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Cementerio 300x248 Profesion: Enterador de Perros

Cayó como un paracaidista en medio de una autopista en la que no sabía qué dirección tomar  porque ningún camino le conducía a su hogar… Con un dejo de tristeza y con los ojos llenos de sorpresa una mezcla difícil de asimilar para un inmigrante que acaba de llegar.

Sin hablar ingles y con un español acentuado por su lengua materna, le era difícil  encajar en aquel juego de ajedrez; por un lado se sentía como un niño perdido y por otro como un hombre ignorado. Pero no había tiempo para ese mal del primer mundo que llaman depresión pues debía de ponerse en acción y trabajar.

Consiguió un cuarto compartido cuya renta casi acabó con el poco dinero que traía, por lo que tuvo que diezmar su apetito y engañarlo con agua.  Por las noches le entraba esa tristeza pueblerina que ni la televisión conseguía espantar y temprano por las mañanas espera en las esquinas para granjearse la oportunidad  de trabajar unas horas, pero los días corrían y la posibilidad no llegaba porque al parecer los hombres que manejaban los pickups ya tenían a sus conocidos  y además sin los mentados papeles conseguir un buen empleo era algo casi imposible.

El tiempo corría a prisa, ya eran casi tres meses desde que había salido de aquella casita donde nunca hubo lujos pero sí mucho amor, donde por las mañanas los patojos (niños) corrían jugando hacia la única escuela  y por las noches se reunían a escuchar historias y luego los grillos les arrullaban el sueño. Pensaba en escribir a su familia, pero  se preguntaba  ¿Cómo explicar  que no consigo un trabajo en donde muchos asumen que se gana el dinero a granel? Por lo que prefirió postergarlo, para cuando tuviera trabajo.

Un medio día de aquellos ardientes cuando se siente  que arden las plantas de los pies pues el concreto quema y penetra la suela del zapato, un pick up paró cerca de él, el hombre que lo conducía le preguntó que si buscaba trabajo, el respondió  inmediatamente que sí, con esa cara de necesidad que se nota a leguas… Se subió a la palangana del vehículo a la par de otros dos hombres que no conocía. Media hora después llegaron al lugar, parecía un cementerio, más no tuvo tiempo de pensar pues tenía pronto  que ponerse a trabajar, el hombre les entrego un par de palas y una cinta de medición y les dijo que su trabajo era muy simple, sólo debían de cavar en tierra  agujeros con la medida que  en cada señal estaba marcada; nadie preguntó nada, los dos hombres se pusieron a hacer su trabajo y el tercero siguió con aquel hombre en el pick up, lo único que les dijo es que los recogería como a eso de las seis de la tarde. Ambos sólo seguían  las medidas indicadas, sin comentar nada, pero preguntándose para sus adentros, ¿Qué para que sirvieran aquellas trincheras?, más poco tardarían en descubrirlo.  El hombre los recogió a la hora acordada y les pagó su labor en efectivo diciéndoles que si les interesaba el trabajo pasaría por ellos al día siguiente.

Gustavo Adolfo con el cansancio a cuestas más con una cara de alegría no paraba de pensar que  por fin podría mandarle algo de dinero a su familia y así paso comprando el desayuno, almuerzo y cena de aquel día hamburguesa, papas fritas y un refresco.

Al día siguiente  estaba en el lugar acordado con media hora de antelación, luego de la espera llego aquel hombre, pero esta vez sólo iba en el pick up el hombre con el que había trabajado el día anterior.  Al llegar al lugar las instrucciones fueron las mismas y de inmediato, se pusieron a palear bajo un sol  inclemente.  A las dos horas de trabajar  pararon un rato para buscar un sombra y tomar un descanso, ambos se dijeron su nombre y les vino a los labios la misma pregunta ¿Para qué son las trincheras? Ambos se dieron cuenta que aquel lugar con jardines y estatuías de San Francisco de Asís, era un cementerio, pero ¿De qué? Luego continuaron con el trabajo, no porque alguien los apurara, si no porque su labor estaba también calculada, que de no apurarse no acabarían y eso significaba perder el empleo. A la hora del almuerzo ambos, Gustavo Adolfo y José Pablo, se pusieron a husmear el lugar  pues la duda les carcomía.   Al ir caminando empezaron a notar que afirmativamente era un cementerio pero no de personas, encontraron lápidas con dedicatoria en ingles que no comprendían, pero si los nombres, Candy, Leidy, Snoopy, Drupy, Flopy, Sisy, Deisy, Brandy…Todos nombres de perros con esa particularidad  que terminaban con “Y”

Al atardecer fueron llamados para ayudar en uno de los entierros, llego una elegante mujer  de edad en limosina, vestida de negro llorando a mares y otros que la acompañaban que más bien parecían fingir un dolor que no sentían, luego de otro vehículo bajaron una pequeña caja bellamente adornada, unos hombres vestidos de negro la cargaron con tal solemnidad y cuidado que se notaba que lo hacían por una buena paga, pusieron la caja en una de las trincheras previamente adecuada, que ellos el día anterior  habían cavado.  Ambos ayudaron con las flores y esperaron.  Se realizo el funeral como si se tratara de una persona y luego de las cosas propias del entierro, se retiro la mujer en su elegante limosina.  Luego ellos deberían de ponerle tierra encima, plantar grama y flores alrededor y colocar una cerca. Mientras  echaba la tierra  Gustavo Adolfo no dejaba de pensar en toda esa solemnidad, el lujo y personas en el funeral para un perro, no era que no valorara la compañía y la presencia de un perro en la vida, el mismo había llorado más de una vez por la muerte del perro que acompañó su niñez , pero también recordó aquel 4de febrero en que un terremoto diezmó a su pueblo y ante la falta de recursos y la premura del tiempo, muchos de sus conocidos y amigos fueron enterrados en fosas comunes sin más ritual que  el dolor  y a las oraciones del pueblo…

Así acabo aquel día, que se repetiría más de una vez y aunque la paga era una fracción de lo que realmente valía su labor, era mejor tener aquel  trabajo que andar mendigando por un empleo en las esquinas.

Aquel trabajo siempre le traía sentimientos encontrados, contradicciones difíciles de asumir y comprendía que no importa donde se encontrara pues de vez en vez le invadiría aquella tristeza pueblerina que hacia fluir los vinos del recuerdo y lo embriagaba de nostalgia…

Autor: Oxwell L’bu
Foto: Internet


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