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JL Perdomo Orellana

A los habitantes del mundo civilizado les faltan dedos en las manos para hacer un recuento de las bondades que han recibido de patrias grandes como la patria mexicana.

En estricto desorden alfabético, por ejemplo, innumerables seres humanos han absorbido de México:

Los heroísmos campesinos del (él sí) comandante Emiliano Zapata.

El tequila que, como transfusión de sangre, dio a José Alfredo Jiménez la furia creadora para escribir a mano casi 500 canciones y otros tratados filosóficos más poderosos que una dosis masiva de morfina.

Las acciones directas de los hermanos Ricardo y Enrique Flores Magón, que aún provocan insomnio en los asesinos seriales que se turnan cada cuatro años la presidencia de la abyecta piara imperial estadunidense.

El mezcal que llevó a Malcolm Lowry a escribir su alucinante y curativa obra maestra Bajo el volcán.

El pulque, en su veta más pura, la rural (no la versión espuria que circula en la cadena de cuchitriles conocida como Garibaldi en el exdefe, hoy rosácea CdMx) que condujo al humilde visionario Juan Diego a rencontrar la senda guadalupana que sus antepasados habían extraviado.

El coraje literario que acompañó a Federico Gamboa para neutralizar las vilezas chapinoides de Estrada Cabrera, y aún darse tiempo para escribir sus memorables Mi diario. Mucho de mi vida y algo de la de otros y Santa.

Pero, sobre todo, incalculables seres humanos avecindados en los puntos cardinales que aún no se roban los funcionarios tropicales han recibido de los Estados Unidos Mexicanos la bendición renovada de millones de libros refulgentes que, desde hace casi un siglo, ha puesto a su disposición el Fondo de Cultura Económica (FCE).

Los estados demoniacos —para estar a tono con las incontinencias verbales que en esta orilla del quinto infierno las megapacas espirituales regalan al precio más caro— juegan sudokus perversos a punta de comida rápida, virus y fosas comunes planetarias. Los estados nobles fundan editoriales como el FCE de Guatemala y sostienen proyectos arriesgados como su Librería Luis Cardoza y Aragón, que hoy, contra todos los vientos, contra todas las mareas, arriban a su primer cuarto de siglo de haber traído la luz esférica de, por ejemplo, Memorial de Sololá. Anales de los cakchiqueles. Título de los señores de Totonicapán; la única edición impecable de Viernes de Dolores de Miguel Ángel Asturias; Guatemala: las líneas de su mano y El río. Novelas de caballería de Cardoza y Aragón; La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca de Severo Martínez Peláez; Mascarón de proa de Roberto Díaz Castillo; En la mirilla del jaguar y Sumario del recuerdo. Memorias (1929-1981) de Margarita Carrera; y Escapando del fuego. Cómo un pastor ixil salvó a su pueblo durante la guerra civil de Guatemala de Tomás Guzaro y Terri Jacob McComb.

Para acelerar el deslave final selectivo, anunciado por Pink Floyd en el siglo XX como El corte final, lo único que le faltaba a un mundo como éste era el terrorismo pandémico y la actualización de sus viejos ensayos.

Con deslave o sin deslave, dentro de 25 años, cuando arribe a su primer medio siglo de fundación, el FCE (o su recuerdo) seguirá esperándolos «con los libros abiertos». 

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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