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En varias comunidades aún las y los abuelos, las madres y los padres, son los guías de las familias alrededor de quienes convergen sus integrantes.

Irmalicia Velásquez Nimatuj

Desde que el coronavirus se hizo público, en China en enero, se informó que las y los ancianos eran el sector más vulnerable por la pandemia, a partir de entonces, hemos sido testigos que la mayoría de los fallecidos en Italia, España, Estados Unidos, Ecuador, Brasil y en Guatemala, los que oficialmente ha reportado el gobierno, han sido personas mayores.

En Europa las crónicas que han emergido de los hospitales narraran la disyuntiva en que la enfermedad ha colocado a los equipos de salud, quienes han tenido que optar por proveer de respiradores a personas jóvenes en detrimento de las y los ancianos. El recuento final de muertes nos mostrará que ser anciano en el primer mundo, es sinónimo de que no importan, ya vivieron, no son productivos y muchos ni son visitados por familiares, por eso, han optado en hacerlos a un lado y dejarlos morir.

Esa filosofía de vida es distinta en las comunidades que no han sido totalmente cooptadas por la lógica occidental que se rige por el mercado como el Dios omnipotente alrededor de quién hay que vivir. En varias comunidades aún las y los abuelos, las madres y los padres, son los guías de las familias alrededor de quienes convergen sus integrantes. Son quienes guardan la memoria social y oral de sus épocas que incluyen luchas de resistencia que como generación enfrentaron contra estados neocoloniales y quienes con sus consejos abonan las utopías de la juventud.

De las vidas de nuestras abuelas y madres emergen los hilos que permitieron nuestra vida, pero también que garantizaron la salud a través de la habilidad que heredaron usando y manejando la medicina natural almacenada en los bosques; sus manos hablan de las y los niños que ayudaron a traer al mundo. Por eso, sus palabras son hoy la brújula que indica por dónde hay que transitar en tiempos pantanosos, en tiempos de incertidumbre y lo hacen con ingenio y sin pretensiones, para no crear más caos que el que se respira alrededor.

Las y los abuelos nos han insistido que la vida es como la cosecha, no todos los años es igual, por eso, con sabiduría enseñaron a limpiar y guardar parte de cada cosecha, no para acumular en detrimento de los otros, sino para sostener el frágil hilo de la vida comunitaria que será la única que nos salvará frente a la etapa por la sobrevivencia que el mundo ha empezado a recorrer.

En este escenario mundial que el Waqxaquib’ Iq’, que hoy abraza a la madre tierra, sea el viento que mantenga la llama viva de nuestras abuelas y abuelos, de nuestras madres y padres para que resistan y pasen esta tempestad.

Fuente: [elperiodico.com.gt]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Irma Alicia Velásquez Nimatuj
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