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El tonto tiene una gran ventaja sobre el hombre de espíritu, siempre está contento de sí mismo.”

 

EL FUEGO DE ENEBRO

 

“Las Veces Voces”

[ I ]

 

Contagiado de la madrugada, abría los ojos, casi obligado por la llegada de la luz del día, y todo sucedía con el mismo fuego débil del cielo. Mi esposa terminaba de vestirse con aquella discreción de que la desnudez es el camino menos adecuado para tener memoria de lo que fue esplendor entre los dos. Mientras descubría mi cuerpo de la sábana, mis pies delgados comenzaban a aparecer, delgados, retratos exactos de la herencia familiar. Vi de reojo el porta fotos de la repisa superior, en la pared que tenía frente a mí, allí estaba mi mujer, mis hijos, y sus hijos, nuestros hijos, y yo, siempre al final.

El cabello de Claire llegaba a una albura incandescente, como el de las nubes cuando el sol las rebana con un contundente movimiento para desaparecer detrás de ellas, hebras rebeldes desde el inicio de su existencia. La coincidencia de que cada mañana nuestros labios se reunían en un mismo movimiento, lento, con desconfianza, temor a esos pistilos del otoño consagrados desde varios años sobre nosotros.

—Buenos días, ¿ya te despertaste? Levántate que ya es tarde –Claire da una palmada sobre la cama, con algo de efusión, apresurada más por el ritmo que le exigía la vida, a la que ya se había acostumbrado con el tiempo—. ¿Buenos días? ¿Hola? Vamos levántate que ya está la comida.

Su voz cambiaba cada día, al lado de Claire, al abrir los ojos y verla en la condición de sacrificio ascético a la que  la condenaba, en estos años continuos de relación, convertida en una flor que debía renovarse interiormente cada día, su voz en mis oídos era el poco aliento matutino que podía levantarme y motivar a mis huesos a que despertaran de ese frío interno y que me causa molestias al caminar, o sentado sobre la cama, mientras quitaba de mis manos el sueño tibio que se guardaba en mí, y rápidamente se iba con la frialdad de los objetos que aparecían a nuestro lado.

El rostro de la habitación era uno de esos desgastados gestos de abandono. Y Claire se movía, se fundía con mis sensaciones, la respiración era exagerada, agitada por los pocos grados que había en la atmósfera, una fuerte temporada de frío se adentró por el territorio hasta que logró llevarse diez víctimas que no vivían en ningún lugar. El piso era gélido, intenso, como un puñetazo sin odio que se integra a nuestro rostro con la huella justificada de nuestra sangre. Amarrarla, memorizar su imagen atestiguando la ineficacia de los siglos, históricos como los papeles, y hasta qué punto su cuerpo se hizo mi cuerpo, lo hago mío con la fuerza de tomar por arrebato lo que no se logra con las buenas intenciones o la virtud.

Los dos, Claire y Arisleo, justificaban que debían levantarse temprano para buscar qué hacer con el día, qué cosa sería útil para que no se convirtiera en una larga monotonía. Antes de que sus brazos se debilitaran y no permitiesen el esfuerzo más mínimo. Reanudar la mirada, fugaz ahora y por momentos que parece convencer, que parece repudiar, tal vez ofende, cuestión que a los dos les resulta imposible evitar, ya no se puede mirar ni transformar las retinas en el absurdo de la juventud que se acostumbraron a aborrecer por ser algo ilusorio, premeditadamente una imagen de rubores atenuados por las ansiedades que excitaba en sus espíritus. Así Arisleo se ponía de pie por la madrugada, atravesaba el cuarto y rodeando la cama se quedaba frente a la puerta con una leve sensación de calor en la lengua que sólo podría quitarse con el fuego líquido del agua hirviendo.

Me sentaba sobre la silla y frente a la mesa, sin decir ni procurar tampoco decir algo con lo ojos, admiraba la comida que Claire me había servido, el café que hervía  dentro de la taza, lanzando señales de que el tiempo no podía detenerse frente a mí por lo menos a la hora del desayuno. Claire me miraba desde la esquina de la cocina, parada frente a la estufa; la veía y recordaba que ella estaba atada a mí no sólo por las palabras, los besos, la caricias, sino por el momento que ella convertía hoy a mi lado en la confirmación más hermosa de su amor, de su sentimiento agregado a mi cuerpo, como un aroma preparado desde que nací y comencé a respirar de forma interminable desde antes de que aprendiera el lenguaje y esos primeros golpes que me llevaron a caminar.

Aquí sentado frente a mi esposa que se reservaba imperiosa el sentimiento de lo que más conocimos, de esa razón que nos unió, miraba a su alrededor; yo veía su cuerpo, y su actitud de ternura y calidez para mí, con la que llenaba sus ojos y las arrugas se le adornaban de tornasoles que yo descifraba con ayuda de la experiencia.

Los pasos que estaba obligado a dar, a veces pesaban más, mucho más que los recuerdos. Y para recorrer las calles donde casi siempre nunca faltaba alguien que me empujaba por la prisa que llevaba. Pero el tiempo en el que yo me movía era mucho más rápido, muchas cosas pasaban sin que me diera cuenta; necesitaba menos tiempo para reconocer a los desesperados que cruzaban la calle. La comida sobre la cuchara iba lenta y temblorosa, como temiendo que cualquier acción podría arruinar el largo procedimiento de la transportación. El café estaba amargo, sin azúcar, así está muy bueno; los frijoles sin sal, bien; los condimentos esenciales de mis días.

Claire se movía también con lentitud para tomar los platos, vacíos como nunca, los vasos que ahora casi llegarían a resultar inútiles. El recuerdo de un perro se movía rítmico detrás de Claire, moviendo la cola y aguardando un trozo de comida, o el descuido de cualquiera de los dos amos. El silencio que nos rodeaba no era cuestión de acuerdo y de voluntad, tenía una razón de ser muy simple y contradictoria: el miedo.

