenía en aquella época más de ochenta años. Él fue precursor y fundador de la Paidopsiquiatría Brasileira: «Yo introduje las ideas de Leo Kanner en Brasil», nos contaba. Me tocó en suerte sentarme a su lado durante la velada. Todos los comensales parecíamos tener un objetivo en común: escuchar al doctor Krinsky, quien ya nos había encantado durante sus conferencias en el congreso. En aquel ambiente, la conversación dejó los derroteros de la ciencia para encaminarse hacia aquellos de las anécdotas de vida.

De repente, con esa voz cavernosa, el doctor Krinsky nos anuncia una nueva anécdota:

«Un día le dije a mi amigo Jorge Amado: “Jorge, tú yo tenemos una gran ventaja… podemos escribir cualquier cosa”. Cuando apareció su novela De cómo los turcos descubrieron América, tomé el teléfono, lo llamé y le dije: “Jorge, ¡creo que esta vez exageraste con el cualquier cosa!”».

Post scriptum

América Latina sufre, de nuevo, a manos del imperio y de sus criados, las oligarquías locales. En Chile, la explosión del movimiento popular en contra de las medidas económicas de Sebastián Piñera están sacudiendo las bases del régimen. La legitimidad de las demandas del movimiento —educación, salud, empleo, oportunidades para todos— no impidió que el gobierno mandara a los militares a reprimir las manifestaciones. A pesar de la violencia con que se encarnizaron contra el pueblo chileno, el movimiento no ha cedido y se mantiene firme.

Los terribles acontecimientos que sacudieron, y aún sacuden, a la hermana república pluricultural de Bolivia muestran que el imperio no ha perdido nada de su prepotencia ni de su voracidad. El golpe de estado militar que derrocó al presidente Evo Morales fue promovido y financiado por Estados Unidos. El crimen de Evo no es otro que el de haber sacado a Bolivia de la miseria en la que la habían mantenido las elites aliadas del imperio durante siglos. Esa Bolivia que, en poco más de una década, dio un salto portentoso en términos de educación, salud, economía, igualdad, está siendo punida por oponerse a los intereses de Estados Unidos[10].

Los que aún creen en que el marqués de Vargas Llosa es un liberal, defensor de la democracia, ¿no extrañan que el «más brillante intelectual de la actualidad» —que con tanto énfasis señala el error cometido por Estados Unidos en Guatemala en 1954— no vuelva a la palestra para denunciar estos nuevos errores?

¿Será que él piensa que por detrás de las multitudinarias manifestaciones del pueblo chileno y por detrás del pueblo boliviano está la mano del comunismo internacional? Las declaraciones del marqués después de esos acontecimientos han demostrado, una vez más, su complicidad con las oligarquías latinoamericanas y con el imperio. No sólo condena a los pueblos que se levantan para exigir justicia sino que incita al pueblo cubano a dar la sorpresa y salir a las calles a combatir al gobierno. Más claro no podría estar.

¿Será que el marqués olvidó que hay un abismo entre ficción y mentira? La primera es la «materia» prima de la literatura, la segunda es el intento de engaño que se propone en el ámbito de la realidad.


[1] Ver el video de la presentación del libro en Madrid en: https://www.youtube.com/watch?v=6rYabLivBjo

[2] Justo es señalar que después, tampoco, y la novela que comentamos lo comprueba.

[3] Esta misma respuesta ofrece el ilustre marqués a Daniel Ramírez en una entrevista del 10 de noviembre de 2019: «Vox y el nacionalismo catalán son en el fondo la misma cosa; un peligro para la democracia». Pregunta: Con su última novela vuelve a la violencia política como ingrediente literario. […] ¿Alguna vez le ha tentado escribir algo así a la española? Respuesta: No, la verdad es que no se me ha ocurrido. Pero por una obvia razón: en España hay suficientes buenos novelistas para ocuparse de ese asunto.

[4] Hace unos días leí dos novelas de Yasmina Khadra: A quoi rêvent les loups y Ce que le jour doit à la nuit. Ambas obras —traducidas como Qué sueñan los lobos y Lo que el día debe a la noche— tienen como base los dramáticos acontecimientos de la guerra de Argelia, pero en ningún momento se tiene esa impresión de retazos históricos pegados dentro de la ficción. El autor de La casa verde habría hecho lo mismo.

[5] Ver sus declaraciones en la ceremonia de presentación del libro en Madrid.

[6] El subrayado es mío.

[7] «Clinton dice en Guatemala que el apoyo de EEUU a la represión fue un error», El País, Juan Jesús Aznarez, 11 de marzo de 1999

[8] Los números entre paréntesis remiten a las páginas de la primera edición de Tiempos recios.

[9] No podemos pasar por alto aquí un pequeño detalle: quien se refiere aquí a la «calidad» de las putas guatemaltecas no es ninguno de los personajes, es el marqués de Vargas Llosa.

[10] Para una información detallada en este sentido, ver el artículo de Alfredo Jalife-Rahme: https://www.conclusion.com.ar/internacionales/revelan-plan-de-estados-unidos-para-el-golpe-en-bolivia-nombres-y-apellidos-rol-de-la-embajada-y-paises-vecinos/11/2019/209/

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •