Los ministros del embajador

Virgilio Álvarez Aragón

Siguiendo los consejos del para entonces aún embajador Todd Robinson, y con la anuencia de los dueños de las grandes riquezas del país, los ministros de Trabajo, Gobernación y Finanzas presentaron su renuncia.

Era una manera de presionar al presidente a presentarse ante un juez competente para aclarar sus sobresueldos y detener la presión contra el comisionado Iván Velázquez. Pero llegó su sustituto, que modificó un poco la estrategia. Sus muchachos, Teleguario, Rivas y Estrada, se quedan, ordenó, y ellos, muy complacidos, se mantienen en sus despachos, ahora de besos y abrazos con el hasta hace algunas semanas fétido presidente.

A los pseudonacionalistas, las actitudes de Robinson les parecieron insolentes, intervencionistas. Las de Arreaga, estimulantes y beneficiosas, pues viene a absolver a Jimmy solo a cambio de que el tráfico de estupefacientes sea dosificado, de que las exigencias internacionales de protección al trabajador se cumplan, particularmente en empresas de capital estadounidense, y de que Finanzas haga como que el mercado interno es estable. Manteniendo a Jimmy, eso de nacionalismos e intervención extranjera queda en el olvido, que al final de cuentas lo que importaba era asegurar negocios oscuros.

El fabuloso botón de muestra de que ellos son sus ministros es que fueron los invitados especiales a su toma de posesión. Son, según él, las tuercas para apretar al presidente, para pedirle que ya no se quede con los vueltos y, de ese modo, para que el clima de negocios se recupere, según ellos.

Cierto, los negocios con corrupción son buenos. Si no, pregúntenle a Nicaragua, adonde han ido a parar buena parte de las fortunas mal habidas de los Baldizón, Sinibaldi y Lorenzana de González. Son tan buenos que, durante todas las décadas en las cuales la corrupción tomó cuenta de todas y cada una de las dependencias del Estado guatemalteco, los millonarios aumentaron. Los negocios de unos pocos florecieron, aunque el país se hunda por sus pésimos caminos, la infraestructura escolar y de salud sea como la del África de los años 1980 y los guatemaltecos prefieran ir a vender su fuerza de trabajo al extranjero, aunque en ello se jueguen la vida.

Arzú dijo que el Estado era mal administrador y regaló los activos públicos. Hoy esos millonarios que surgieron de la noche a la mañana, muy al estilo de la nueva oligarquía rusa, no quieren investigaciones sobre sus aportes oscuros a las campañas electorales, como no quieren decir que negocian con el Estado con facturas falsas, con empresas de cartón, con productos de pésima calidad, y que hasta negociaron con convictos delincuentes.

Arreaga no quiere escándalos que asusten al hombre del penacho e imagina a Iván Velázquez cazando apenas patos. Pero resulta que cada pato tiene su larga cola y, como resultó con el caso de Byron Lima, con cada criminal de mucha saña y poca monta que se pesca salen a la par rubios encorbatados olorosos a incienso y mirra, pero con los bolsillos sucios de tanta corrupción.

Al nuevo embajador yanqui lo celebran porque viene como cómplice, y no como amigo molesto. Hoy de nuevo sacan del baúl su bandera preferida, la de las barras y las estrellas, ¡y aquí de soberanía nadie ha dicho nada!

Veremos ahora si, sacudidos del supuesto intervencionismo estadounidense, las derechas democráticas, las decentes (¡que las hay!), se animan a permanecer activas en la lucha en contra de la corrupción y a favor de la democracia o se alinean de nuevo con la corrupción y la impunidad.

Es necesario insistir en que esta lucha por la construcción de una efectiva democracia, y no solo de procesos electorales confiables, exige que derechas e izquierdas, de todos los colores y pelambres, actúen juntas porque, de lo contrario, los delincuentes, los taqueros del palacio de la loba, de la Casa Presidencial y del Ministerio de la Defensa, continuarán no solo depredando los recursos públicos, sino destruyendo el país.

Fuente: [https://www.plazapublica.com.gt/content/los-ministros-del-embajador]

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Virgilio Álvarez Aragón

Virgilio Álvarez Aragón

Doctor en sociología, formado en la Universidad de Brasilia. Ha sido docente universitario en Guatemala, México y Brasil. Interesado por los temas educativos, ha investigado sobre la política educativa y el magisterio, pero también sobre la democracia y sus riesgos en las sociedades post conflictos. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “Conventos Aulas y Trincheras, Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala” (dos tomos, segunda edición 2013) y “La revolución que nunca fue: un ensayo de interpretación de las jornadas cívicas de 2015”. Publica sus opiniones en Siglo 21 y Plaza Pública
Virgilio Álvarez Aragón