Torva la vida nos va impregnando la piel, sin que podamos evitarlo, y en esa acción de sucesiones adheridas al cuerpo, la finalización de la aventura vivida es una ausencia en nuestros propios ojos. Veo su rostro que tampoco puede disimularlo, ni intenta hacerlo. Nuestras vidas, nuestros breves futuros se dan después de comer la solidaridad, y yo siempre pensé que nos tardábamos más de una hora y media en comer, y a veces miraba a Claire, sigiloso, y me preguntaba cómo se vería cuando estuviera realmente muerta. Fue una pregunta que Claire también se hacía cuando miraba a Arisleo. Pensar lo mismo no era algo de clarividencia, ni magia, sólo la afirmación de su auto conocimiento. Y cuánto de cada uno desaparecería con sus alientos,  posiblemente nada, posiblemente todo.

Una extraña ansiedad se removía dentro de mis manos. La sangre que revivía en la esperanza de la muerte y sus consecuencias, la conclusión equivocada de mi experiencia volvía a mi frente y sudaba constante y quizá eran las lágrimas las que podrían explicármelo con claridad, sólo Claire, ella me conoce muy bien.

En el cielo el sol se mostraba como una estampa diluida de luz, y el invierno comenzaba a erguirse hasta estacionarse, mientras la acumulación de nubes avisaban la lluvia, aunque en realidad esto no sucediera. El viento era un silencio insondable en la esquina del horizonte. Las personas caminaban desatentas de todo lo que podía suceder en el cielo.

 

Muchos preferían sentarse, para olvidarse de que ya estaban hartos de las horas que habían esperado, como siempre cada fin de mes, y continuaban buscando el menor detalle para perder de la mente todo el tedio de los minutos. Si llegaba a cruzar la mirada con alguna de las personas que también hacían cola, no podíamos fingir la coincidencia de sentimientos, de inconformidad. Todos íbamos por la misma razón, que nos resultaba insuficiente cuando cumplía su cometido. Pero volvamos al silencio de mis palabras. La lámpara ya no soporta su trabajo continuo de todos los días.  Mientras los miro en la fotografía y están como heridos, y entonces parecen muertos por la incompetencia. Y todos van y vienen por la misma necesidad. Y así se quedan ahí, y guardo silencio, los veo de nuevo y la fila sigue inmóvil, cadáver de múltiples cabezas que miran a todos lados para revivir y despertar debajo de la transparencia cinc de la mañana.

 

 

“Se puede llorar de odio”

[II]

 

Si le hubiera confesado que la amo, no me habría comprendido de nuevo, se haría la que no sabe nada de mí y se alejaría sin decir una sola palabra. Entonces, ¿qué otra opción podría quedarme? ¿A parte de no decirle que la amo? Si vos mismo la viste a los ojos cuando le hablé y te diste cuenta de cómo puede dominarme con sólo ese lívido reflejo en sus pupilas. De seguro vos no me entendés todavía muy bien, porque no sabés cómo me ha corrompido la tranquilidad y las ideas. Cuando la conocí la primera vez, te juro que daba cualquier cosa por ella, ahora lo pienso dos veces, y no creas que es falta de fe en ella o falta de fe en mí mismo, no, es que ella me obligó a ser así, para que ella aceptara hace cualquier cosa conmigo lo pensaba dos veces, y nunca tuvo la delicadeza de esperarse para actuar así después de conocerme, sino que siempre se convenció de tratarme con soberbia y sin voluntad alguna. Seguramente el tiempo que compartimos ella no lo vivía cómo lo hacía yo.

Siempre habla como si las palabras le salieran a la fuerza, como si las vomitase porque le molestara tenerlas dentro de sí, a veces sin fundamento las palabras que decía se proyectaban como imágenes compuestas de manera adecuada para representar seres inimaginables, artificiales como los besos abiertos que dejaba en mis labios cuando le daba la gana.

Si ella me dejaba pasar una noche a su lado, me dio la impresión de que tenía algo de turbio. Aunque ahora creo que lo hacía como un trámite, pero en ese momento no fue así, y si se trataba de un simple procedimiento o no, se entregaba con la misma fuerza, con una fuerza que no había visto en nadie, y eso creeré hasta que no me convenza la realidad de que más de la mitad de las horas que estuvimos juntos, no estuvimos juntos, si no que yo estuve con su cuerpo, con su cuerpo y su apellido, con su nostalgia y su boca, y con su aterrador silencio sobreentendido en sus ojos; que al final de cuentas todo lo que quedaba sobre mí, eran mis ansiedades comunes que se confundieron con las imágenes más bellas y necesarias para mi subsistencia.

 

Diego Maas sólo me observaba callado, insinuando un silencio irremediable con sus labios abiertos, indicando alguna sorpresa. Comprendí esa expresión con una gran rapidez, estaba forzado a hacerlo, mientras bebía despacio su café, dudando quizá de la veracidad de la cafeína artificial. El calor del café se fundía con el humo que se elevaba del cigarrillo y congestionaban el camino que debía seguir la luz, devorando las esquinas inútiles de la sala y perdiendo de su vista rincones mucho más importantes debajo de las mesas. Donde un vaho de oscuridad se desnudaba y se ofrecía como un producto complejo y elemental mezclándose con los restos de sonidos y voces que descendía hasta desaparecer.

