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Machismo, mentira y desconfianza

Manuel R. Villacorta O.
manuelvillacorta@yahoo.com

Guatemala es sin duda uno de los países más incoherentes del mundo. Un país marcado por abismales diferencias. Un país en donde las fracturas históricas, políticas, económicas, sociales y culturales, crecen, se profundizan y nos separan a unos de otros con implacable inclemencia. En nuestra cultura nacional prevalece un machismo exacerbado (machismo que, curiosamente, avalan y apuntalan muchas mujeres).

Un hábito social consuetudinario es desacreditar, desinformar o criticar con perversa intención a cualquier persona, especialmente cuando esa persona concreta un triunfo, cuando alcanza el éxito o cuando se supera. En nuestra sociedad prevalece la envidia, cuyo efecto desastroso se asienta en la descalificación rutinaria. La hipocresía se ha convertido en práctica común. Y la mentira, esa terrible serpiente que anida en tantos, se ha instituido en una constante práctica cultural. Somos desconfiados; ya no creemos, de hecho, en nada ni en nadie.

Recuerdo haber leído a Krishnamurti con especial atención. Entre las extraordinarias interpretaciones que hizo sobre el ser humano y las sociedades de su tiempo, me impactó una en particular. Él expresó: “En el mundo actual, las diferencias humanas no se basan en ser rico o pobre, hombre o mujer, negro o blanco, católico o musulmán. La única diferencia que percibo se da entre dos tipos de personas: las que construyen y las que destruyen”.

En nuestro país, ciertamente, hay personas que construyen mientras otras no pierden oportunidad alguna para destruir. Creo, sin temor a equivocarme, que por haber favorecido voluntaria o involuntariamente esa práctica orientada hacia la destrucción, hoy prevalece en el país un expansivo sentimiento de frustración y desesperanza. Tendencia esta que ciertamente es global, al extremo de que Eduardo Punset ha denominado a este fenómeno como la cultura de la queja. Pero en Guatemala la queja parece haber llegado para quedarse.

¿Cómo contrarrestar esa cultura de la queja y la desesperanza? Compleja pregunta. Porque no basta una actitud personal o social. Implica la transformación estructural de nuestros deformes cimientos económicos, políticos y sociales. Propongo un tríptico que podría ser la respuesta que buscamos: 1. Una mejor educación para todos y por igual. 2. La instauración de un gobierno eficiente y responsable cuyo principal objetivo sea imponer la autoridad. 3. Constituir dentro de un solo ideal nuestro orgullo nacional. En resumen: educación, autoridad y orgullo nacional. Tres aspectos que de existir, ejercerlos y apuntalarlos, marcarían un cambio radical en nuestro modelo social.

En Guatemala abunda la protesta, pero escasea la propuesta. Creo, para terminar, que hemos carecido de liderazgos verdaderos. Un positivo liderazgo político, empresarial y académico. Apuntar al tríptico que propongo debería ser nuestro más inmediato objetivo, a menos que la innegable apatía social prevaleciente, ya sea un mal tan enraizado, que nos conduce a toda velocidad y sin retorno, hacia ese colapso que las minorías conscientes siempre quisimos evitar.

Manuel R. Villacorta O.
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