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Poner fin a la sangría de Grecia

Paul Krugman*

Europa esquivó una bala el domingo. Frustrando muchas predicciones, los votantes griegos respaldaron con contundencia el rechazo de su Gobierno a las demandas de los acreedores. E incluso los partidarios más fervientes de la Unión Europea deberían respirar aliviados.

Naturalmente, no es así como lo ven los acreedores. Su versión, de la que se ha hecho eco buena parte del sector mediático, es que el fracaso de su intento por amedrentar y someter a Grecia ha sido un triunfo de la irracionalidad y la irresponsabilidad sobre los sensatos consejos tecnócratas.

Sin embargo, la campaña de la intimidación —el intento de aterrorizar al pueblo griego cortando la financiación de los bancos y amenazando con el caos general, con un objetivo casi ostensible de echar al actual Gobierno de izquierdas— fue un episodio vergonzoso en una Europa que afirma creer en los principios democráticos. Si dicha campaña hubiese tenido éxito, se habría sentado un precedente terrible, aun cuando los acreedores tuvieran razón.

Para más inri, no la tienen. La realidad es que los supuestos tecnócratas europeos son como los médicos medievales que insistían en sangrar a sus pacientes, y cuando su tratamiento los debilitaba aún más, exigían nuevas sangrías. Un sí en Grecia habría condenado al país a más años de sufrimiento con políticas que no han funcionado y que, aritmética en mano, no pueden funcionar: es probable que la austeridad contraiga la economía a mayor velocidad de lo que reduce la deuda, con lo que todo el sufrimiento es en vano. La victoria aplastante del no ofrece al menos una oportunidad para esquivar esta trampa.

¿Pero cómo se puede ingeniar un escape semejante? ¿Existe alguna forma de que Grecia continúe en el euro? Y en cualquier caso, ¿es lo ideal?

La pregunta más inmediata concierne a los bancos griegos. Antes del referéndum, el Banco Central Europeo cortó el acceso a los fondos adicionales, propiciando el pánico y obligando al Gobierno a cerrar los bancos e imponer controles de capitales. Ahora el BCE se enfrenta a una decisión peliaguda: en caso de reanudar la financiación normal estará admitiendo que la congelación previa era política; pero si no lo hace, a efectos prácticos estará obligando a Grecia a introducir una nueva moneda.

En concreto, si el dinero no empieza a fluir desde Frankfurt (sede central del BCE), Grecia no tendrá más remedio que empezar a pagar los sueldos y las pensiones con pagarés, lo que constituiría de hecho una moneda paralela, y que pronto podría convertirse en el nuevo dracma.

Supongamos, en cambio, que el BCE reanuda los préstamos normales y que la crisis bancaria amaina. Eso no resuelve la cuestión de cómo reanudar el crecimiento económico.

En las negociaciones fracasadas que condujeron al referéndum del domingo, el principal escollo era la petición griega de obtener un alivio permanente de la deuda que eliminase el nubarrón que cubre su economía. La troika —las instituciones que representan los intereses de los acreedores— se negó, aunque ahora sabemos que uno de los miembros de la troika, el Fondo Monetario Internacional, había llegado a la conclusión, de manera independiente, de que la deuda de Grecia no puede pagarse. ¿Se lo pensarán mejor, ahora que el intento para echar del Gobierno a la coalición de izquierdas ha fracasado?

No tengo ni idea, y en cualquier caso, ahora existe un argumento potente de que la salida de Grecia del euro es la mejor de las malas opciones.

Imaginemos, por un momento, que el país heleno nunca hubiese adoptado la moneda común; que se hubiera limitado a establecer el valor del dracma con relación al euro. Según un análisis de economía elemental, ¿qué habría que hacer ahora? La respuesta, abrumadora, sería que Grecia debería devaluar, dejar caer el valor del dracma, tanto para fomentar las exportaciones como para salir del ciclo de deflación.

Por supuesto, Grecia ya no tiene su propia moneda, y muchos analistas solían afirmar que la adopción del euro era un paso irreversible; a fin de cuentas, cualquier indicio de salida desencadenaría un pánico bancario y una crisis financiera devastadora. Sin embargo, a estas alturas, esa crisis financiera ya se ha producido, y los mayores costes de la salida del euro ya se han pagado. Así pues, ¿por qué no ir en busca de los beneficios?

¿Funcionaría la salida de Grecia del euro igual de bien que la exitosísima devaluación islandesa de 2008 y 2009, o el abandono en Argentina de la política de equiparar el peso al dólar de 2001 y 2002? Puede que no; pero pensemos en las alternativas. A menos que Grecia obtenga una quita considerable de su deuda, y puede que ni siquiera entonces, abandonar el euro supone la única vía de escape plausible de su interminable pesadilla económica.

Y seamos claros: que Grecia acabe abandonando el euro no significará que los griegos son malos europeos. El problema de la deuda griega refleja tanto la irresponsabilidad de los acreedores como la de los deudores y, en cualquier caso, los griegos ya han pagado con creces por los pecados de su Gobierno. Si no pueden salir adelante con la moneda común europea es porque dicha moneda no ofrece un respiro a los países en apuros. Ahora, lo más importante es hacer todo lo que sea necesario para acabar con la sangría.

* Paul Krugman recibió el premio Nobel de Economía en 2008.

© The New York Times Company, 2015.

Traducción de News Clips.

Fuente: El País

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