El cigarro se terminaba de consumir sobre el cenicero, y Diego no se daba cuenta de que el  café se enfriaba y ya no tenía más que una chenca en el montículo de cenizas, mientras no dejaba de observar a una pareja que se miraban. Era una pareja que se había sentado frente al mostrador, para beberse un café, al igual que nosotros. Estaban callados, queriendo olvidarse de que habían entrado acompañados, olvidarse de la necesidad inevitable de decir verdades aparentes en cada palabra, dentro de estos sitios de mentira, sin comprender todavía cómo las mentiras podían caminar, beber, reír y besar como lo hacen otros. Permanecieron callados por algunos momentos, y se miraban entre sí, para conocerse mejor, pretendiendo que así podría ser. Una sonrisa mal escondida por los labios del hombre se difundía como la sombra de una ira que merecía mayor atención; en cambio, la mujer, lo miraba y distinguía en sus labios ese gesto, intentado comprender qué decía aquella cara y esas ojeras magnificadas debajo de los ojos. Diego se perdía mirando esas fórmulas insolubles del carácter humano, sin olvidarse de su deseo por comprender, tal vez como ellos, lo fácil que resulta inventarse una historia y lo divertido que llegaba a ser si le creían.

-¿Qué habrías hecho vos? ¿Se lo habrías dicho? ¿Diego? —lo miro a los ojos sin necesidad de que me responda, y menos todavía me preocupa si le interesa lo que le digo, mientras coloco las manos sobre la mesa y entrelazo mis dedos.

Él seguía perdido en sí mismo sin dejar de ver aquella pareja. Una mujer y un hombre, los dos hechos de una mentira muy veraz. Ésta incapaz de detectarse inmediatamente, pero para siempre irremediable. Volteé a mirar la pareja que tenía tan hipnotizado a Diego, no disimulé mi sorpresa cuando reconocí a una de las mujeres de mentiras, la que estaba con aquel hombre era Doria, antigua conocida de una mis hermanas , antigua como las voces de los catedráticos de la secundaria, antigua por la repetición de los hechos durante la vida, y no por la edad que ella pudiera tener en estos momentos.

Seguía abismado en aquellas expresiones débiles de esperanza, contagiado por el vacío de las bocas al abrirse cuando emitían sonidos que algún día supieron llenar más que este simple espacio ocupado por el momento que lo ameritaba. Ceñía la frente indicando el temor de alguna intriga desconocida y necesaria para seguir el camino de los días, los ojos negros mostraban un leve estigma de sangre en la pupila izquierda, tal vez un disgusto guardado, con las cejas espesas y caídas pestañas delgadas pero largas, vestido con una camisa color amarillo pardo.

Lo segundos pasaban sin que ninguno de los dos emitiera alguna opinión sobre lo que estaban conversando.  Trataba de asimilar ese gusto peculiar que me había confesado tenía por las mujeres mayores, así como también su indiferencia con mis asuntos, y en sus palabras muy pocas veces salía un consejo, porque su fuerte no eran los consejos, menos en lo que él sabe o comprende de la vida. Además de que él concebía el mundo de una manera distinta de la mía, yo lo considero como un apático suicida, tal vez por su afición a aventurarse continuamente, sin dejar de usar los argumentos que tenía desde hace más de diez anos, que eran los únicos que le servían. Sus manos intactas demostraban que no hacía mayor esfuerzo en su trabajo, con semblante delicado, a veces creía que tenía ciertas tendencias sexuales de otro tipo, de las no convencionales, pero esa idea se desvanecía cuando se lanzaba sobre la mujer que pasaba frente a sus ojos, solitaria, invocadora, que buscaba olvidarse en el bar.

Diego volteaba a verme sin darse cuenta aún del prejuicio que iba formando mientras él me seguía considerando algo ingenuo, y pretendía desaparecer de mi vista con sólo ignorarme y concentrarse en observar a la pareja de seres que entraron por primera vez a este sitio. Condensado como un líquido a las acciones que los personajes iban realizando, la mujer intentaba sonreír como mejor podía a aquel hombre que lanzaba sobre su rostro el humo del cigarro. Este hombre pretendía interesarse por ella, y en silencio presumía qué otras aventuras habría tenido ella en Europa, cuando acompañó a su ex-marido por un exilio temporal, sólo le interesaba saber eso, cómo hizo para divertirse allá, lejos de PiedraBrisa.

 

El humo le brindaba a las caras una desaparición momentánea, desaparición que muchos deseaban en realidad. Tal vez sin pretenderlo, pero ansiado secretamente como un breve elixir de silencio acomodado en el momento más preciso. Sentía que el aire me penetraba y así se contraían mis pulmones, y todas las expresiones: las sonrisas, las lágrimas, ansiedades, temores, todo lo que no me pertenecía y sin embargo traía el aire consigo. El aire carecía de vicio alguno, lo que sucedía en realidad era que estaba mezclado con las emociones y ansiedades de todas las personas que bebían algo, conversaban o permanecían en soledad dentro del café, todo lo que ellos exhalaban con sus sentidos se fundía al aire, revolviéndose en respiraciones ajenas, distantes, y todas ellas pasaban en un interminable molino de pulmones que se adherían a las emociones semejantes, y poco a poco perdían sentido, y me hacían sentir como si todo se me nublara completamente. Y por momentos me contagiaba de esa mentira que era todo lo que veía ante mis ojos, lo que se esparcía como una deformada imagen y un espejismo suburbano de licores mixtos al café, y los vagos silencios que se desaparecían en unos instantes sin que alguien pudiera darse cuenta. Todo entraba por las fosas nasales, el aire que no era viciado pero que no me pertenecía, y que ya había sido usado por otro y del cual me contagiaba sin quererlo y sin querer evitarlo, sin tener otro remedio que aspirarlo y tratar de igual manera de que al exhalarlo se llevara algo de mí, tan sólo lo  que no podría servirme para el futuro, y todo eso de lo que no podría arrepentirme por nostalgia.

