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Javier Payeras

Guatemala es un país muy pequeño que subsiste en la memoria del mundo entre una brumosa exaltación del turismo y de la brutalidad. Estos ensayos breves, que no ocuparán mucho tiempo de lectura, no buscan más que hacer un brevísimo repaso por tres momentos que definieron lo que se determinó su literatura a inicios del siglo veinte. Es un privilegio compartir con ustedes estas anotaciones realizadas desde los confines de mi región invisible.

MODERNISMO A ESCALA

Aunque moderna ha sido cualquier cultura, en cualquier período de la historia, la Europa del siglo XX patentó el adjetivo para sí, asumiéndose como el centro del conocimiento y el arte. De esa forma que el ser “Moderno” significara desde entonces pensar como europeo.

El modernismo hispanoamericano ha seguido hasta el agotamiento esta escuela y tiene un itinerario exacto de profetas y mesías que han dejado sus trágicos destinos anudados a una obra caprichosa, abusiva en el uso del diccionario y a la militancia ultra terrena al renglón del “arte por el arte”. No se puede pensar en la literatura modernista hispanoamericana sin obviar a los autores que robaron el fuego de Prometeo a la vieja Europa, para venir a encenderlo en los pequeños círculos de intelectuales criollos que entonces se debatían entre los problemas limítrofes de las colonias empobrecidas por su afán de ser independientes sin dejar el paisajismo sensiblero y costumbrista de colonia española.

En el caso de Guatemala comienza en el año 1877 con la visita del escritor cubano José Martí. El joven poeta viene de México y de inmediato prende el switch de los intelectuales emergentes en el país. Publica periódicamente, viaja al campo y reflexiona sobre asuntos políticos que habrán de convertirse en el punto medular de su obra. Sus ideas bastante críticas acerca de España y la jerarquía cultural que ésta aún ejerce sobre sus recientemente independizadas comarcas, empuja a varios de sus admiradores a buscar nuevos referentes literarios en Francia, Alemania y los Estados Unidos.

Uno de los poetas cercanos a Martí es Domingo Estrada (1855). Estrada abre las puertas a la influencia de la literatura simbolista y romántica en la poesía guatemalteca. Su trabajo como diplomático en países europeos le permite tener un acceso privilegiado a la literatura del viejo continente. Se dedica como pocos al ejercicio de la traducción de escritores como Victor Hugo, Musset, Copée y al recientemente descubierto Edgar Allan Poe, del que traduce, The Bells, en una versión sincronizada y maravillosa. Por lo demás, la obra poética de Domingo Estrada es una búsqueda bastante honesta de la imitación. Una imitación mesurada y expuesta al respeto por los orígenes de su propia obra:

Ola soy, que rodando tristemente,

pasa…y se pierde en el oscuro mar;

tú la onda en cuya linfa transparente

flores y estrellas a mirarse van.

 (Tu y Yo. Poesías —Edición póstuma— 1902)

José Martí abandona Guatemala en 1878 luego de una serie de disentimientos con el gobierno liberal de Justo Rufino Barrios y los cambios realizados por éste en la Escuela Normal, donde impartió los cursos de Literatura y Filosofía. Su presencia deja un importante ensayo: Guatemala. Texto germinal para el inicio del “Modernismo” en el continente.

Pasarían veinte años para que una generación tomara el relevo que la escuela martíana dejó en el país. Para entonces llegamos a la década del 90, de la cual se rescatan dos nombres importantes: María Cruz (1876) y Máximo Soto Hall (1871).

María Cruz, su conocimiento de los idiomas y su educación europea se deben a la vida itinerante que lleva junto a su padre, el diplomático y poeta Francisco Cruz. Apoyada por Domingo Estrada, amigo muy cercano de la familia, se da a la tarea de traducir poemas de Baudelaire y Mallarmé. La Obra de Cruz es una extraño acercamiento al paisaje introspectivo y la invención del verso como registro táctil de su propio dolor y soledad. Su poema más citado es La crucifixión, la semblanza de una transfiguración entre el cuerpo de Cristo y el de una mujer que, clavada en el mismo madero, agoniza día con día en el “Gólgota” del tedio:

hasta del mismo Dios abandonado

y hasta sin fe para esperar remedio,

agoniza mi espíritu enclavado

sobre la cruz del tedio.

