Los pelotones de la muerte: La construcción de los perpetradores del genocidio guatemalteco

Cómo fabricar un hombre malo

La demora acompañó la publicación de este libro. Era por ello un trabajo muy esperado, a pesar de que contradictoriamente muchos ‘pedazos’ del mismo ya habían circulado. La suma de todas sus partes que habíamos leído es inferior a la extraordinaria calidad del libro como unidad de razonamiento y método. Cuando un trabajo es bueno, la extensión del elogio es innecesaria.

Edelberto Torres-Rivas

Los Pelotones de la Muerte (El Colegio de México, México, 2014, 453 págs) es la mejor investigación publicada hasta hoy día en Guatemala sobre el género de la Política, Guerra y Revolución, a pesar de que es creciente el número de publicaciones que vienen apareciendo, sobre todo en inglés. Hace falta, sin embargo, una visión holística del conflicto y de la represión militar, ya sea una sociología histórica de la inmensa tragedia que mató a centenares de guatemaltecos; o una gran novela que se ocupe de los mil episodios de heroísmo y dolor, de las caídas del odio y la esperanza, todo eso que se mezcla como una gran ceguera en el remolino de la guerra y que solo una poesía puede abreviar. El fresco que resuma tres décadas de fratricidio puede también ser una pintura, un ensayo, un texto documental.

Manolo Vela puede hacerlo, como lo prueba la calidad de este libro.

La muerte se organiza

No hay referencias directas sobre la causas del conflicto armado interno. Se habla de la guerra como un dato que está ahí, o un conjunto de datos que se organizan en torno a la violencia política. El conflicto es interior, entre la guerrilla y el ejército, entre una extensa voluntad de cambio y una razón de defender el statu quo. En el seno de esta sociedad aparece la muerte como recurso y por lo tanto como proyecto. Se alcanza el plano letal de la organización y se traduce en algo que se parece al genocidio. Hay muchas definiciones, unas que incluyen más casos, por ejemplo, ‘el asesinato intencional de un masivo número de no-combatientes’; y otras que excluyen y solo se aplican a muy pocos casos, ‘cuando existe un intento, llevado a la práctica con éxito, de destruir a la totalidad de un grupo, tal como es definido por los perpetradores’.

Este libro resume la historia del genocidio, de un fenómeno oscuro, que habla de la destrucción de mayorías cuya culpa los lleva a la muerte. La muerte de masas siempre ha ocurrido en la historia de la humanidad; son más frecuentes de lo imaginable las hecatombes, en el sentido de que es grande el número de víctimas, como Gengis Kan o Atila derivando del oriente profundo hacia una Europa en formación, matando todo lo que fuese cultura occidental; pero el mundo contemporáneo solo registra lo que ha sucedido a finales del XIX o en el siglo XX. Los siete millones de armenios a manos de los turcos, en 1911, o el millón de militantes comunistas degollados por los hermanos musulmanes, en Indonesia (1958), son solo dos ejemplos de un horror de los que se guardan detalles, sobre todo porque son antecedentes del Holocausto, la terrible sangría de judíos (junto con comunistas, gitanos, homosexuales) practicada por los hitlerianos en la sociedad más culta de la época.

En el seno de esta sociedad aparece la muerte como recurso y por lo tanto como proyecto. Se alcanza el plano letal de la organización y se traduce en algo que se parece al genocidio.

El genocidio es frecuente en el ejercicio del poder, como un acto, un rasgo, un momento, pero no siempre como una política estatal. En el caso de Guatemala se utiliza de una manera particular, pues se habla menos de política genocida que de actos o momentos genocidas. Con variados textos de apoyo el libro de Vela se refiere al Holocausto como un caso extraordinario, un ejemplo único de los efectos del odio colectivo, el antisemitismo exacerbado. La calificación penal de los responsables, de los perpetradores que cometieron atrocidades, ha sido estudiada con razonable interés y diversos resultados. La conclusión no es unánime salvo en un punto en que el sentido común no es aceptable: la voluntad de matar no siempre existe en el victimario: no fue frecuente desobedecer en las culturas estudiadas.

