Atravesando las montañas

Para detener lo fugaz hace falta detenernos, ser uno con el otro.

Marcela Gereda

Viajando de paisaje en paisaje, de olvido en olvido en esta latitud de la flor y del granizo, siento que para detener lo fugaz, hay que saber que el azar (la muerte) es lo único que permanece.

Estos días de lluvia, de conducir en silencio por la carretera montañosa que va de Cuilapa a Chiquimulilla voy escuchando las pequeñas voces de docenas de niños que salen al camino para pedir dinero o algo de comer a cambio de echar tierra en los agujeros del destruido asfalto.

Entre sus miradas tristes y hambrientas, veo en un vidrio empañado de lluvia esta pantalla móvil, es decir el paisaje es la cinta de una película. La película de un país saqueado y abatido. Solo un cínico no podría relacionar la miseria de estos niños descalzos a la orilla de la carretera con el robo millonario que han hecho los políticos, y con la injusta manera en la que se han hecho las grandes fortunas aquí.

La mirada del viajero se altera entre tormentas y derrumbes. El parabrisas se convierte en la pantalla de un cine móvil por la que el paisaje pasa como si fuera la cinta de una película. Solo percibo manchas, apenas figuras desdibujadas, formas irregulares que no sé nombrar. Y aunque el volcán de Ixpaco parece inmutable al tiempo, el paisaje lo percibo roto.

Pienso entonces, que a lo mejor, lo mismo ocurre cuando no nos detenemos en la vida. Cuando vamos sin parar, cuando solo captamos todo salpicado, por pedacitos, cuando no logramos hallar nuestro centro. Cuando estamos desconectados de lo que verdaderamente somos. Cuando no nos detenemos, de verdad, hablamos sin escucharnos. Miramos sin ver. Oímos sin escuchar. Las referencias se alejan como árboles o postes. Nada lo captamos. Y aquello que parece en la distancia fijo, como las montañas, no lo es.

Voy conduciendo una carretera de dolor y de hambre. Además del vértigo que provoca el paso fugaz del paisaje y del tiempo, hay aquí un puñado de niños sobreviviendo a un país que no les abraza ni recibe.

Me resulta admirable cómo en medio de su hambre y su miseria, estas manitas pequeñas buscan captar lo que hay detrás de lo que perciben desde afuera. Creo que esa es la mejor manera de ver: con atención, con curiosidad, con ingenuidad, sin nombres, sin tiempo. Como lo hacen los niños.

Mientras los veo jugar con la risa y con el sueño, tengo la certeza de haber pasado mil veces por ese lugar y sin embargo nunca antes captarlo. ¿Será por eso que los lugares nunca son los mismos? De nada sirve volver a los orígenes, porque aunque los paisajes permanezcan inmutables, una mirada jamás se repite.

Atravieso el corazón de las montañas de Guatemala, y siento que es el corazón de las montañas el que también me atraviesa a mí. Voy andando el tiempo, y el tiempo me va andando a mí. Voy de paisaje en paisaje, de olvido en olvido buscando aprender a ver más ancho y más detenido.

Entre dolor, voces de niños, tormentas y posibilidades sé que para detener lo fugaz, lo instantáneo, hay que fijar la vista en una cosa, mejor cuanto más efímera, una hoja que cae de un árbol, una nube que cruza el horizonte y si buscamos su forma, advertiremos que a los pocos minutos ya no es lo que parecía entonces.

Para detener lo fugaz hace falta detenernos, ser uno con el otro. Mimetizarnos, hacer de la nada todo, dejarnos tocar por el mundo, por el paisaje, viajar hacia nosotros mismos, viajar hacia el reconocimiento del otro. Modificar la mirada a cada instante que se es.

La mejor película del mundo es saber que el paisaje es lo que llevamos dentro, ser uno con la totalidad de la que somos parte, saber que los otros también somos nosotros, abandonar las posiciones y miradas que no se encuentran, que no se complementan.

Es cierto que en el mundo, y en las interpretaciones del mundo, hay posiciones incompatibles, pero más que por fundamentos, a veces lo que las hace incompatibles es el nivel desde el que interpretamos. ¿Por qué no detetenernos para comprender más y mejor nuestro alrededor?

Viajando de paisaje en paisaje, de olvido en olvido en esta tierra donde se abraza la alegría con el sufrimiento, la vastedad del paisaje con la miseria de la gente, imagino que acaso una de las formas de salir de esta honda desolación en la mirada de los niños descalzos es que nos pongamos de acuerdo sobre el por qué de su pobreza para atacar la raíz de este problema, en el que cada vez más niños (y mayorías) no viven sino sobreviven.

¿Por qué no detetenernos para comprender más y mejor nuestro alrededor?

Fuente: [www.elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Marcela Gereda

Marcela Gereda

Antropóloga de corazón y profesión. Enraizada en la literatura, la poesía y el periodismo. He buscado cultivar el ensayo etnográfico sobre situaciones interculturales, urbanas y rurales, tratando de dar cuenta de la dinámica de las hibridaciones y los mestizajes culturales que articulan las mentalidades de conglomerados en situación de marginalidad, como ocurre con las mujeres del Sahara Occidental que han vivido en España y Cuba y que han tenido que volver a los campamentos de refugiados, y con las maras y los mareros de Centroamérica. También ha trabajado para los derechos de salud reproductiva de mujeres indígenas.
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