(Crucifixión. María Cruz a través de su poesía. Edición anotada 1961)

Aunque su obra no es abundante en páginas, contiene un esteticismo poco recurrente en la poesía centroamericana. Palabras que elaboran imágenes de objetos enlazados con las sombras y los reflejos de una iconografía femenina: perfume, guantes, espejos, pañuelos…

Solitaria vagabunda, sempiterna peregrina,

alma errante de la noche del recuerdo y de la ruina,

del ensueño deleznable tejedora contumaz,

bebedora del infinito, maga lívida y silente

(Selénica “fragmento”. María Cruz a través de su poesía. Edición anotada 1961)

La poesía de María Cruz fue recogida tiempo después de su muerte, acaecida en  París en 1915. Su obra incluye un libro epistolar llamado Cartas desde la India, registro literario del viaje que hiciera junto a su padre al exótico Medio Oriente, delirio recurrente en los paisajes modernistas.

Máximo Soto Hall, en cambio, deja una obra poética menos sofisticada e inclina su trabajo hacia el ensayo y la novela. Soto Hall abre camino al planteamiento crítico del expansionismo estadounidense en Latinoamérica, alcanzando cierto renombre internacional como escritor y asesor político. Tal posición valió para influir en el dictador Manuel Estrada Cabrera, haciendo que su gobierno se convirtiera en anfitrión de intelectuales punta de la entonces emergente literatura modernista. El precio por tales mecenazgos del habitualmente malhumorado presidente, serían las controversiales ofrendas líricas al gobernante que salvaron de la ruina económica a eminentes literatos como el peruano José Santos Chocano y al nicaragüense Rubén Darío.

Durante el año que abre la década del noventa inicia lo que el periodista David Vela nombraría como La Era Darío. Rubén Darío  en 1895 se traslada de El Salvador por una invitación que le hiciera el presidente Lisandro Barillas, quien  le brinda apoyo para abrir El correo de la tarde, un periódico oficial hecho a la medida del poeta y del gobernante. Darío encuentra en Guatemala una camarilla de escritores jóvenes con ambiciones de transformar una muy empolvada tradición literaria, ligada fuertemente al Siglo XVIII español, en una estética más “cosmopolita” afiliada a la literatura francesa de mediados del XIX. Así involucra entre su equipo a redactores muy cercanos a sus propios parámetros, como es el caso de José Tible y Enrique Gómez Carrillo.  El diario, que no duró más de un año por carecer de los medios económicos para seguir adelante, fue una experiencia que inyectaría sangre nueva en la provinciana rutina cultural de la época. Es durante esos años que se imprime en Guatemala una segunda edición revisada de Azul…, publicado por primera vez en Chile en 1888,  catecismo y faro de la epidemia modernólatra en Hispanoamérica.

A finales del decenio, la ciudad de Guatemala se había convertido en una postal parisina. El presidente José María Reina Barrios decidió darle un toque francés, haciendo una suerte de escenografía urbanística llena de simulaciones y redondeles que afligían a la vieja estructura rectilínea y centralizada en una catedral y un palacio de gobierno. Reina Barrios es asesinado en 1898 y con ello inicia el período gubernamental (que duró 22 años) del ya mencionado Manuel Estrada Cabrera. Estrada, grotesco mecenas del modernismo guatemalense. El Siglo XX arranca con un período de extraño florecimiento en las artes debido a la presencia de otros artistas e intelectuales en Guatemala —cosa que en nada parecía reflejar la situación de despotismo e ignorancia en la que se encontraba sumergido el país durante la dictadura—, José Santos Chocano, Porfirio Barba Jacob, Jaime Sabartés y Rubén Darío se vinculan con los artistas locales e impulsan la avanzada de noveles creadores interesados en abrirse paso en esta renovación del lenguaje. El escritor más prolífico de la literatura guatemalteca, Rafael Arévalo Martínez (1884), se encuentra entre ellos.

Rafael Arévalo Martínez publica entre el año 1911 y 1914 dos libros de poemas cargados de la atmósfera romántica “decadente” —como se determinan ellos mismos—: Maya (1911) y Los Atormentados (1914). Es de este último, del que extraigo el siguiente poema

¡los versos de una triste poesía!

Dejad la prosa para el hombre sano,

capaz de las vastas concepciones.

Nosotros, decadentes,

llevamos inclinadas nuestras frentes

para escuchar a nuestros corazones.

 (Decadentismo. Los atormentados 1914)

En 1916 muere Rubén Darío en Nicaragua, y con él acaba La Era Darío. Los grupos literarios se han diversificado, han surgido revistas como Juan Chapín, dirigida por Arévalo Martínez, donde colaboran nuevos narradores y ensayistas, y así comienza una nueva etapa para los militantes del modernismo: el planteamiento discursivo anti-imperialista, lo que germinaría décadas después al criollismo y a todos los modelos de literatura coloquial, política e indigenista. Un grupo asentado en la Ciudad de Quetzaltenango toma la estafeta con poetas y ensayistas que transformarán la iconografía exótica del movimiento en un cóctel de pompa, esoterismo y politización de la visión dariana. Entre sus poetas más importantes encontramos a Osmundo Arriola (1891), Alberto Velásquez (1891) y Carlos Wyld Ospina (1891). Es importante resaltar a Velázquez y a Wyld Ospina por tratarse de escritores que han sido poco atendidos por la crítica y que dejaron una obra singular, antecedentes directos de la generación de 1920, entre los que se encuentra Miguel Ángel Asturias.

Tiendo ante ti el enigma de mi mano

para que leas la expresión concisa

de un alma errante que lleva prisa

cuando te halló en las eses del camino

equilibrada en tu temblor divino,

triste de ciencia antigua la sonrisa.

(Elogio de una mujer determinada. Alberto Velásquez.  Canto a la flor de pascua y siete poemas nemororsos 1916)

*

Puedo imaginar una línea que se traza desde 1877 hasta el año 1916, en la que se conectan dos siglos por medio de la literatura. Una línea que parte de un momento político e histórico indeterminado, en un país extraño y dado a los desvaríos espiritualistas de sus gobernantes. O puedo, incluso, extenderme hasta la actualidad y encontrar muchos de los referentes que identifican a los modernos de entonces con los modernos de ahora: el sentimiento de verse asfixiados por una época y por un país muy lejano y olvidado por el resto del mundo. El pensamiento moderno entre los intelectuales guatemaltecos no ha variado, aunque ha cambiado sus matices. Digamos que se ha continuado a través de la masticada búsqueda del cosmopolitismo y de una tergiversada idea de lo “universal”. Aunque mucha de la literatura reciente lo niegue, es una continuación directa ya sin variantes de ese modernismo a escala, a través de una línea de continuación que sigue situando la idea del “arte por el arte” en una suerte de belle epoque, esperando que esta pequeña provincia se encienda con el fuego inextinguible de la civilización occidental, siempre recién llegada, siempre canonizada y conservada en la fotografía sepia. Ese anhelo comprensible de querer respirar el mundo de hoy sin pasado y pleno de un mal disimulado desprecio por lo popular y, claro, por ese otra mitad de lo que somos: indígenas.

ENRIQUE GÓMEZ CARRILLO:  EL RETRATO DEL ARTISTA ADOLESCENTE (LAS ESTRATEGIAS DE LA SEDUCCIÓN)

El relato “El despertar del Alma” es un objeto extraño dentro de ese diván llamado Literatura Nacional. Se establece afuera de los temas canónicos que perfilan la mayoría de las abluciones edípicas donde el apego a un territorio —entiéndase histórico o ideológico— hace añorar el regreso y la reinvención de una patria. 

Con esta obra Enrique Gómez Carrillo inicia las tres novelas autobiográficas que tituló “Treinta Años de mi Vida”, donde reconstruye las primeras  experiencias de su formación como escritor, siempre relacionadas con ese sueño de  escape  del pequeño y provinciano entorno donde se desenvuelve su niñez.

Cada capítulo indica un esquema de relaciones que gradualmente lo conducen a un   despertar, entendiendo este verbo como una toma de conciencia de sí mismo y de su espacio. El despertar de una claridad de afirmación.  

Con toda seguridad se trata de una cronología de las relaciones que forman al personaje “Enrique Gómez Carrillo” en la reducida sociedad de su pequeño país, tras la construcción de sus valores y la asimilación de ciertos rasgos culturales de ruptura y acercamiento con su origen. 

El esquema usado para re-construir sus primeras experiencias, es el que puede aplicarse a la crónica: ¿Quién?, ¿cómo? y ¿dónde?, fórmula que introduce en la descripción de su entorno, retornando a  los sitios de su infancia y las relaciones estratégicas con su familia y con todas aquellas personas claves en su desdoblamiento,  tanto en la negación como en la afirmación de su personaje.  

El entorno

Gómez Carrillo comienza el libro haciéndole una falsa confesión a su amigo, don Fernando Álvarez: “Yo, señor, nací en la Muy Noble y Muy Leal Santiago de los Caballeros de Guatemala”. Cualquier persona informada sobre este país, sabe que tal título no le corresponde a la  Ciudad de Guatemala, sino a la primera sede de la Capitanía General del Reino, la Antigua Guatemala. Un detalle que de inmediato provoca la suspicacia del lector, sobre la intención del cronista de darle a su ciudad de origen un aire enigmático.

Pasando de la anécdota primera, inicia el melancólico inventario descriptivo de la casona, el vecindario y la ciudad de entonces.  Re-visitando punto por punto la cartografía del entorno de su infancia y definiéndolo, en una rara mezcla de ironía y solemnidad, como un exótico jardín de cielos azules. 

Su aguda relación narrativa entre la observación y la introspección, lo lleva a vincular sus primeras aventuras junto a los demás niños del barrio —donde admite un talento prematuro por lo delincuencial— con su posición ante el estricto celo de su familia por conservar el buen nombre y la posición dentro de los círculos sociales citadinos.

La ciudad de Gómez Carrillo es la metrópoli pequeña y asentada en una muy marcada diferencia de clases, donde la condición criolla de su familia lo dejaba dentro una estructura basada en mantener las apariencias y la reivindicaciones de abolengo europeo, propios del castizo venido a menos.  

La familia

La neurosis familiar descrita en el Despertar del Alma, es una dicotomía entre el padre y la madre, personajes que caracterizan fuerzas y símbolos que Gómez Carrillo relaciona constantemente. La madre es la generadora de la coherencia y la seguridad. El padre es el idealismo y la ingenuidad.

Su vínculo con la madre parece ser más fuerte. La descripción que hace de ella sublima la posición de la mujer dentro de la familia: piedad, abnegación y paciencia. La madre es la constante del buen tino y la mojigatería. La imagen inmaculada y fuerte que ejerce su dominio de una manera muy sutil. 

Por otro lado tenemos las cuartillas que le dedica a su padre. El soñador erudito, el hidalgo pobre e ingenuo con una larga lista de antepasados ilustres. Es curioso el trato que da a este personaje. Los adjetivos no son tan “sagrados” como los usados para referirse a su progenitora, más bien, “mi pobre padre” es una constante para describirlo. El pálido y delirante escribano parece enfrascado en las relaciones fantasmales con la herencia española que es el continuo  blanco de su misantropía. 

La familia es vista por el escritor como una escisión cultural entre el origen español del padre y  belga de la madre, y esto le posibilita  dos percepciones distintas para desarrollar su trabajo artístico.

La España paterna impacienta no pocas veces al escritor. Para él, la Madre Patria, carece de glamour, pues no es más que un viejo paisaje pastoril que con un mal latín le dieron un idioma y una cultura a casi todo un continente. En cambio, la herencia franco hablante de la madre, posee un bagaje cultural que le atrae y alimenta sus fantasías, ya que descubre en ella la libertad y el esteticismo absolutos.

La educación sentimental

Siguiendo con la reconstrucción de escenarios de formación del artista, esta obra coincide con otras Bildungsroman en uno muy importante: La escuela.

La educación escolar casi siempre es descrita como un campo de entreno para el conformismo, El Despertar… no es una excepción. Gómez Carrillo lo describe como un lugar que supone un territorio hostil para su sensibilidad creadora. El espacio donde el artista es siempre el blanco seguro de la incomprensión del resto de compañeros y maestros.

Se define como un inadaptado. Abandona la escuela para comenzar el recorrido vital que lo lleva a emprender un viaje iniciático  junto al  a un amigo de adolescencia, el único mencionado hasta entonces, el hijo de un  zapatero, a quien  bautiza como Rinconete.

Me parece que de todos los pasajes de este libro, la fuga y la convivencia de los dos personajes por los caminos, buscando  una nueva vida en  San  Salvador, es de lo más memorable. La riqueza descriptiva en cada uno de los escenarios de su aventura hace que esta parte del texto sea la más poética. No solo por el detalle sino por la revelación del mundo exterior que se abre ante los ojos del joven artista. Una capacidad de asombro que logra traducir con maestría, además de un extraño soliloquio sobre la situación de los indígenas en ese espacio rural que le era completamente desconocido.

Pero si existe un tema reincidente en esta novela es la seducción. Gómez Carrillo deja visibles todas aquellas estrategias de seducción que descubre en esta etapa de su vida.

En la segunda parte del libro narra su experiencia como dependiente de un almacén, y la relación que surge con Edda, una especie de Madame Bovary con reflejos ibsenianos, que deja abierta la duda de si en realidad no se trata de un espejismo literario del autor. Una especie de sueño con Flaubert.

En este importante tramo de la educación sentimental, el ritual de la iniciación es casi siempre el punto central del relato. El salto hacia el lado simbólico del mundo adulto. La mujer madura lo aprisiona, mas su relación es ambigua y se triangula en contraposición a la imagen de la madre. Se trata de una mujer vampiro que irradia cierto campo magnético sobre él. Esta pasión establece el esquema de mujer europea al que responde con una especie de Síndrome de Estocolmo, el rehén que hace  relación con su captora, pero dando la piedra de toque para inicia la confección de su alter ego y el proceso de su desbarbarización.

La Escritura ( estrategias de seducción)

Me parece que el proceso que lleva a Gómez Carrillo a convertirse en escritor, no es el del debut del joven artista delirante y atormentado que vive, por y para, perseguir un ideal estético. La escritura es, en todo caso, la herramienta que necesita para seducir, es el espejo simbólico que aprovecha para desdoblarse y reinventarse.

La seducción es su ruta de escape. Pero el seductor es un animal celoso de todo aquello que en un momento pueda hacerle sombra o sea capaz de reducirlo y eliminarlo. Así el narciso que ha diseñado su propia imagen, reacciona instintivamente contra lo que osa competir contra el reflejo de ese espejo simbólico.

De esto que su despegue en la escritura lo  inicie haciendo reseñas de sus primeras lecturas y desactivando todos los símbolos y referentes intelectuales que de inmediato se ciernen sobre él como presencias incuestionables.

El primero de sus objetivos, Don Quijote de la Mancha, es defenestrado por no ser más que uno de los somníferos ejemplos que nos ha dado la literatura española. Inicial de un catálogo de aversiones, del que no se libran ni Boscán ni Góngora.

Pero la estrategia de seducción de un escritor casi siempre busca el lado vulnerable de la tradición. Lo atrae la ruptura, ese decir lo que no se ha dicho y desenmascarar las falsas mitologías que arrastran con ella a todos los falsos dioses. Una hiperconciencia de su posición ante las miradas que lo complementan, los ojos de la historia, los ojos de quienes vienen tras él.   En los últimos capítulos del “Despertar del Alma” se asegura el carácter mordaz y misántropo del cronista, sus armas las apunta al sujeto colonial por excelencia, el muy nacionalista, castizo y momiforme: José Milla y Vidaurre.

Para aquella época (y seguramente que también en la actualidad) perjudicar los ideales nacionales de identidad era penado. Sobre todo, si los valores que atacaba eran los soportes de la Guatemala sin mancha mongólica, o sea, la patria ideal asentada en una extensión del dominio peninsular.  Pero el joven Gómez Carrillo sabía que no hay nada como un escándalo, para catapultarse hacia la gloria literaria.

La polémica y su obsesión por singularizarse dentro del pobre medio intelectual de finales del Siglo XIX, llevan al joven escritor a trabajar en algunos periódicos. Tribuna donde logra hacerse de valiosos enemigos y peligrosos amigos, un trampolín ideal para dar su anhelado salto de la provincia hacia los centros. 

El joven seductor despierta a su destreza cuando descubre que puede convencer a cualquiera para que cumpla sus deseos. Seduce a la madre, al padre, al hijo del zapatero, a su madura amante europea, a su tío, al más grande poeta del modernismo y al mismo Presidente de la República. 

Las últimas imágenes que nos deja retratadas son las del Presidente Lisandro Barillas, dándole su beneplácito y otorgándole una beca para estudiar en Francia, y la del genial dipsómano Rubén Darío, que por entonces trabajaba con las prebendas del gobierno en un periódico llamado el Correo de la Tarde, aconsejándole que viaje a París y descubra por sus propios ojos la deslumbrante capital de la Modernidad.

Es claro que para alcanzar un espacio en el terreno ocupado de la literatura “universal”, para escapar del espacio asfixiante de un país arrinconado entre guacamayos y bananos, es necesario inventarse un linaje, abrirse paso hilando rumores, crecer ante los demás adscribiéndose como la opción exótica de un dandy de periferias. Creo que Gómez Carrillo se habría enamorado de Andy Warhol si hubiesen coincidido; le atraería mucho más el mundo de hoy, porque supo ser indiferente a su falsa profundidad, supo utilizarse y usar la literatura para gestionarse su propia imagen. Todo eso lo hace tan vigente y tan raro. Su obra no es la de un vástago de estas provincias, es la de un continuo extranjero. Y esta novela es el de la construcción de un personaje que con tanta mala leche criticó quien sería su continuador dentro de la tradición vanguardista del dandy creador vanguardista, Luis Cardoza y Aragón. Curiosamente todo lo escrito tarde o temprano cae en la misma liviandad, esas que aun evadiéndolas se perpetúan y se juntan en el tiempo.

