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México, de cerca, de lejos…

A André Breton

Luis Cardoza y Aragón

Luis Cardoza y Aragón publica el 19 de septiembre de 1936 en el periódico mexicano El Nacional la carta que le enviara a André Breton con su visión de lo que aquel México representaba para el surrealismo. Es el México postrevolucionario y con el icónico presidente Lázaro Cárdenas encabezando el país. Es el México con fuerza de volcán. Cardoza y Aragón dibuja un «perfil sin sombra» en su invitación a visitar México. André Breton no llegará sino hasta 1938. Esta carta también fue incluida en el libro Tierra de belleza convulsiva que recoge todas las colaboraciones de Cardoza y Aragón para El Nacional.
Julio C. Palencia.

El gran poeta francés André Breton me escribe pidiéndome una vista panorámica del arte entre nosotros y me dice de su inminente viaje a México y de su amor a esta tierra. Olvidemos los nombres, amigos europeos. Permitidme deciros algo del perfil sin sombra de México.

No me acostumbro a México; nunca establece rutina en mi. Todo es imprevisto y nuevo y permanente como el cielo. Su orden es renovado cada día y siempre con algo de inaudito. Con el agua del río de Heráclito por encima de los hombres, no soy el mismo nunca. No soy el mismo nunca, aunque quisiese serlo; me arrastra el impulso, los panoramas disueltos, y el río navega sobre playas móviles, a lo largo de sus largas riberas que flotan en su corriente antigua.

Y sin embargo, qué telúrica sensación de tierra firme. ¡Qué piramidal aplomo, qué sustentación admirable! Somos pasajeros y adioses a un tiempo; riveras vertiginosas y corrientes siempre sin sueño. Todo nuevo y diferente, precisamente por nuestro arraigo. El pie pisa la tierra, se olvida de ella cuando quiere y pequeñas alas metálicas, invisibles como llamas de agua, surgen en los talones invulnerables. Siento en las entrañas la vida pasada de México, como a veces siento mis entrañas sobre la piedra de sacrificios.

Lo maravilloso es tejido con la misma materia que los días, los segundos y los siglos de México. Su misteriosa substancia forma lodos con el trajín de nuestros zapatos. La mano está en la garra del árbol derribado que aprieta trozos de roca. ¡Cuántas mañanas no he sentido encontrarme muy lejos de la tierra firme y he gozado, con nostalgia de ahorcado, los remotos litorales que están al alcance de mi mano! Y es que México nos sobrepasa terriblemente, dolorosamente, infinitamente. Se experimenta, aún sin conocerlo, su turbadora presencia en el espacio. Se le adivina por el fervor que enciende, por la imantación que crea en el aire la imagen que de México nos forjamos, por lo que México es: superior a la exaltada imagen.

He aquí la tragedia del artista de México. Esta presencia acelerada, intensa, generadora de amor, buena conductora del amor y la poesía, destruyendo todas nuestras tentativas. Su más leve movimiento causa catástrofes inconscientes en nuestras construcciones. Su realidad, tan real y verdadera, nunca aparece suficientemente poética, es decir, suficientemente concreta. Lo que he escrito sobre México no es sino una lamentación. ¿Qué puedo deciros, André Bretón y amigos? Os respondo con palabras del Conde: «Venid a ver vosotros mismos, si no queréis creerme».

Estamos en la tierra de la belleza convulsiva, en la patria de los delirios comestibles. Nuestra poesía moderna, nuestra pintura, nuestras otras artes, sólo son todavía un testimonio hermoso de la superioridad del medio. La supremacía de nuestra naturaleza, de nuestro tiempo, de nuestra realidad indígena, es tan avasalladora y orgullosamente inclemente que nos ofrece hasta una nueva muerte distinta de las otras muertes. México tiene su muerte como tiene su vida diferente de las otras vidas. Si en otras regiones el arte se origina por temor a la muerte o como ritmo natural de vida, como nuestra respiración o nuestro pulso, en México la supremacía del medio lo engendra. Por ello, hasta ahora, carece de otro lenguaje que no sea el de su propia muerte, el de su lenta agonía sin término, el de su nueva, insoportable y dulce muerte que le da la impar muerte de México.

No hacemos sino morirnos, sino sacrificarnos ante una impasividad o un frenesí que nos domina, que se olvida de nosotros en el instante mismo, que nos quema sin huella de humo, de ceniza… Vertiginoso, con quietud de su movimiento dormido, arrullado por su misma celeridad, con blanca apariencia tranquila de rojo blanco
fuego: así está México, como un ídolo de radio y materias maravillosas, ensangrentado y en llamas, desollado perpetuamente en un gemido. ¿Qué recuerdo de su arte contemporáneo? La fuera imaginativa y creadora, la potencia expresiva de nuestras artes precortesianas, nos dan aún la imagen más exacta, perfecta y acabada. El
Museo Nacional no es sino un poco de toda esa limadura de prodigios de que está formado el subsuelo de México, el subcielo de nuestra familiar mitología cotidiana.

Desarraigados esos ídolos de sus templos y paisajes, mutilados por las picas, en un tiempo que les torna opacos y les pone pátina de necedad, para algunos cuantos guardan aún el inenarrable dominio que le es propio e irrenunciable: establecen, imperialmente, su propio tiempo, su propio espacio. Y nos pulverizan.

México es, poéticamente, como un inmenso parque teológico, con sus dioses sueltos, con sus fuerzas sueltas, siempre aclimatados y alertas. Las nubes se posan sobre los cerros y las plazas, sobre los techos y las manos, sobre los párpados y sobre el fondo de los lagos. Y los idolos y todos los generadores de amor y poesía saltan a su cielo. En ninguna parte tales expresiones pierden su dominio, su nobleza esbelta. Recuerdo dioses de otras tierras, cautivos en museos europeos, desaclimatados y en derrota, con pasividad de animales con entrañas de serrín o de paja, o, acaso, con vida humillada y vencida de animales degenerados en parques zoológicos…

Sería necesario, André Breton y amigos, que os enviase un poco de México mismo comprimido en una de esas piedras precortesianas, en uno de esos cielos petrificados. Aerolitos de una tierra inaudita, de una tierra de sueño. Así sentiriais, amigos de Europa, algo de la formidable fuerza catalítica, algo de su gravitación particular y de su perenne generación de amor. Por el fervor vuestro, por vuestra necesidad de pureza absoluta, por vuestra desesperación, todas estas calcinadas florestas de símbolos reverdecen con nuevos frutos dulcemente fisiológicos.

Nuestros árboles circulatorios, nuestros árboles nerviosos, son prolongación de esa fisiología incandescente. Ese mundo siempre insepulto, jamás olvidado y desaparecido, invisible como presente, y que da satisfacción al tacto, al diente y a la uña, tiene fisiología y suda nuestro sudor, orina, llora y escupe sangre. En las venas de las piedras, del aire, de la gran medusa desnuda y sin sombra de nuestra sensibilidad primitiva, se genera la misma sangre que engendra el prodigio perpetuo, que nunca forma sedimento y nunca cansa a los ojos asombrados perpetuamente.

Pocos hombres han sentido algo de este fervor, de esta pasión, de esta locura. Aquí lo primero que se ocurre es cerrar el paracaídas. D. H. Lawrence es uno de esos contados europeos que logró sentir esa levadura, esa pólvora. En uno de sus libros en que encontramos sus más grandes cualidades y sus más hermosos defectos, en un folletín lírico, hermoso e insoportable, en su «SERPIENTE EMPLUMADA», expresa algo de esta vida mítica y positiva, exacta y verdadera. Desde las riberas flotantes en que por México corre el río de Heráclito y otros ríos sin nombre, hemos visto pasar «El Barco Ebrio». Sobre él han venido los primeros descubridores de México. Pienso en Rimbaud y esos cantos maldoronianos que tanto se parecen a los delirios esculpidos por nuestros primitivos.

Odio lo que no es preciso y claro: lo antipoético. He necesitado de las matemáticas severas del idioma para bosquejar a México apresuradamente. Le he pesado sobre las alas de las mariposas. Por esa pasión de exactitud, por esa necesidad de lo concreto, se me tiene por surrealista en México. Llegué a esa necesidad y a esa pasión por mi concepto de poesía, por sufrimiento y desesperación ante la tragedia del artista en México: un árbol podado soñando con las flores de sus ramas.

Luis Cardoza Aragon

Hablamos de arte irracional e irreflexivo, automático y onírico, que no es sino pasión de exactitud, de justeza, de nítidez y de todo lo concreto. Amor de la realidad. Realismo y realidad son algo completamente diferente. Formé mi vocación estudiando «La Introducción al Método». Descartes es uno de los grandes precursores de la poesía contemporánea. Otro día buscaremos amigos entre los filósofos materialistas de Grecia.

Esto, y mucho más, quería deciros, amigos, acerca de México, yo que soy el más extranjero de los mexicanos, el más mexicano de los extranjeros. Mejor os lo dirá André Breton a su regreso, en ese libro que en México escribirá sobre sí mismo para mejor hablar de México; en ese libro en que nos hablará de México para darnos a conocer mejor el gran poeta que es André Breton.

Estamos en la tierra de la belleza convulsiva, en la patria de los delirios comestibles. Nuestra poesía moderna, nuestra pintura, nuestras otras artes, sólo son todavía un testimonio hermoso de la superioridad del medio.

 

Julio C. Palencia
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