El viento se llevaba esa sombra de tabaco consumido y soledad aglomerada, ráfaga casi inerte que había logrado colarse por el salón, que se mantenía muy mal ventilado y con escasas entradas de luz. Puede ser que la coherencia de las vidas se haya quedado en el atrio de la entrada, colgada por voluntad propia de los clientes, como si fuera una capa o un sombrero; esperando al regreso por ellos. Y todos aquellos rostros vencidos por el fuego casi endémico de las reverberaciones del cenicero, los vasos, los vinos, todo el hielo y olor a carne sobre el techo sostenida como una araña, y las voces ajenas barrenando las paredes de madera que dividen los espacios.

 

 

Siempre deseé conocerla así, sin pretenderlo, sin permitir que la programación de la rutina se uniera a ella. Valía la pena conocerla como sí nunca hubiera sucedido antes ni por mi mente, ni por la suya.

Su nombre se hacía el sonido que se perpetuaba como un sueño que me pertenecía y cada vez, y deseaba más como mío, así contagiarlo de ansiedades de las que poco a poco se desbordarían los instantes más inolvidables. Fue así como las letras de su nombre cobraban sentido para no cambiarlo nunca, aumentando como auroras predecibles sólo en el instante que podían observarse, casi pétalos que uno mira consumirse en el fuego de los bosques y no puede intervenir para evitarlo. Su nombre encendía mis ojos como si mi corazón no tuviera otro destino que entregarse a esa voz, a sus necesidades, que para mí son absolutas, como respirar su aire, su imagen congelada en el silencio, convertida en un holograma; casi traducible a cada instante como una lágrima de sangre, lágrima que tal vez para ella no significaría nada, pero que en la mía podía liberarme del ostracismo. Mi mente actuó con una gran rapidez para guardarla en mi memoria, para no olvidarme de sus labios, de su cuerpo, de esa dilatación sísmica de sus pupilas cuando me miraba hablarle, en sus ojos veía esas estrellas construidas sobre la retina misma y que de cerca parecían dos gotas de mercurio que habían chocado con el rocío para formar su mirada. Y el misterio en sus labios se congregaba en mí como un insomnio durante horas, horas en las que pretendía quitar de mi presencia sus palabras, pero regresaban, y no podía impedir que así se fuera consagrando dentro mí su existencia.

Sobrio, no me habrían alcanzado las indiferencias de los astros que apenas divisaba, como para olvidarme de que seguía con ella, me subía su perfume como un jaguarondi por la piel, y la ebriedad de su presencia me confirmaba lo que sentía. Ebrio en su pelo, en esperar a que regresara por todo su cuerpo, su mirada enardecida por la luz de la tarde, y que terminaba sobre nuestros cuerpos como un policía jubilado, rescoldo eterno del horizonte. Y ella me miraba a los ojos sin comprender, y sin que me atreviera a decírselo, de que este momento no pasaría más allá, sería interminable.

 

 

La muerte no es habitual, pero se asemeja al hábito de vivir. Sentía resentimiento por las circunstancias en que se esforzaba su voz, su piel, sus ojos, y su historia para repetirse en todo lo que podía no poseer vida, ni sentimientos en la habitación. Indagando en lo que no existe, lo que me pertenece, pero en los segundos que pasan a lo lejos en el reloj de baterías, me acostumbraba a no perderme en sus ojos, intentaba devolverle esa mirada, en los ojos a sus ojos, en sus labios a sus labios, en su voz a su pecho, y evitar que lo posible y lo imposible se conjuguen en su sonrisa y se transformen entre mis manos en una caricia.

Por la camisa me resbalan la sombras de unas lágrimas, sombras de lágrimas en las que me convencía, pero eran las gotas confundidas que se derramaban por la ventana desde la cual admiraba la aparición de la lluvia —deseaba que la noche hubiera continuado como estaba antes de iniciara a llover, las calles vacías y conformes con el clima húmedo y cálido, los hombres caminando inmutables a su rutina, y las luces rígidas de la calle, tarde casi noche perfecta-, porque así, creía posible su presencia, ignorando lo que necesitaba para estar juntos. Traer las imágenes y proyectarlas por el espejo del baño, omitiendo los símbolos que carecen de significado y resaltando cada oscuro estigma que se presentaba frente a mí, cruzando en silencio por la calle que podía ver por la ventana. Y en algunos momentos estas imágenes se detenían y desaparecían, volvían las gotas de la lluvia y lentamente comenzaba a buscar del otro lado de la calle y en la penumbra de la brisa suave de la lluvia acercándose, mis ojos perdían en el recuerdo de su boca el único faro hacia la vida.

 

 

“Escarnio Derramado”

[III]

 

Conforme el tiempo iba pasando, me fui acostumbrando a recurrir a la improvisación, tanto para inventarme una teoría definitiva en cuanto a la vida, a sus tropiezos, como para que  lograra comprender y explicarme a la vez la presencia voluntaria de Argentaria, todos los días que podía estar conmigo. El viento refrescaba sobre las calles, ya a esta hora iniciaban el movimiento productivo de la ciudad de PiedraBrisa. Argentaria madrugaba a las cinco de la mañana, limpiaba su casa, ponía todas las cosas en un orden asombroso, y después de bañarse: los cabellos rozaban sus hombros desnudos, timbres de luz se replegaban cuando por la ventanilla superior de la pared del baño se introducía la luz del sol, y la espalda curva, casi adolorida pero nítida, deslumbrada una bella palidez de leche, y por los ojos una sombra más o menos viva que se liberaba. El jabón cubría sus senos semi tensos, la corriente del agua cayendo de la regadera claudicaba en sus dedos. Sus manos sin quererlo intentaban recordar algunas de las caricias, su palma rozaba lentamente y sin prisa, pero hiriendo, la piel alterada por el agua fría, sus manos trataban de asir una nostalgia de hace más de quince anos que escondía en su sexo. El baño resolvía que las arrugas se hacía breves señales sobre la piel. Los ojos chocaban con la profundidad del agua, que resultaba ser una sólida punzada sobre sus nervios. Conciente de que necesitaba un trago de café hirviendo y un trozo de tamal de maíz, se vistió rápido. Luego, como obligaba, aunque no completamente, salía de su casa y visitaba la casa de Marcelo.

