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Muere una mujer en Guatemala

Recordando a Paty Samayoa, con amor.

Emilie Teresa Smith

Me acuerdo de la curva de tu nariz, la curva de tu frente, la curva de tu sonrisa, regando amabilidad por donde caminabas. Paty, muchas veces te vi allá en el gimnasio del Maestro Jo, y salían palabras suaves, mientras yo, sentada, incómoda, impaciente, fuera de lugar, de mal humor, escribía en algún cuaderno, esperando que Margarita terminara su clase. O me desesperaba y bajaba uno, dos, tres tramos de escalera a la oscuridad de las calles peligrosas de la Zona Uno, a Las Cien Puertas por una chela entre los ex guerrilleros y aquellos bocones demasiado jóvenes – para volver, sin aire, casi corriendo, como a las nueve, para encontrarte allá, riendo y articulando algo con mi querida Margarita, algo bueno y restaurador en el medio del caos. ¿Tai Chi en el centro de la ciudad de Guatemala? Okey. ¿Por qué no?

Cuando Margarita me contó que habías muerto –asesinada– una mano fría abrió mi carne y recorrió mi corazón, y lo apretó hasta hacerme gritar. Y después –un silencio ahogado. Margarita no quería hablar sobre esto. ¿Qué decir de todos modos? Otra mujer querida asesinada en Guatemala. Un silencio con el peso de la desesperación, la impotencia, sin esperanza. ¿Acá y dónde más en el mundo?

Ayer Margarita me escribe, y mi corazón tiembla de nuevo: Sí, son dos años ya. La verdad es que aún no lo acepto. Desvío la mirada cada vez que paso por ese maldito lugar; de hecho, lo evito lo más posible. Ella me sonríe desde una foto que aún no guardo, que no guardaré por mucho tiempo, o jamás. Seguimos esperando que aparezca en la puerta del kwon. Tal vez no sea justo no dejarla descansar, si de verdad es descanso, pero los lazos son aún demasiados fuertes. El hecho terrible sigue rechazado, muy lejos del pensamiento consciente, no lo contemplamos. Esquivada su ausencia, aun está abierto su lugar entre nosotros.

Ay, querida Margarita, aquí estoy sentada con vos en la solemne quietud. No hay otra cosa que hacer.
La sangre de nuestras hermanas nos llama desde la tierra. La Tierra misma hecha gemidos de agonía.

Desde que el nombre de Beatriz fue marcado en mi pecho hace 30 años, no he tenido paz por ni un solo día, 30 años. ¡Rechazo la paz! Y no me importa. Y si ésta soy yo – y yo qué soy – ¿cuál es el peso total de la muerte en este lugar? ¿Cuál es el peso de la violación y el silencio, y la presión, más y más, y el hambre y la crueldad?

A pesar de todo, Paty, ni un pétalo de tu generosidad se perderá. Las reuniones de gente de las que vos y Margarita y las demás hablaban, pues ¡sucedieron! En la Reforma, en el Parque. Los ladrones viles, los asesinos, ¡hasta el Presidente mismo! están conociendo de corazón las paredes de la cárcel por dentro. Increíble, Paty, me imagino que no me creés. ¡Pero es cierto!

Con mucha tranquilidad, este día, que marca tu aniversario, busco estar sola, lo más pronto posible. Es inaguantable estar con gente, y es insoportable estar tan, tan lejos, y sin embargo, es bueno estar acá. No salí corriendo. Jamás te olvidaré. No me rindo. No nos rendimos, Paty.

Cuando sale por los medios que hoy te estamos conmemorando, Paty, tu tocaya, mi más querida Patti acá me dice: que su memoria se vuelva bendición. Es todo. Así es. Con el corazón roto, y furiosa, y luego aferrando lo bueno, al fin todo es una bendición, complicado, agudísimo, indeleble. Y es un compromiso de no descansar hasta ver la justicia.

Es una forma de luchar con paz.

ONE WOMAN’S DEATH IN GUATEMALA

Paty Samayoa remembered, with love.

I remember the curve of your nose, the curve of your brow, the curve of your smile, which scattered kindness before you. Paty, you were usually there at Maestro Ho’s gym, and if you were you always stopped, easy words slipping out, as I sat awkwardly, impatiently, out of place, out of sorts, scribbling in a notebook, waiting for Margarita to finish her class. Or if I gave up, and slipped down, one, two, three flights of dark stairs to the dangerous streets of Zone One, to the Cien Puertas, for a beer, among the ex-guerillas, and those loud ones who were much too young, and came back breathless, almost running, just around nine, I’d find you there, laughing, planning with my beloved Margarita, something good, and restorative, in the midst of chaos. Tai Chi – in the centre of Guatemala City? Along the main street. In the face of the assassins and the businessmen? Okay.

When Margarita told me you were dead – murdered dead – an icy hand opened me up and slid through into my heart, and squeezed it, until I cried out. And then – drowned silence. Margarita didn’t really want to talk about it. What was there to say, anyway? Another dead dear woman in Guatemala. Silence weighted with despair, with helplessness, with hopelessness. Here, and where else in the world?

Yesterday, Margarita writes to me, and my heart quakes again: Yes, two years now. Truth is, I still haven’t come to terms with it. I turn my face away every time I pass the cursed spot, in fact avoid it as much as possible. She smiles at me from a picture I haven’t put away and probably won’t for a long time, if ever. We keep expecting her to come through the door of the kwon. I guess it’s not right to not let her rest, if rest it is indeed, but the ties are still too strong. The dreadful fact is still rejected, far away from conscious thought, not to be considered. Her absence circumvented, her place among us still open.

Beloved Margarita, I sit with you in quiet solemnity. There is nothing left to do.

Our sisters’ blood calls out to us from the Earth. The Earth herself groans in agony.

Since Beatriz’ name was carved into my chest, I have not been at peace for one single day, and we’re 30 years on. I hereby refuse peace! And I don’t care. And if this is me – and really I am nothing – what is the total weight of death in this place? What is the weight of the violation, and the silence, and the pressing down, even harder, and the starvation and the cruelty?

Yet, Paty, not one petal of your kindness will be lost. And those gatherings that you and Margarita and the other women talked about, well, they happened, along the boulevard, and in the Square. The vile thieves and then the murderers, even the President(!) is pacing by heart the inside of the jail’s wall. Unbelievable, Paty, I bet you flat out don’t believe me! But it’s true.

Quietly, on this day, that marks your anniversary, I seek solitude, as quickly as I am able. It is unbearable to be with anyone at all, and it is unbearable to be so very far away, and yet it is good to be here. I did not flee, I will not forget, and I will not stand down. We will not, Paty

When the word on the wire goes out that this day we are remembering you Paty, your tocaya, my becoming-beloved Patti here whispers to me, may her memory be a blessing. That’s all. And so it is. Heartbreak, and fury, and then holding on to what is good, at last, a complicated, excruciating, indelible blessing. And a commitment to not resting before we see justice. A certain kind of fighting peace.

Emilie Teresa Smith
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