¿A dónde  volaron tus manos/ mi dulce hijo ausente?/ Hermoso muchacho/ que te ponías los sueños/ como pantalones alegres/ para bailar con la vida/ en las esquinas;/ hasta que se rompió un compás de fuego/ y te vieron danzando con la muerte/ en una fuga sin fin/ hacia la ausencia./  Estás presente/ repiten las consignas,/exigen las proclamas,/ redobla el manifiesto;/ y tu presencia se construye tiernamente,/ en la frente de todos los muchachos/ y el aire feliz de las muchachas,/ en el futuro sin riberas/ que crece tras el dolor/ inacabable de este pueblo.

Desde ayer , igual que todos los años en esta fecha del 17 de julio, mi ritmo biológico de adaptación a mi entorno inmediato se altera de una manera extraña, como si se tratara de un desequilibrio por terror, ira y soledad.

Recuerdo como nos cayó la noticia poco antes de las 12 de la mañana, estando en casa de Dina en San José de Costa Rica. Un amigo abogado Chapí llamó por teléfono, yo respondí pero no se animó a contarme a mi aquella dolorosa noticia y prefirió hablar con Jimena. Ella murmuró algo en el teléfono y vino por detrás de mi en el pasillo hasta abrazarme y quedarse ahí sin poder emitir ningún sonido con su voz hasta después de conseguir un cierto control en su ritmo respiratorio me dijo apretándose contra mi y poniendo su cabeza en mi hombro: “¡Acaban de matar a Tutuy!…”.

Como de costumbre, lloré para adentro con rabia, con un desgarre emocional que me arrastraba mi silencio como si me desangrara por toda mi impotencia al no poder ni siquiera retornar a Guatemala. No se si logré almorzar, creo que no, llamé a mi gran amigo Rodolfo Ortíz que hacía pocos días había inaugurado su exilio, y nos quedamos solos en aquella casa porque todos prefirieron salir a cumplir varios compromisos. Rodolfo y yo chupamos, cuasi mecánica y sólo a media conciencia, más de una botella y media de ron Cacique, hasta que habiendo abierto su túnica negra, la noche parecía danzar una sonata fúnebre sobre la pequeña ciudad. Rodolfo se fue en un taxi y yo quedé solo hasta que Dina, sus 3 hijos, Jimena y su mamá que había llegado desde Guatemala a ver a sus hijas que estaban moviéndose ya en el exilio, fueron entrando a casa  y me invitaban a compartir una cena familiar a la que creo asistí para tomar parte en la charla que forzosamente, incluía frecuentemente, evocaciones, preguntas e imaginaciones en torno de mi hijo Mario René Matute –Tutuy– de los funerales y de la situación de mis otros dos hijos, Ilonka Ixmucané y Luis Armando Pável. Ellos, como yo, se decidieron por el exilio.

Con Jimena habíamos manipulado con ingenuidad proyectitos para permanecer algunos meses en Costa Rica para luego retornar a Guatemala, a los mismos espacios sociales donde hasta entonces, habíamos  venido construyendo nuestra existencia. La muerte de Tutuy nos demostró que una vuelta a nuestro país en las mismas condiciones que habíamos soportado hasta entonces, era demasiado complicada o, de verdad, imposible.

La convicción del exilio nos fue creciendo en la conciencia y ya ustedes conocen de alguna manera, la empiria que nos puso en México, dejando el exilio y convirtiéndonos en ciudadanos mexicanos, lo que no perturbó nunca nuestra responsabilidad con Chapinlandia porque allá, jurídicamente, la nacionalidad guatemalteca nunca se pierde.

Les dejo mi abrazo triste y esperanzado de este día a todos y reitero que sus mensajes son para mi como caricias terapéuticas.