LUIS CARDOZA Y ARAGÓN: ACTOR DE UNA AUSENCIA

Luis Cardoza llegó a mis manos cuando aún estudiaba la secundaria, La Pequeña Sinfonía del Nuevo Mundo fue un respiro para alguien que odiaba la literatura impuesta en el pensum escolar por las dictaduras militares de mi país. Más de una vez leí en voz alta partes del texto y dejé de hacerlo para evitarme dar explicaciones. Una especie de violencia corría entre sus páginas, eran imágenes veloces que no lograba alcanzar, alguna palabra no dicha entraba en mí, descubría que también la angustia tiene matices, que escribir es también angustia. Después de leer el libro fui a conseguirme una edición de La temporada en el infierno. Apollinaire, Huidobro, el Manifiesto Dadá. No sé cuántos siglos le debo a ese libro que ahora debí retomar para escribir estas cuantas cosas.

El tiempo siempre guarda palabras, los símbolos de otro lenguaje que se escribe sin palabras. El idioma es la piel de otro lenguaje. Dónde están los telescopios que nos permiten ver hacia adentro. “El poeta no pelea por su vida, huye de ella”. A veces usamos como símbolo el alzar la voz, renunciar a lo que vemos, dejar que suenen al oído las piedras que lanzamos a la muerte. Recuerdo una tarde en que pegábamos afiches para una lectura de poesía. Esa noche llegaron unos cuantos. Todo estaba dedicado a Cardoza, como siempre improvisamos, salió bien. Era como si aquellas palabras fueran a decirse una sola vez en el tiempo, sentía rabia, sentía desasosiego por aquello que me insistía recordar -no eran mis palabras- sin embargo eran tan mías. Así me pertenecieron muchas voces. Jamás me ha pertenecido nada, nunca me he sentido dueño de nada en absoluto, las palabras que me llenan tampoco son mías, Cardoza es lo más cercano a mí porque estando tan cerca no estamos en ningún lado. Quiero dejar constancia de estas notas hechas en mi cuaderno hace exactamente veintitrés años:

02-02-1997

Creo que existen dos tipos de escritores: los buenos y los mediocres. Los buenos son buenos, los malos son buenos y los mediocres son correctos.  Cardoza es exquisitamente incorrecto.

Artaud dejó una bomba en Luis.  La extravagancia siempre lleva un poco de santidad, ser divinamente incorrectos. Artaud llevaba prisa por revitalizar la palabra escrita, desdoblarla y llevarla al máximo. Los excesos de imágenes recurrente en los textos surrealistas alejan la fría prosa científica de los ensayos. Cardoza interviene la estructura de sus textos críticos, irrumpe con imágenes imprevistas, asumiendo el riesgo de empalagar al lector.  Las vanguardias del siglo veinte buscaron la palabra como un medio para alcanzar al lenguaje visual. El anarquismo de los artistas de aquella segunda década no es más que la doble incógnita  del mundo  industrializado “Un carro de carreras es más hermoso que la Victoria de Samotracia”  Marinnetti rompe con el angustioso antagonismo  romántico hombre-máquina  y surge una poesía  concreta.

Artaud dejó una bomba en Luis.  La extravagancia siempre lleva un poco de santidad, ser divinamente incorrectos. Artaud llevaba prisa por revitalizar la palabra escrita, desdoblarla y llevarla al máximo.

La huella del modernismo, es entonces en Cardoza, llevar al idioma hasta sus límites, sin justificar por medio de la forma todo el significado poético, la mayoría de sus textos también padecen de un agudo racionalismo. Sus primeros poemas son impresiones de un joven provinciano sumergido en el mundo convulso y desencantado de la primera posguerra, las ruinas y las cenizas, el cadáver del mundo que se levantaba hastiado del romanticismo y del pasado, el arte no para creer sino para crear, sin verdades.

15-01-2001

Vivir en Guatemala requiere de vigor y metafísica. Necesitamos la catarsis. Todos los días marchamos hacia ninguna parte, somos expertos en llorar las cenizas y ser fanfarrones de la tristeza. La ciudad es el epicentro de este desconcierto, en cien metros de terreno atravesamos el tercer y el primer mundo, de la choza al cibercafé. Los guatemaltecos vivimos la añoranza de la pérdida, de las fotografías sepia, del blanco y negro, vivimos de coronar monumentos falsos, de colocarle  ‘’ismos’’ a la tradición,  de falsificarnos. Es muy guatemalteco quedarse en suspenso y en silencio esperando la caída del otro, no tomar partida ni flanco, estar únicamente guardando el polvo que seguramente jamás va a levantarse. Sin embargo padecer una idea es lo mejor que puede sucedernos, tener esa venturosa convicción de encontrar caminos en el aire, de sentirse vigorizado por ese terror, sin los atavismos de buscarnos una identidad y asumir que la Coca Cola y las tortillas de maíz somos nosotros, de que también tuvimos armas y derrotas y esperanzas y derrotas y conquista y acaso una vez el vértigo de la victoria, eso es lo único capaz de llevarnos a la poesía. Cuando se es guatemalteco, se asume el sino trágico de ser un mundo entero. Es increíble que cien  años del nacimiento de un poeta únicamente signifiquen discursos moralizantes, monumentos cursis, homenajes en escuelas despintadas y fotografías de nuestros poco esclarecidos políticos y empresarios junto a los intelectuales correctos y políticamente necesarios, qué triste que todo se termine gastando, que sean las remotas palabras de los ministros y los funcionarios las que resuman pobremente la vida de un hombre. No tenemos talento para comprender a nuestros portentos.

