La Policía Nacional Civil, la guardia pretoriana de Guatemala

Enrique Rosales Murga

Desde hace tiempo uno ha venido escuchando de los constantes abusos por parte de la Policía Nacional Civil a la población guatemalteca. Desde ser parte de violentos desalojos donde terminan habiendo muertos, hasta participar en el crimen organizado y formar estructuras paralelas, maleantes con licencia para matar. Pero no todos los elementos policíacos son malos. Lo que los pudre esencialmente es tener contacto con los zorros viejos de la Policía Nacional y Guardia de Hacienda que fueron reciclados y puestos como jefes en algunos lugares. Estos señores les han enseñado tácticas de contrainteligencia militar aprendida de los Rangers de Estados Unidos que los vinieron a capacitar durante el Conflicto Armado Interno.

El nuevo elemento llega con la ilusión de ser alguien que vele por el orden, pero aprende mañas de los antiguos y es ahí donde radica el problema. Hay un agente de policía por cada mil habitantes, lo cual hace que si tarea ya de por sí sea difícil, más aún cuando les toca que combatir el crimen dentro de su propia institución. Ha habido intentos nobles de profesionalizar a los agentes, pero la corrupción se ha adueñado de esos programas.

Recuerdo que cuando una familia acaudalada le quitó el Complejo Deportivo a la ciudad de Jutiapa llegaron agentes antimotines a sacar a los deportistas de las diferentes federaciones, incluso con gases lacrimógenos. El sonado caso de la cumbre de Alaska.

Se les ha visto también defender los intereses extranjeros de las compañías mineras, reprimir manifestaciones con lujo de fuerza, pero también cuidar al ciudadano cuando ha habido manifestaciones pacíficas. Y es que una de las formas de parar la corrupción en esa organización es que nos demos cuenta de que los agentes viven de forma precaria. Yo vi el caso de estaciones que se quedaban meses sin luz; en una ocasión escuché a una agente decir que ya había empeñado todos sus muebles y no tenía dinero para comer. Ahí es cuando entra la oportunidad del crimen, porque es tentador para ellos ganar dinero, pues a veces no se les paga,se les hace trabajar largas horas sin dormir por días.

Al final de cuentas sólo obedecen instrucciones de un superior, pero también es cierto que nuestra Constitución expresa que no están obligados a obedecer órdenes que impliquen violación de las normas jurídicas. Lo innegable es que se debe investigar los delitos en los cuales los agentes se han visto involucrados, a fin de sanear la organización, que ha venido a rebelarse al poder como la guardia pretoriana en tiempos de la antigua Roma, y no me refiero a los agentes que luchan por la reivindicación de sus derechos al paro, al voto y a vacaciones, sino a aquellos agentes que aún recibiendo órdenes hacen lo que les da la gana, como en su momento hicieran las patrullas de autodefensa en los amargos treinta y seis años que duró la guerra fratricida.

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Rolando Enrique Rosales Murga

Rolando Enrique Rosales Murga

Rolando Enrique Rosales Murga, 26 años, se dedica a la panadería tradicional. Escribe desde los 12 años. Su obra ha aparecido en las revistas mexicanas Catarsis y Papalote. Ha participado en certámenes y antologías a nivel latinoamericano. Su obra ha sido leída en radios de Colombia y España. Ha ganado certámenes a nivel local y sus poemas han sido objeto de estudio en tesis de los alumnos de Derecho de la promoción 2016 del Centro Universitario de Jutiapa de la Universidad de San Carlos de Guatemala.
Rolando Enrique Rosales Murga