Quizá se murió de risa o de rabia, supongo que por alguna de las dos causas debe haber fallecido, pero también he llegado a la conclusión, de que no  podría haber sido por causa de las dos o por ninguna de ellas.

            Su ausencia dejó vivo un silencio. Yo caminaba sin constancia desde ese día que me enteré de la noticia. Sin lograr entender lo que sucedía. Las paredes me parecen más anchas y los retratos están como una carta sin destino. La soledad ya existía antes de que se fuera, pero, cómo saber si no se llevó mi soledad con ella, y me dejó sin nada para ocupar este silencio.

Pero yo sé que nadie se daba cuenta de la necesidad que tenía de morirse. Como si estuviera ya conforme con todo lo que había vivido estos años. Verificando de alguna manera aquellas circunstancias que atravesaba como situaciones tentadoras, que había evitado, que había evadido, pero que llegó el momento inevitablemente. La ausencia de su sudor duplicó en mi cama el hastío de mi cuerpo. El olor original de su cuerpo se había secado cuando sacaron las sabanas para asolearlas. Y  me provocaba regalar todo lo que me había dado, y mientras iban pensando en esto recorría por las paredes de la casa, aquellos cuadros, un florero, y también el odio que estaba por todo mi cuerpo. Todas las cosas materiales podría regalárselos a cualquiera que se atreviera a pedírmelas, pero el odio… el amor, el odio y el amor eran míos antes, también como la soledad, antes de que Argentaria apareciera, y lo que me brindó fue el choque necesario para darme cuenta todo lo que existía dentro de mí, ¿qué podía hacer con lo que sentía?  ¿Compartirlo? No, no me serviría de mucho, el odio es amor inconfundiblemente necesario, si lo comparto con alguien más, la amaré inevitablemente, es preferible que mejor no lo haga, que no diga una sola palabra de todo lo que siento.

Antes de limpiarme la cara, ella ya había llegado, como un ave veloz que se interna en silencio a un nido antiguo y conocido. Me confortaba su presencia diaria, no puedo negarlo, la compañía hasta un punto casi incondicional y la actitud de servicio que me brindaba, parecía que fuésemos algo en realidad, no sé, familiares aunque sea en parte. Me gustaba provocar el desorden en la habitación para que Argentaria pensara que alguien como yo necesitaba de una persona a mi lado, para que en cierta forma ella se sintiera indispensable para que yo lograra sobrevivir a las trivialidades más insignificantes de la rutina. De las pocas veces que hablamos, siempre me hizo entender de manera clara, de que para ella los hombres debían, y estaban obligados a tener a una mujer a su lado para mantener en ingravidez los espacios poco motivantes donde los hombres casi nunca se preocupaban.

Eran las seis de la mañana, Argentaria tocaba la puerta un poco ansiosa,  sin demostrarlo en su rostro, guardándose esa emoción, lentamente entró después de que le abrí la puerta. Veía el desorden de la cocina y el pequeño espacio para la sala, y me miraba algo seria, un poco agria en la expresión de sus labios cuando sin quererlo me regaño tiernamente sobre el caos y que las soluciones sólo estaban en estos momentos en sus manos. Pero antes de eso me prepararía el desayuno, no acostumbraba hablar cuando cocinaba, siempre fue muy silenciosa en todo lo que hacía, lo comprobé varios días después de aquél primero cuando ella llegó a mi casa y comenzó a construir una realidad de la cual no puedo separarme tan fácilmente, aunque siga luchando para olvidarme de todo eso. Se hacía la trenza doble para evitarse complicaciones con el cabello, y cada una le caía sobre los hombros. Todas las acciones convencionales que realizaba diariamente comenzaron a convencerme, me agravaba cómo se había tomado la molestia de hacer el mundo demasiado elemental en el que me perdía todos los días en algo parecido a esas galaxias que encierran millones de seres dentro de ellas, pero aún así en ese congestionamiento cósmico, todo el desorden involuntario es bello, ya comencé con lo que no tengo que hacer, imaginar.

El silencio con el que Argentaria me acompañaba a la hora del desayuno las transformé en continuas reflexiones sobre qué temas podrían ser realmente indispensable en momentos como éstos. Una risa ingenua me dominaba, y no intenté ocultarla.  Bebí el café sin terminar de convencerme de el porqué Argentaria había actuado así conmigo durante tanto tiempo, pero ya en el reloj que se encontraba encima de la estufa eran las siete y cuarto, demasiado tarde para mí. Ya no tenía tiempo para pensar en todo aquello. Llegaría de nuevo tarde al trabajo. “Las excusas se han acabado” decía mi jefe, “aquí las babosadas se hacen como se debe o no sirven”, hasta el amor, pensaba instantáneamente después de escucharle estas palabras.  Tomé las llaves de la casa, que estaban en la gaveta de la mesita de caoba, también agarré los cigarrillos y encendiendo uno, dejé en la habitación el humo del primer jalón, como tratando de impedir que cualquier otro olor o aroma entrase durante mi ausencia, en realidad necesitaba borrar esas huellas de transparencia del cuerpo de Argentaria, para no tenerla presente demasiado seguido como para perder conciencia de que ya no cruzaría la puerta de mis ojos, sino es por causa de algún esporádico recuerdo de su vida.

