5 sonetos y un par de poemas

Mario Cardona

Soneto I

La encontré una noche clara en Rosedal,
la encontré bañada por luz de luna,
la encontré andando en un quitón de cendal,
la encontré fría, grácil, sin fortuna.

La vi infausta, enfilando al bojedal,
fisgué: vi en su mano una zarzaperruna;
y, entre mi trance, le seguí al buhedal,
pero al llegar no vi figura alguna.

Me encontré solo en paraje inhóspito,
lejos, sin saber qué me rodeaba
y mi alma la agitó un soplo encuito.

¡Sé, era etérea cual infinito,
un hada y hálito ígneo que vagaba
porque su pasión era prurito!

Soneto II

Entre el barullo de fría mañana,
entre su mirada vi una sonrisa,
y, entre una sensualidad ufana
se escabulló entre la caterva aprisa.

¡Oh, morena de labios carnosos,
de pelo lacio y oscuro, con ojos
oblicuos; deseos ardorosos
saltan mi pecho de pocos arrojos!

¡Oh, fatalidad entre la dulzura,
de nalgas firmes y piernas largas,
tu mirada, mi corazón abura!

Mujer indómita, mujer de jazmín
quisiera poder besar tus pechos
y luego, tus labios de carmín.

Soneto III

La ignorancia, cual lastre es muy pesada,
obceca la mente y corazón del que la padece,
deteriora el caletre de un alma versada,
guarda con mezquindad todo lo que acaece.
Desdeña la belleza entre el polvo y su silencio,
que sólo el que sueña, que sólo el que vive, ve;
¿cómo es, que el brillo se tuerce hasta el vicio?
El espíritu ufano se pierde, se enerve,
¡las fauces de la ignorancia nunca ceden!
Atraen el alma, del que piensa, es sabio,
así, seducen a incautos para que olviden
que la necedad es a la razón, oprobio.

¡Allí, postrado en olvidado libro de versos,
está la ambrosía de un ánima elevada!

Soneto IV

Echado en el andén, con la pierna
gangrenosa, un hombre extiende mano
y, observo con tristeza en lo lejano:
harapos y mirada taciturna.

Viandantes que iban a una taberna
a él, monedas le lanzan con desgano,
mas, conmovió a un anciano
en melancolía casi nocturna.

Y un billete entre las moscas le dio;
yo, lancé en su mano, un par de monedas.
Pronto, su gangrena color sardio

y el hedor, fueron menos cargadas;
mi pena se hizo agua, y mi nidio
corazón pagó y bifurcó las sendas.

La moderna Pompeya

Nube que oscurece luz del cielo,
grito en llamas que aciago retumba,
¡ay, como la más mortífera bomba
polvo y fuego mudan en hielo!

¡No pises! Ardiendo está el suelo;
sí, se ha silenciado a la marimba
mas, no hay Vesubio que nos sucumba
el espíritu en eterno duelo.

Nuestras almas unidas caminan
en respiraciones infinitas
que, aún en negros días, iluminan

veredas que se aparecen ignotas,
empero, ¡las venias nos hermanan
sin importar las lóbregas cuitas!

 

Un par de poemas

Primera voz

¿En dónde he de hallar la belleza absoluta?
¿En dónde se insufla, si quiera un hálito de
vida, a un alma moribunda?
Si un fantasma,
poseyó una noche,
al febril durmiente.

Segunda voz

¡Calla, calla, viejo amigo!
Que con las penas se aligera el vino;
no dejes que tu cuita obceque tu buen tino
pues a la mar
tu sueño irá siempre,
¡y a sus costas no podrás llegar!

Tercera voz

¡Ay, odioso e impío Eros
me has lanzado la flecha de oro,
como hiciste con Apolo!
Y a ella, la de plomo.
¡Yo la anhelaré siempre,
cual maleficio insano!

Y la adusta ninfa vivirá bajo el mismo cielo
¡Pues yo no soy un dios!
Ni ella, la hija del río Peneo,
es de laurel sólo en mi sueño.

 

Un segundo

Con unos amigos, bebía una noche unos tragos,
comíamos y reíamos elevando nuestra copa.

Y, en el taburete yo me hallaba, ya con mirada mareada,
invocando el recuerdo punzante de una dama.
De pronto, impelí un movimiento que me apartó de ellos,
y en el pasillo, en un vaivén angustioso, sólo el griterío recuerdo.

Porque, un segundo se volvió eterno, y la luz se esfumó
como en un sueño, ¡y todo luego, en un sórdido silencio!

Advertí, entre las sombras, vacías todas las copas,
y yo, me sentí cual fantasma que de lejos otea
el viento; temiendo una fantasía espuria, aparté mi vista
de la mesa, y apareció ante mí, un pasillo en ruinas:

Sin perder tiempo, contemplé todo el complejo, y comprobé
que los años habían pasado veloces e inexorables.

Abandonada y derruida había quedado aquella casa
que segundos antes, había albergado fraternidad y algarabía;
ahora, sólo percibía ecos de nuestras voces acalladas
entre la basura, el polvo y la visión adulterada, de la ruina.

 

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