Encomio de la mujer desobediente

El anfitrión –hombre religioso- decidió hacer acción de gracias y, al contar sus bendiciones en el año que se apagaba, agradeció tener como esposa a una mujer obediente. La esposa, sentada a su lado, sonrió y levantó los ojos en un gesto que tenía tanto de modestia como de orgullo. Mi esposa abrió los suyos y lanzó una mirada entre alarmada y triste.

Bernardo Arévalo

Difícilmente podría calificar a mi esposa de obediente… ni es lo que yo quisiera. La obediencia es una característica de las relaciones jerárquicas, en donde la parte subordinada acata los designios de la dominante, ya sea porque acepta la autoridad investida en esta -la enfermera que obedece al cirujano en el quirófano-; porque no aceptándola teme la sanción implícita a la desobediencia –el esclavo que obedece al capataz-; o por una mezcla de ambas –el soldado que obedece al oficial, el alumno que obedece al maestro. El hecho es que, en cualquiera de sus versiones, la obediencia implica la relación entre un superior y un inferior.

No es esa la relación que espero de una pareja, ciertamente no de la mía. Pero es la relación que ha vertebrado, a lo largo de los siglos, las relaciones matrimoniales: el marido subordina, la esposa obedece.

Comentando la escena al regresar a casa, rápidamente surgió como explicación la religión. En efecto, las religiones han sido vehículo privilegiado para la transmisión de normas morales, incluso –de manera prominente- en torno a la conducta familiar. Pero distingamos, hay en la región al menos dos componentes: uno de naturaleza metafísica, que habla de la relación del ser humano con lo trascendental, y otro de naturaleza sociológica, que habla de la forma como los seres humanos interpretan ‘eso’ trascendental de acuerdo a los alcances y las posibilidades de su cultura.

En su estudio sobre sexualidad y mujer en el conflicto global, ‘De Vírgenes y Mártires’, el sociólogo David Jacobson identifica claramente que la subordinación social de la mujer en el fundamentalismo islámico es producto del trasfondo patriarcal que caracterizaba a las tribus beduinas en cuyo seno se desarrolló la nueva religión, no de su componente ‘trascendental’. La mujer no era dueña de sí misma, sino de los varones de su familia primero, y de la comunidad a la que pertenecía después. Carente de albedrío, su vida era decidida por los demás: el padre, los hermanos, el marido, los hijos varones, o esa entelequia generalmente dirigida por ‘los ancianos’ y reproducida por las ancianas: la comunidad. Y como los hombres interpretan a Dios a la medida de su conocimiento, Dios termina hablando en términos y categorías que reflejan la cultura del grupo social que lo interpreta: la mujer como apéndice masculino. La costilla de Adán.

El libro fue publicado en 2013, por la Universidad de John Hopkins, Baltimore. HTTP://OFVIRGINSANDMARTYRS.COM/

El libro fue publicado en 2013, por la Universidad de John Hopkins, Baltimore.
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En su investigación, Jacobson constata que aún en nuestros días, la variable cultural sigue determinando la manera como lo trascendental es interpretado cotidianamente. El papel de la mujer en las sociedades musulmanas de Asia –recordemos que el más grande país musulmán del mundo está en el Sud-Éste Asiático: Indonesia- es mucho menos restringido y subordinante que en la Península Arábica, por ejemplo. Y tampoco es un problema exclusivo del Islam: tan patriarcales eran las tribus hebreas cuyos escribas redactan los libros de la Biblia y en los que se encuentra una descripción muy parecida del rol subordinado de la mujer. Y de allí lo heredó el Cristianismo, que se encargó de reproducir la noción de la superioridad masculina, al grado de institucionalizarla en sus propias estructuras de manera que hasta el día de hoy sigue siendo objeto de debate la idoneidad de la mujer para administrar la palabra divina.

Regresando a Jacobson, su libro relata la sorpresa –entre escandalizada y divertida- de los viajeros europeos que en el siglo XVIII visitaban los Países Bajos al constatar que las mujeres holandesas no necesitaban tener dueño para existir: eran comerciantes, tenían propiedades, decidían con quién casarse y –en general- hacían más o menos lo que les venía en gana. No era cuestión de una variante religiosa, sino del surgimiento de una visión de mundo alternativa a las visiones teocéntricas: la secularización.

En el siglo XVIII comienzan a quebrarse patrones de conducta sostenidos por justificaciones religiosas –Dios así lo quiere- para permitir el surgimiento de la razón: el iluminismo. El destino de los hombres ya no dependía de designios divinos inescrutables, sino que estaba en sus propias manos. Y las mujeres, comenzando por los pequeños Países Bajos, comienzan a librarse de la subordinación al varón sin tener que pagar su atrevimiento muriendo lapidadas o en la hoguera, como hasta hacía poco tiempo y generalmente tras la intervención de algún sacerdote. O a manos de padres o hermanos dedicados a ‘limpiar el honor’ de familia, como hasta el día de hoy.

Es ese esfuerzo titánico por sacudirse un patriarcalismo arraigado en la historia de nuestras culturas –transmitidas muchas veces por las religiones- lo que estaba expresándose esa noche en la mesa de nuestro anfitrión. La mirada agradecida de una y decepcionada de la otra evidencia la medida en que la lucha de las mujeres holandesas del siglo XVIII no ha terminado: la idea de que la mujer debe seguir sujeta a una relación jerárquica dominada por los varones sigue estando presente.

Por supuesto, no tiene las características brutales de sociedades en donde las mujeres no tienen derecho a conducir ni pueden hablar con ningún hombre si no es en presencia de un varón de la familia. O de los asesinatos justificados por conductas que supuestamente ofenden a la familia o a la comunidad.

Pero no nos dejemos engañar por el fácil consuelo que nos da ver tan cruda realidad a la distancia –‘nosotros no somos así…’, ‘esos sí que de una vez…’-; si lo que define socialmente la virtud de una mujer es su obediencia, lo que estamos construyendo en la pareja es una relación de subordinación jerárquica, independientemente de lo iluminado, razonable o moderno de la dominación. Obediencia es subordinación.

Y no quiero que se malinterprete el comentario. Más allá de intenciones personalizadas -el anfitrión de marras es un hombre genuinamente dedicado a su familia, preocupado y atento con su mujer y con sus hijas- la reflexión es de índole social: como sociedad, no es mujeres obedientes lo que necesitamos. La cultura patriarcal es parte de esa modernidad híbrida –clientelar, patrimonialista, discriminatoria, racista, violenta- que nos lastra.

Necesitamos mujeres desobedientes, que no acepten la subordinación como expresión –fatal o natural- de su existencia; que no le cedan a ninguno –comunidad o persona- la propiedad de sus vidas, mentes y cuerpos; que rompan con las ‘tradiciones’ políticamente correctas para construir nuevas y justas formas de entender las relaciones sociales e inter-personales.

Pero también necesitamos varones que estén dispuestos a romper el molde hoy, ahora, en sus propias casas, con sus esposas y con sus hijas. Que dejemos de esperar la subordinación y la obediencia como característica de la naturaleza femenina, para bajarnos del cómodo trono de la jerarquización de género en que nos colocó la historia. La reproducción de la cultura la hacemos todos, en todo momento, hombres y mujeres: dejar de reproducirla es contribuir a transformarla.

Fuente: [https://nomada.gt/encomio-de-la-mujer-desobediente/]

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Bernardo Arévalo de León

Bernardo Arévalo de León

Bernardo Arévalo es sociólogo graduado en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Actualmente se desempeña como Asesor Senior en el Equipo Asesor Internacional para la construcción de la paz de Interpeace.
Bernardo Arévalo de León