 

 

“LAS POSGUERRAS”

[IV]

 

Sentada en la Sala de Emergencias del Hospital General San Juan de Dios, observando cómo la muerte sólo se insinúa apresurada al entrar a cada instante, reclamando en silencio dentro de los cuerpos, y ella dentro de su vientre sintiendo a su hija, sintiendo como si la tuviera todavía dentro de sí, aunque en realidad su hija estaba en la clínica de en frente atendida en consulta. Sus gruesas gafas, le permitían definir las sombras del mundo unas muletas a su lado, que apretaba con sus manos fuertemente, y una leve sequedad en la boca que le llenaba de acidez el paladar.  Y no estaba equivocaba al pensar que su hija era poco seria al hacer una consulta de emergencia por un simple dolor de cabeza, duda que asumía con la culpabilidad inconsciente que iba conociendo cuando la edad sobrepasa y domina.

Miraba a un hombre sentado a su lado, con una herida de arma blanca, y en silencio lo volvía a ver de reojo, sin lástima por su dolor, con una sinceridad cruda, añeja, atisbada en los ojos por los años de existencia. El hombre no se daba cuenta cómo le miraban, él tenía los ojos fijos en el piso, mientras el dolor se acumulaba en sus sienes, estaba completamente vestido de color verde, pero la herida sangrante le había teñido de algo posiblemente café. Y aquella puerta donde recibía consulta Claire seguía rígida, guardando una ansiedad que salía por las rendijas donde el viento se colaba hacia adentro.

Unas voces a lo lejos, desde donde dos enfermeras conversaban, llegaban hasta sus oídos. Seguir observando las blancas paredes, casi impúdicas, los atuendos de las enfermeras, celestes, helíadas quizá, o tontas heroínas de la muerte; el sello con el nombre del hospital para que todos conocieran la verdadera señal de la bestia. Y por las paredes rebotaba esa frasecita sinvergüenza de ‘usted va estar bien”, recorriendo intrépidamente los oídos de los enfermos. Y mientras más tiempo pasaba, las ingenuas conclusiones acerca de la enfermedad se hacían rotundos sentimientos de misterio, incertidumbre sobre la gravedad, y las irreversibles consecuencias que podía esconder. La última huella de sí misma seguía detrás de esa puerta de la clínica, como negándola agresivamente, rechazándola. Había pasado ya media hora, el reloj dejó de existir después de esas puertas del universo paralelo, realidad inhumana, no por las paredes, la soledad o el tiempo interminable, sino porque metros después de esa clínica se hallaba el hogar de los no vivos, donde la realidad no era esta que podía ver todavía con cierta dificultad, sino una donde la voluntad era una emoción negativa entre los cadáveres. Todo esto estaba detrás de aquella puerta, frente a la que las enfermeras conversaban para evitar que el sueño les obligara a esconderse en una habitación y pestañear aunque sea unos cinco minutos.

 

El frío me atravesaba los huesos, seguía a mi derecha, inocente y juvenil hasta el grado del asombro. Con la ayuda de las muletas se levantaba y trataba de adivinar que más allá de la puerta de la clínica algo mágico sanaba el malestar de su hija, Claire, que las manos tibias y rosadas de aquel médico lograban el alivio necesario en extremo para las jaquecas de su hija.

 

El tiempo entre sus ojos se hacia más largo, más extenso de lo que había transcurrido en realidad, que eran cuarenta y cinco minutos. Seguía sentada, sin preocuparse de la incipiente apariencia de todo lo que la rodeaba. La puerta de la pequeña clínica seguía sin abrirse, con el leve filo de luz que se escapaba de la parte inferior. De vez en cuando miraba hacia el fondo del largísimo pasillo de la sala, hasta donde la palidez de la luz era indescifrable por su vista cansada.

El hombre herido con arma blanca, seguía sentado a su izquierda, y las enfermeras lo miraban sólo para pasar de largo, no porque no lo quisieran atender, simplemente no se miraba tan enfermo como las demás personas que iban entrando, tal vez por esa inmovilidad casi militar no llegaba a causar la mayor atención.

Con las yemas de sus dedos examinaba cada esfera plástica que formaba su rosario, contando cada una de sus partes. Y con la otra mano sostenía la muleta, sin mucha presión, acomodándose lo mejor posible a la silla algo gastada del pasillo. Y la espera ya se acercaba a los sesenta minutos cuando Claire salió, regocijada por la milagrosa curación y con el “Así sea” que el médico decía con sus ojos, el hospital terminó de ser por hoy una falsa confirmación de la muerte cuando finalmente lograron abandonarlo sin ser asaltadas.

Estábamos calladas en la habitación, yo hacía mi oración de la mañana, en cambio, mi hija, en silencio y con enorme atención escuchaba las canciones evangélicas de la radio. Se miraba el rostro en un espejo manchado, entumecido, y con minuciosidad se peinaba cada cana, cada arruga, buscaba en su rostro todas las evidencias que la ayudaran a ocultar todos los sentimientos que tenía muy cercanos a la piel.

Para nosotras el día comenzaba al entrar la claridad por los vidrios de la ventana. La virgencita sobre el espejo, nos protegía de los males de cada día, mi hija no creía en ella, era una evangélica, yo seguía siendo católica, católica por mi madre y por mi padre, católica era yo, hasta que Dios lo diga.

Y ahora que ya no miro con nitidez, estos gruesos lentes me ayudaban a ver el mundo de una forma más exacta. Pero toda la experiencia que tengo de las cosas, de los objetos que me rodean, ahora era el único recurso que tenía para movilizarme por el mundo si en algún momento me quedaba completamente ciega. Estoy segura que no perdería de mucho.

En la habitación sólo había una cama en la que dormíamos las dos, algunas noches mi hija se mostraba molesta, indignada por algún problema que nos aquejara, especialmente el pensionista, quien sin falta alguna nos venía a cobrar el alquiler, cada primer día de Mes, incluso si era domingo, venía a pedir el dinero. Él tiene la piel clara, sonrosada por momentos, y como un umbral de oscuridad sus ojos, señales del poco tiempo que dormía diariamente. Era calvo, se le entreveían las canas silvestres que no domaba el tinte que usaba para esconderlas. Sus labios eran gruesos y difusos en las comisuras, con una nariz achatada y pequeña, la promisoria barba que no se dejaba crecer.