¿Mandar u obedecer?

La pregunta elemental que todos se formulan es quién es el responsable de la muerte. ¿El que ordena o el que obedece?

Evidentemente no es un problema que se resuelve con la lógica implacable de la cadena de mando. Si se vive en el marco de una cultura autoritaria, militarista, no hay excusa para no obedecer, sobre todo si se está en una guerra; en consecuencia no es difícil explicar como fue posible que tantos ciudadanos fueran llevados a matar a millones de iguales. No toda matanza se debe calificar como genocidio; por lo menos deben aparecer algunos rasgos precisos, inequívocos: la matanza masiva ocurre pero no entre combatientes, la población deben pertenecer a un grupo nacional/religioso/étnico/racial de civiles; esto se traduce en que las víctimas no portan armas y no tienen organización guerrillera o de algún tipo similar. El cuadro general es que esta población no participa en las hostilidades, aunque pueda pertenecer a una minoría de los grupos mencionados.

Mencionemos tres académicos que estudiaron, con métodos distintos y por largos períodos de tiempo, lo ocurrido en Alemania.

C. Browning afirma que se trata de una combinación de factores ideológicos y situacionales que permitieron a una dictadura popular con fuerte impacto ideológico formar secuaces incondicionales y movilizar a la sociedad tras sus fines y uncirla a su yugo.

F. Goldhagen estudió al conjunto del pueblo alemán, publicó Los verdugos voluntarios de Hitler, los alemanes corrientes y el Holocausto y sostiene la hipótesis de que el pueblo alemán ha sido siempre antisemita y estaban programados para matar judíos, lo que facilitó su organización.

Las conclusiones de S. Milgram han sido las más conocidas para entender el comportamiento de los perpetradores. Con su estudio se entendía que gente ordinaria, trabajando normalmente y sin ninguna hostilidad particular, puede convertirse en agentes de un terrible proceso destructivo si tienen un grado de presión. Así la culpa se desplazaba del victimario hacia la autoridad que da la orden. La definición universal caracteriza víctima-victimario-intención destructiva; que el victimario esté animado por una voluntad de destrucción y tenga algún éxito en ello. Las definiciones de genocidio, finalmente, están fundadas en dos factores: quiénes son las víctimas y qué tipo de actos son de carácter genocida.

¿Cómo fabricar a un hombre malo?

Creemos que en Guatemala no hubo una política genocida sino actos de genocidio no casuales. Fueron actos precisos contra civiles a los que se creía colaboradores con la subversión comunista; no está claro si la intención del ejército era antindígena o si era propiamente anticomunista, en cuyo caso se trataría de ‘genocidio político’ que no existe como definición genocida pero si como el resultado de una condición política.[1] En Guatemala se peleó una guerra ideológica que se ignora.

En el caso de Dos Erres la matanza de los comuneros fue total, como lo querían los ricos y como lo planearon los militares. Caben serias dudas de cómo fue el genocidio guatemalteco. El libro de Vela está elaborado en torno a la matanza de Dos Erres, con una cuidadosa descripción de los hechos. La de Dos Erres no formó parte de la ofensiva militar en el altiplano ni en el sector noroccidental en 1981-82, región y tiempo en que se concentraron la mayor cantidad de masacres. Fue un hecho aislado, ejecutada como operación de castigo en represalia a una acción en que la guerrilla arrebató varias armas al ejército. No era una comunidad indígena sino un parcelamiento de ladinos pobres, lo que finalmente determina que este no es un caso representativo del genocidio guatemalteca.

Aún más, podría decirse que este no fue un genocidio. Las diversas confusiones que afectan al libro se deben al esfuerzo analíticode Manolo por convertir la contra insurgencia en un genocidio.

Veamos el buen camino y las veredas.