26-04-2000

No me siento en paz. A veces mis ideas no son muy claras, sobre todo, cuando en el cuaderno se me cruzan las palabras y termino escribiendo sobre otros asuntos. Disfruto divagando. Es interesante cómo buscamos un mundo perfecto, una imagen pura de las cosas, de los nombres. Memorizar tantos nombres, tantos libros, tantas citas, todo ello por la idiota necesidad de tener algo que decir, tristemente nada de lo que decimos es original. Si dejáramos de tener miedo, tal vez podríamos decir algo interesante, algo que no haga referencia a nada ni a nadie, si nos olvidáramos de los neologismos, si corriéramos a mil revoluciones por segundo, algo regresaría a nosotros: nuestro espíritu. La eternidad sólo tiene un cuerpo: el que sobrevive a la inmovilidad. Hay algo inmóvil en las palabras. Por qué no prescindir de los atavismos, ciertos rigores nos hacen vulnerables a la mediocridad. ¿Y si Cardoza realmente no dijera nada, si únicamente estuviera en el juego sucio de actuar su ausencia?  Pero somos tan dependientes de los nombres, de las personas. Creo que la palabra simboliza y juzga, quedan cosas y versos, lo único que podemos exprimirle a la vida.

De sus cosas quedan libros numerados y clasificados por la Biblioteca Cesar Brañas, uno de los pocos sitios que soporto de la ciudad. Algunos se guardan como fetiches, como evidencias de un exilio sagrado. Pero la gran mayoría se mantienen en circulación, a la mano. Es tan pedante tratar de hacerle justicia a un autor, juzgar, buscar discernir y sacar conclusiones que ni él mismo pudo imaginarse. Se me vienen a la memoria tantas y tantas cosas dichas en libros y conferencias. Durante los últimos cien años se ha hecho más crítica que obra, se han hecho más manifiestos que descubrimientos, hemos dicho tanto y hemos callado aún más. Parece que todo se reduce a la necesidad de no sucumbir, de no aceptar que realmente no somos mejores, que las editoriales y los medios sólo han encontrado la forma de reciclar la basura de nosotros mismos y que los artistas únicamente tienen la tarea denigrante de entretener y ayudar a la evasión del dolor. Para darle otro giro a las cosas buscamos darles términos adecuados a las cosas inacabadas, posmodernidad por ejemplo y deducimos que está acabando o que aún no comienza. Creo que existen grandes líneas enterradas en páginas de diarios universitarios, en hojas arrancadas de antologías mal hechas, en libros publicados una sola vez para nunca jamás, textos que se negaron a subrayar los que legislan la cultura. El resultado ha sido el silencio: muchos libros, pocas cosas dichas.

13-10-1997

‘’Ser guatemalteco es enviar al infierno el libro de Job y evocar Saint-Just sin olvidar a las bañistas de Mack Sennet’’. 

Qué resultado da la memoria, si todo se nos escapa de los ojos. Las imágenes que acostumbro subrayar en los libros de Cardoza son sus instantes de presagio, cuando intenta encarrilarse en la intuición. Pessoa bien decía que escribir es habituarse a fingir. El escritor jamás escribe muchos libros, el escritor escribe realmente uno y lo repite muchas veces.  Me agradan las voces con temperamento, el recato y la duda en un autor, fastidia. Ezra Pound: ‘’What thou lovest well remains, the rest is dross’’.

18-01-2000

Si un mal tipo escribe tan  bien, está imposibilitado de verle fin a sus palabras. Por aquí pasa un río, no entiendo por qué  debo estar en deuda con Malevich, un cuadro blanco en un fondo blanco no significa nada dentro de nada, me siento más a gusto orinando las estatuas de la avenida Reforma o viendo libros en la vitrina de la librería… Qué maravilla estar borracho en la playa leyendo a Cardoza, sin preocuparme porque es tarde, recoger piedritas para mi hijo en el lago de Atitlán y quedarme escuchando reggae para ignorar las incógnitas que me hacen dudar y desistir. Si Cardoza peregrinara hasta este tiempo seguramente no sería de los nuestros, seguramente me criticaría por flexible o probablemente estaría en París tratando de inspirarse con las novedades literarias. No conozco París, soy un escritor local, soy un fracaso.

