Cuando se incendia un mercado

Ilka Oliva Corado

Cuando se incendia un mercado y se vuelve cenizas, también con él se calcina la cultura innata. Lo inherente, lo mágico, la esencia y la pureza que son parte de la cotidianidad de ese mundo de colores, sabores y aromas que embellecen los países y la gastronomía.

¿Cuánto de cultura y tradiciones guardan los mercados populares? ¿Cuánto de identidad? Para quienes lo sentimos propio es un dolor inmenso el que nos acongoja. El mercado es nuestra vida. Nuestra escuela. Nuestro sustento. El mercado son los cimientos de nuestra familia. De infinitas generaciones. Es nuestro día a día. Es nuestro papá y nuestra mamá. Es nuestros ancestros. El mercado es nuestra vena. Es un mundo de rituales, de voces, de imágenes y de sonidos.

El mercado guarda en su naturaleza los abrazos, las penas, las carreras, los anhelos, los saludos de los buenos días en las madrugadas, las buenas noches a deshoras. El cansancio de las espaldas jorobadas. De los pies grietados, de los labios secos, del cabello reventado por el sol. De las mujeres preñadas que cargan los canastos de verdura sobre sus cabezas. Y de los abuelos que empujan las carretas con costales de granos. De las manos solidarias, de la palabra entera y la mirada transparente. De la voz que confía.

El mercado guarda en su singularidad, las rebajas, la fruta fresca, el desaliento del cargador de bultos. La frustración de la venta que no avanza. De la verdura que se comienza a pasar. De la urgencia del cobrador. Del descaro del comprador que siempre pide rebaja. De dar fiado. El mercado guarda en sus corredores historias que lo vuelven un libro abierto.

El mercado es un jardín lozano que no se seca nunca, que siempre retoña aunque le pasen la aplanadora encima, y que siempre florece porque sus raíces son profundas; brotan del espíritu inquebrantable, de la vida a cuestas y de la imposibilidad. El mercado es el corazón de los pueblos, es la sangre hirviente de olvidados. Es la hermosura de la solidaridad. Es el corazón de los nadies.

Cada vez que se incendia La Terminal, sus hijos sentimos un dolor profundo, que nace del agradecimiento y del amor. Que nace de la reverencia y de la memoria. Y cada vez que muere un vendedor de mercado el dolor nos golpea de frente porque somos uno solo.

Loor al mercado La Terminal. Loor a los vendedores de mercado.

De esta lado de la frontera, una niña heladera.

18 de marzo de 2016.

Estados Unidos.

El mercado guarda en su naturaleza los abrazos, las penas, las carreras, los anhelos, los saludos de los buenos días en las madrugadas, las buenas noches a deshoras. El cansancio de las espaldas jorobadas. De los pies grietados, de los labios secos, del cabello reventado por el sol.

 

Fuente: [http://cronicasdeunainquilina.com/]

Ilka Oliva Corado

Escritora y poetisa. Ilka Oliva Corado nació en Comapa, Jutiapa, Guatemala, el 8 de agosto de 1979. Desde muy niña vendía helados en el mercado de Ciudad Peronia, en la periferia de la capital guatemalteca. Es autora de tres libros: Historia de una indocumentada travesía en el desierto Sonora-Arizona, Post Frontera, y el poemario Luz de Faro.Actualmente escribe en su bitácora personal Crónicas de una Inquilina.
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