Lucía Escobar
lucha libre

Hay lugares donde se paga cara la libertad. El pasado 25 de marzo, en un terreno baldío de Huehuetenango, apareció sin vida José Roberto Díaz de 18 años. Lo hallaron violentado, golpeado y le habían escrito con una navaja en la piel: hueco y otros insultos relacionados con su orientación sexual. Su mamá cuenta que desde que tenía 15 años sabía que su hijo era homosexual (quizá lo sabía desde siempre). El joven soñaba con ser estilista y maquillista profesional y con tener su propio salón de belleza, también se sentía atraído por el travestismo: había ganado varios concursos de belleza, participado como Alessandra Villamizar. Fue asesinado con odio. Murió a golpes porque alguien no soporto su libre albedrío, su derecho a decidir quién ser y cómo ser. Parece imposible que existan estos crímenes tan horribles, que alguien pueda sentirse amenazado por la libertad ajena. Pero esto sucede en Guatemala demasiado seguido como para no darle importancia. Según datos de la asociación Oasis proporcionados por el Inacif, solo en el año 2017 se reportaron 232 muertes violentas con características de odio y saña hacia la población de la diversidad sexual o población LGTBIQ; lesbianas, gays, trans, bisexuales, intersexuales y queer.

La mayoría de estos crímenes no serán resueltos, no tendrán justicia, se mantendrán impunes. Esa situación confirma la errónea idea de que la vida de las personas de la diversidad sexual vale menos que la de los heterosexuales, o tiene menos derechos humanos. Y de hecho, esta comunidad es de las más vulnerables en cuanto el acceso a lo más básico, cómo es el derecho a la salud, a la educación, al trabajo, a una vida sana y libre de violencia. Mientras en muchos países ya existen leyes que castigan los crímenes de odio y la discriminación por orientación sexual o identidad de género, en Guatemala, algunos diputados intentaban pasar la ley para la protección de la vida y la familia, una aberración jurídica que quería prohibir la educación sobre sexualidad y la libre circulación de información sobre la diversidad sexual, una realidad que existe y que no se debe seguir escondiendo en el clóset.

Es importante informarnos y educarnos para entender que no tiene nada de malo la diferencia. Agradezco a tantas personas que han compartido su proceso o su visión dentro de la diversidad sexual. Y rescato el testimonio de la cineasta guatemalteca Izabel Acevedo quien ha compartido públicamente su experiencia como madre de dos gemelos que le han cambiado por completo la visión de los géneros. La han hecho leer, investigar, y acercarse a gente mucho más abierta. De esa experiencia, dice: No estoy dispuesta a presionarlos para que escojan entre el rosa o el celeste, entre ser ama de casa o policía, entre una blusa de corazones o una de dinosaurios, entre él y ella. Por mí que lo tengan todo. Que tengan todos los colores, que estudien lo que quieran, que vistan lo que más les guste, que utilicen el cabello como les dé la gana, que sean un chico y una chica al mismo tiempo, o que no sean ninguna de esas dos cosas. No tengo miedo de darles la libertad que se merecen y no tengo miedo de romper las reglas para hacer mi lengua más abierta y más incluyente.

Este mundo necesita menos miedo y más amor.

@liberalucha

Fuente: [https://elperiodico.com.gt/lacolumna/2019/04/03/era-trans/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Lucía Escobar

Estoy casada con el periodismo y a veces le soy infiel con la ficción. He sido redactora, reportera, editora, columnista y lo que se ofrezca en una redacción. Escribo porque me siento cómoda entre las palabras. Además, soy entusiasta del arte, la cultura y la ecología.
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