Qué maravilla estar borracho en la playa leyendo a Cardoza, sin preocuparme porque es tarde, recoger piedritas para mi hijo en el lago de Atitlán y quedarme escuchando reggae para ignorar las incógnitas que me hacen dudar y desistir.

19-11-1999

Me cuestan leer sus ensayos (los de C.) son tan literarios, escribe literatura sobre libros, son poemas extensos, demasiado líricos, mucha imagen, demasiado saturados de información. Por qué siempre tengo que terminar escribiendo malos poemas después de leerlo. Luego me enferma tenerlos que tirar y volver a leer sus ensayos para comprender qué era lo que me decían. ¿Por qué nadie habla bien de Cardoza?

22-03-1998

Seguimos dando giros sin despegar de nuestra esperanza. Cómo escribir poesía en el mundo hoy. Cuánto de ruego llevan nuestras palabras. Somos la antropofagia, qué nos cuesta ser la mala consciencia, ver de distinta forma la fragmentación, de ser nada y símbolo, la paz añadida y la impotencia. No tenemos poetas.

23-03-1998

¿A quién sirven las palabras? No existe lo inagotable. Cardoza promete al menos que no todo el tiempo seremos indios mágicos. La realidad no tiene artificio, cuesta más inventar el vacío. La sombra seca de lo que somos es tan insignificante que es mejor evadir alegremente nuestras debilidades. La permanencia es transformarnos no falsificarnos.

19-4-1999

Escribir como hablar dormido… Sí, es posible que nadie te entienda cuando estás dormido, que nadie tome en serio lo que decís. Las mejores líneas son involuntarias, queremos domarlas cuando comenzamos a aprender y todo se convierte en imitación, cuando buscamos el camino difícil de perdernos y regresar al mismo sitio. Escribir es callar o al menos creer que el silencio no es eterno.

Cardoza hace ruido con la memoria, para él las cosas siguen y siguen pasando sin detenerse, no tiene quietud. Se instala en terreno baldío, exila su lucidez en la detonación de las imágenes escritas para ser vistas. El sobrio terremoto de su infancia dejó a sus pies la abierta soledad. Sólo de lejos se recuerda la infancia, únicamente vive en nosotros lo que hemos perdido. Qué sombra dejó en él un río, la naturaleza que se esconde. Vale la pena sentir de cerca las canciones de la tormenta, leer al día siguiente lo que escribimos dormidos, vale la pena rebelarse y sentir un poco.

01-12-2000

Lista de cosas que Luis Cardoza y Aragón no incluyó en Guatemala las líneas de su mano:

  1. Las paredes ennegrecidas con letreros de Alka Seltzer,
  2. las revoluciones tristes,
  3. los muertos sin nombre,
  4. los peatones rápidos,
  5. los y las transexuales,
  6. los adictos al crack,
  7. el narcotráfico y sus capos,
  8. las secretarias cursis,
  9. los volcanes promiscuos,
  10. los marimbistas que tocan heavy metal,
  11. el fútbol,
  12. los buenos poetas,
  13. las puertas giratorias,
  14. los supermercados,
  15. las piscinas con olas,
  16. los mapas en relieve,
  17. los niños trabajadores,
  18. las madres solteras,
  19. los tamales,
  20. las hamburguesas con doble carne y tocino
  21. las maquilas,  
  22. los informes de memoria histórica,
  23. las  derecha de izquierda,
  24. los parques temáticos
  25. los desempleados,
  26. el infierno de este paisaje verde

Lo único que puedo agregar a estas notas es que el primer libro de Cardoza que llegó a mis manos aún no lo he terminado. Siento que aquella lectura escenificada no ha concluido y que apenas estoy comenzando a conocerlo. Quizá por esa manera tan suya de interpretar el dolor e interpelar nuestro cansancio de tantas cosas, Guatemala es el purgatorio de los artistas, las penas y el dolor se quedan aquí. Es tan necesario Cardoza cuando estamos tan solos “Es algo más triste, deslumbrante y alto estar a solas con la vida’’. Estoy seguro que Cardoza ha regresado, sólo que para actuar su ausencia.

Cerrito del Carmen, Ciudad de Guatemala 2020

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Javier Payeras
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