El ejército de Guatemala era una institución moderna que transformaba al recluta en soldado, al campesino analfabeto, muchas veces descalzo y monolingüe, en un funcionario limpio y eficaz. Son muchos los detalles: encierro en el cuartel por largos períodos dedicados a la instrucción, a las técnicas de la guerra, prohibición de los idiomas indígenas, rutinización de la vida, grandes rituales militares, disciplina con fuertes castigos, limpieza, religión. Después de un curso inicial de tres meses, el recluta es asignado a un pelotón donde pasa 27 meses para forzar la identidad y el compañerismo, el espíritu de cuerpo y lealtad a su comandante, el subteniente que representa el mando militar ladino. Aquí se formó como soldado. La disciplina de combate se forjaba mediante el castigo y el adoctrinamiento, religión, racismo y una transformación en militantes y fanáticos anticomunistas; hay un esfuerzo permanente para que sepan quién es el enemigo, el mundo es bipolar, hay indios malos que hay que matar; odio y miedo en una guerra dicotómica, solo el ejército es el amigo, el resto no, es peligroso, hay que matarlos. La kaibilización vuelve más extrema la barbarie con la que actúa el soldado y que lo convierte en un perpetrador, un ser sin conciencia, un hombre malo que no sabe que lo es.

La tortura fue siempre la disciplina más difícil de aprender, el más cruel tuvo las mejores notas.

Hacia 1974 el Ejército creó una escuela de fuerzas especiales, se formó la Patrulla y la Escuela Kaibil, que tuvieron tanta fuerza en doctrinas y prácticas que se dice kaibilizaron al Ejército y cambiaron sustancialmente el sentido de hacer la guerra. Fue múltiple el montaje de la Escuela, siguiendo el modelo duro de la Escuela de las Américas (instructores, manuales, entrenamiento, dinero) y de otras escuelas de la América del Sur. Los cursos se impartieron a oficiales que luego serían instructores en una filosofía del horror y el odio[2]; como cuerpo de elite para ganar el combate contrainsurgente; entrenados en marchas extenuantes, pocas horas descanso, hambre y encontrar alimentos en la selva, control de la fatiga, soportar el frio o el calor excesivos no quejarse nunca, endurecer el espíritu. Al lado de esto un conjunto de formas de combatir para convertirlo en un ser físico invencible; cada kaibil se imagina a sí mismo como invencible y actúa como tal. La tortura fue siempre la disciplina más difícil de aprender, el más cruel tuvo las mejores notas. El adoctrinamiento era el que se resume en la historia militar y la importancia de la batalla mortal contra el comunismo.

En relación con la barbarización de la guerra, los kaibiles tuvieron un impacto directo. Esta explicación es la parte más novedosa y original del libro. Los pelotones de la muerte se forjaron así, les enseñaron cómo era el enemigo al que mataban así. Los perpetradores fueron guatemaltecos formados como hombres malos para matar guatemaltecos. ¿La historia termina aquí?

[1] En referencia directa se sabe de la conversación de varios empresarios, rubios, blancos, adinerados, haciendo comentarios críticos en Nov. 1986, Palacio Nacional, contra el ejército por no haber tenido la capacidad de matar más indios.

[2] Uno de los temas literarios, dice: No te des por vencido, ni aún vencido / no te sientas esclavo, ni aun esclavo / trémulo de pavor, piénsate bravo / y arremete feroz, ya mal herido / ten el tesón del clavo enmohecido /que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo….

Fuente: [https://www.plazapublica.com.gt/content/como-fabricar-un-hombre-malo]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Edelberto Torres-Rivas

Edelberto Torres-Rivas

Sociólogo centroamericano hecho en Guatemala,profesor de teoría social en universidades de Chile, México, España y Centroamérica. Es autor de varios libros y artículos publicados a lo largo de su vida; actualmente es asesor del Informe Nacional de Desarrollo Humano del PNUD Guatemala.
Edelberto Torres-Rivas