Aquel hombre vivía en la habitación de la entrada, y desde ahí podía vigilar quiénes entraban y salían. Y aunque las demás personas que alquilaban en los otros cuartos creían que él dormía, sucedía todo lo contrario, siempre se mantenía con un ojo abierto y el otro cerrado, y parecía tener una oreja pegada a la pared, porque al menor ruido se ponía de pie y abriendo la puerta, con un leve movimiento, dejando el pequeño filo para alcanzar a ver lo que pasaba afuera, vigilaba sin decir ninguna palabra. Así fue como descubrió al de la habitación 9, un señor viudo que acostumbraba llevar putas a su cuarto, durante la medianoche, cuando supuestamente nadie podría darse cuenta. La primera vez que le descubrieron inventó que era una sobrina, la segunda de que era su ahijada, y la tercera de que la mujer era un hija que él no sabía que existía y que ahora le buscaba, por esa imperiosa necesidad de encontrar al responsable de su origen. El pensionista no le creyó en ninguna ocasión, pero las primeras dos veces se las dejó pasar por lástima, pero la tercera ya sintió que lo consideraba un idiota como para tragarse esa mentira. El señor del 9 le ofreció pagarle para que su “hija perdida” le ayudara a descargar todas sus tensiones, pero que no hiciera el reporte de lo que sucedía, y que de ahora en adelante si llevaba a alguien, conseguiría a otra para él. El pensionista se sintió tentado por la oferta, pero la rechazó al creer que el viejo era demasiado astuto como para hacerlo sólo para salvarse el pellejo. El pensionista no tuvo necesidad de hacer ningún comentario sobre lo que había pasado con el señor del 9, bastó con que los niños del 4 lo vieran con sus propios ojos cuando esto sucedía para contárselo a sus papás, y que la señora madre del 4 se lo contara a todo el mundo.  Al señor del 9 le quedaron dos semanas para encontrar otro lugar a donde mudarse. Después de esos quince días de rumores, y la deformación completa de aquella historia, el señor del 9 dejó de aparecerse. Los del 7, que tienen un puesto en el mercado del  centro, aseguran haberlo visto en el asilo de occidente, y lo aseguran con todas sus ganas porque lo llevaron al mercado donde ellos venden, y el señor del 9 iba uniformado con la ropa de ése asilo, iba con otros viejos, y todos iban al cuidado de dos encargados que portaban gafetes del asilo. Esa fue la última noticia que conocimos de él. Todos nos enteramos de que el señor del 9 no se llevó ninguna de sus cosas cuando se fue, porque dos días después de que desapareció el pensionista se encargó de sacar todo lo que tenía y las vendió para cobrarse el dinero del alquiler que aún le debía.

 

 

“Los ritos de la vida”

[V]


            -¿Por qué nos conocimos?

            -Tú lo sabes muy bien, por mala suerte, simplemente por eso —me respondió, tratando de que mi vida se hundiera más y más, después de que vio en mis ojos esa ebria intensidad por encontrar en sus labios las palabras para hablarle de lo que sentía por ella.

-¿Mala suerte?

-Claro, mala suerte, infortunio, desgracia, como prefirás decirle. Y no es para que me lo tomés a mal, pero esa es la verdad —desvió la mirada sobre la calle y el ruido de las bocinas de los autos mientras el embotellamiento se hacía más insoportable.

Yo seguía esperando a que ella diera el primer paso para cruzar la calle, pero ella permanecía inmóvil, congelada bajo el cielo incandescente de este día de verano. No parecía darse cuenta de que hacía ya mucho tiempo los autos no se movían ni un centímetro, y que no necesitábamos de la vía del semáforo para atravesar la calle. Me dio la impresión de que caminaba sola, y que yo en este preciso momento no era algo parecido a una compañía para ella, y así su ausencia se transformaba en una estación caída alrededor de mi cuerpo hasta que ella volviera a verme a los ojos, para renunciar de alguna forma a ese rechazo silencioso que me demostraba.

La tomé de la mano y la arrastré para cruzar la calle, ella por inercia se dejó llevar. Su mano estaba fría y húmeda, sus dedos delicados parecían quebrarse cuando los rodeaba con mi mano. Y mientras ella caminaba detrás de mí, sentí que los pasos se hacían interminables y era mejor dejarla seguir sola, tal vez para saber si realmente venía conmigo, o realmente yo iba solo, y ella también. Pero apreté más su mano, me aferré a ese gélido contacto con su piel, y me contagié con su temperatura de nieve para no perder el equilibrio de mis sentidos y vi de reojo la enorme fila de autos esperando para avanzar, como la cola de un dragón disecado y laqueado con el chispazo amarillo del sol.

Para cruzar la calle necesitamos caminar en zigzag, esquivando la desordenada formación de los autos. Ella seguía detrás de mí con lentitud, con una falsa tranquilidad de indiferencia que me provocaba un profundo silencio. Así fue como mi sangre se iba volviendo más lívida, invadida por el roce con la piel de su mano.

