Topes

Carlos López

Los topes, aporte al mundo de la ingeniería mexicana, trampas mortales para muchos que ya no están para contarlo, son conocidos en Guatemala como túmulos —derivado de los promontorios de las tumbas o de los montículos— y como policías muertos en Costa Rica, donde también se les llama, de manera económica, muertos. En Santander, Colombia, se les denomina policías acostados, ociosos o en posición de retenes; en Perú, rompemuelles, por obvias razones; en España, chinchetas, lomos de burro o bandas sonoras, en broma, por lo bien que suenan los autos cuando logran pasarlos; en Argentina, lomos de burro; en Chile, lomos de toro.
La construcción de estos obstáculos, humps o bumps, es un síntoma de retraso urbano, y una desconsideración para los habitantes de cualquier país. El grado de retraso de una sociedad debe medirse por el número de topes en proporción con su número de habitantes. Aparte de ser factores de contaminación, los topes —a veces, casi bardas— están hechos para destrozar los vehículos. El conductor para poder pasar estas barricadas debe hacer alto total y luego reiniciar la marcha del auto con la aceleración más alta, lo que genera más gasto de combustible, y se fuerza la máquina. Además, se desgastan los amortiguadores, los frenos, las llantas —que bajan su presión—, se rompen el cárter, la defensa, el mofle; se daña la suspensión… El automovilista termina con el sistema nervioso destrozado, con gastritis, con la cabeza del tamaño del hongo de la bomba atómica.
Aunque algunos vecinos, sobre todo de colonias pobres, quisieran tener un tope a la puerta de su casa como signo de prestigio y de estatus social distinto al del vecino que no tiene su tope, la proliferación de topes es también notoria en colonias mal llamadas residenciales (residencias son también las casas de cartón, como sus habitantes son residentes) y en centros educativos, como la Universidad Nacional Autónoma de México, institución pionera en la innovación de topes (sólo falta que impulse el doctorado en topes), que los fomenta en sus intransitables calles.
En todas las carreteras de México que no son de cuota, los topes desestimulan el uso de estas vías libres; los conductores prefieren pagar las altas tarifas que cobran las concesionadas autopistas, para evitar llegar a la casa, al final del viaje, con el volante en la mano, después de dejar el resto del auto en los topes, además de las horas adicionales que deberá quemar gasolina para sortear estos escollos. Los topes son, también, el lugar preferido por los ladrones. Al hacer alto total el vehículo en un tope, las bandas de delincuentes copan los autos para saquearlos.
En México-Topetitlan, llama la atención que sólo algunos chipotes estén pintados para indicar su existencia, pero todos de diferentes formas; hay franjas de pintura que simulan topes y no lo son, lo cual obliga a parar en las barras planas y no en los topes. Eso es fruto de una mente surrealista o de una planeación hecha con absoluta maldad y perversión. El colmo se puede ver en una avenida de Morelia, Michoacán, donde pusieron sobre un tope ancho, otro puntiagudo: tope sobre tope para demostrar su variedad.
Sólo en México, en las carreteras de alta velocidad no se anuncia con anticipación que hay topes. Cuando bien le va al automovilista, alcanza a leer la palabra tope con una flecha vertical junto a éste. Muchos, ni ese aviso alcanzan a ver después de dar tumbos con el auto averiado. Una vez, un vecino de la ciudad de México, con mucho sentido de urbanidad, colocó ¡AGUAS!, con grandes letras, sobre un tope, con malos resultados, pues muchos no entendieron la interjección que en México indica «¡cuidado!». En días recientes, se inició la siembra de tachuelas (sustitutos de los tradicionales topes) en importantes vialidades de la ciudad de México. Se están dando gusto con su escenografía kitsch las autoridades encargadas de cambiar el rostro de la avejentada ciudad. Cuántos millones de pesos se gastan los gobernantes en colocar estos ojos de buey en vez de invertirlos en reparar los millones de baches de las arterias por las que circulan los autos (cuyos propietarios pagan un alto impuesto anual para poder hacerlo).
Lo más desconcertante de estos chipotes del asfalto es que sus rivales poderosos (los baches, hoyos, zanjas, piedras en el camino) no se toman en cuenta a la hora de querer destruir un auto y, por lo regular, junto a la zanja aparece un tope, por lo que uno deduce que el fin último que se persigue es evitar la circulación de vehículos en las calles, que se parecen a las de un país en guerra convencional. Una variante de los túmulos son los badenes —desniveles que se construyen sobre las calles— y los vibradores, que en México tienen esa connotación adicional a la sexual.
En la esquina donde vivo está el tope más grande del mundo. Mide dos metros de alto por diez de largo. Está en la esquina de las calles de Velasco y Vértiz y cada vez crece más. Siempre que paso por ahí, pienso que debajo flota una pirámide a punto de parir (recordemos que estos rumbos eran los linderos de México-Tenochitlan). Hace seis años el Gobierno del Distrito Federal se gastó seis millones y medio para emparejar el suelo (lo más curioso es que adelante del gran chipote había dos topes normales). A los ocho meses retoñó el irreductible, inmenso tope, que llegó a ser tan famoso que hasta había gente sentada en las banquetas de los lados quemando mota y viendo las chispas que sacaban las suspensiones de los carros y el espectáculo de carros voladores.
Hace unos días le pregunté a una amiga estadunidense si en su país había tantos topes como en México y me contestó que no, que allá sí conocían los semáforos y los puentes peatonales.
¿Algún día los ingenieros mexicanos conseguirán que se instituya el día internacional del tope? Parece que en eso dejan sus mejores esfuerzos.

En México-Topetitlan, llama la atención que sólo algunos chipotes estén pintados para indicar su existencia, pero todos de diferentes formas; hay franjas de pintura que simulan topes y no lo son, lo cual obliga a parar en las barras planas y no en los topes. Eso es fruto de una mente surrealista o de una planeación hecha con absoluta maldad y perversión.

(Versión original publicada en El Financiero, México, 24 jun., 2008, p. 36)

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Carlos López

Fundador y Director at Editorial Praxis
Fundador y director de Editorial Praxis, en México. Recibió el Premio Nacional de Literatura de Guatemala. Dirige la revista El Puro Cuento. Es autor de varios libros.
Carlos López