Después de la calle no existíamos, nos perdimos en una leve imagen abandonada del otro lado, tiempo antes, pocos segundos nos separaban de aquél momento donde nadie nos detenía y tampoco nos sentíamos vulnerables a cualquier sorpresa. Fue desde ahí, cuando aceptamos que no volveríamos a la ciudad, cuando reconocimos con un poco de humildad, la que aún nos quedaba en el corazón, de que ninguno de los dos había sido tan pésimo como para mandar a la mierda todo este tiempo que llevábamos juntos. Fue dulce dejar que los pensamientos volvieran involuntariamente por esos rastros de la vida, donde no teníamos otra identificación en nuestros rostros más que esas manchas claras que la vida nos puso en las pupilas para reconocernos en el camino. Así comimos nuestros espacios, a pura intuición de reojo, configuración de perspectiva y dimensionalidad correspondiente cuando el viento separa y aleja los objetos más sólidos.  Yo no sabía lo que significaba esa palabra, “PiedraBrisa”, ¿qué es? ¿Una forma de mineral nuevo? ¿Un bar de mala muerte donde los marineros compiten por recuperar la noción de que el océano también necesita indispensablemente coexistir con la tierra? ¿Quién demonios le pone así a una ciudad? El responsable debe ser un poeta, conclusión indudable después de la categorización superficial de la trascendencia. ¿Pero para qué podría quedarme aquí? ¿No hay nada? Los demás no se van porque no tienen otra opción, pero se irían igual, no hay que ser clarividente para darse cuenta de que nadie soporta estar acá. Sólo si te querés seguir muriendo de lo mismo, te quedas, pero no, hay que probar otro lugar. PiedraBrisa no me parece muy estupenda, por lo menos lo que me han contado de ella, no es algo muy fuera de lo común, pero mejores cigarros tenía mi abuelo, y eso que no era un tabacalero industrial, sino un sencillo labrador de las laderas de las montañas.

Siento que comienza a palpitar su mano, me golpea con el calor que nace ya, pero viene ese pendejo del otro lado de la calle, que no nos mire, a ese hijoeputa no le quiero ver ni a dos metros de distancia. Otra vez la misma tontería, por esas gusanerías de charco siempre nos embarró en sus trances y sólo él sacaba ganancias del negocio. Si tuviera un arma le quebraría el culo por hipócrita. No es que tenga algo contra la hipocresía, no me importa, lo que me pone para vergazos, son esos chulitos de miércoles que se te acercan y te chingan después, y después los muy mamones te cagan la vida con sus intervenciones. Por asuntos personales, por eso quiero echar un par de aquellos, para ése, si se te acerca le pateo los huevos y lo recojo a puros puntazos. Es que no puedo olvidar, vos me conocés, si para vos eso es tan fácil como tirarte un pedo, para mi se trata de elementalidad de existencia, para mí no es algo tan prosaico como lo es para vos. Sí, otra vez, que le haga huevos, pero sólo saludado, nada de detenerte, porque si nos detenemos, me lo bajo de un frentazo. No, nada de pararse y conversar con esa basura, si tanta es tu calentura mejor regrésate a su casa y ya no chingues.  Eso si me gustó, sí, eso, que no le devolvieras el saludo, eso es algo que admiro, porque ahora me doy cuenta de que todavía tenés sentido de lo que es poseer dignidad. No todas lo tienen, y no necesitamos ser cristianos para tenerla, porque siempre se tergiversa todo. Pero vos no sos tan ingenua, por eso me encanta seguir este viaje con vos, si nos vamos a esta ciudad, a PiedraBrisa, con vos será algo distinto, porque por lo menos sos lo bastante inteligente como para quedarte en tu casa si mi oferta de viaje no hubiera sido lo suficientemente desafiadora.

Entre los pétalos de la sangre, líquido transparente levantado en las ojeras de la claridad, escucho esa distancia que no se detiene frente a mis ojos, ritmo efervescente e interminable, me toca el cuerpo las respiraciones del horizonte, planos de profundidad hundidos en las inestabilidades del camino.

Si, lo que menos me esperaba era que no le hablaras. A vos siempre se te ocurre hacer todo lo contrario de lo pienso que vas a hacer. Si, muy de novela, tal vez escriba algo sobre eso, o mejor no, después de todo, ¡qué importa!  Y si él se hubiera detenido frente a vos, no me digás que no le hablabas, porque eso si que no me lo creo, vos podés comerte las ganas de lejos, pero de cerca, mi güevo si lo hubieras hecho. No sos tan fuerte, pero no es para que me saques la madre con la mirada, tranquilízate porque todavía falta para que estemos en la estación de PiedraBrisa. No estoy acostumbrado a viajar de noche, sólo a una mujer se le ocurre viajar de noche, sabiendo claramente que la noche se hizo para otras cosas menos para viajar. Te falta experiencia, pero tampoco es para que pensés mal del comentario, te lo digo en buen plan. ¿Y de qué otro modo te lo digo? El hecho de que no seas tonta no quiere decir que los sepás todo, o vos te crees que yo me siento en el sanitario pensando que es mi trono de erudición…

Sí que hace calor por estos lados, no te habías tomado la molestia de decírmelo, ¿porqué? Podría haberme puesto algo menos pesado para el clima, tal vez una pantaloneta, y una camiseta, pero siempre estás con sorpresitas como éstas, ¿no es así? Porque no le decís a la señora que va adelante que le tape la boca a su hijo. Ya tiene más de una hora de chillar. Si, ya se que se mira de pocos recursos, pero qué querés de mí, no tengo ni para comprarte una toalla femenina si tuvieras una emergencia, todo lo que me quedaba te lo di para el viaje. Lo que guardás vos en tu brasier todavía nos sirve para pasar dos días, aunque sea con pura agua mientras encontramos dónde quedarnos. Que le ponga en la boca aunque sea una de las mazorcas que carga en ese su maletín, ¿no has notado que le sobran? Porque no le zampa una para que deje de chillar. Ya me tiene con los nervios de punta, o por lo menos que le dé chiche, o qué tan difícil es darle de mamar a un recién nacido, si para eso es lo único que sirven cuando están de esa edad. O tiene miedo de que la miren, ¡por favor! ¡Una madre con remordimientos de pudor en esta época!

 

Fragmento de la novela Piedrabrisa

Autor: Utrillo (Mauricio Estanislao López Castellanos)

Si deseas leerla completa, puedes visitar este enlace http://es.calameo.com/read/000093801665b6846d2d3

 

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