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Luz

Gerardo Guinea Diez
gguinea10@gmail.com

Casi siempre, el arte es una especie de artilugio que ilumina la nebulosa de la realidad. Nuestro día a día sería insoportable sin ella. La hospitalidad de la poesía, la novela, la música, la pintura, el cine, entre otros, opera de tal manera en nuestra conciencia que estamos dispuestos a aceptarla sin remilgos. El mundo es un caos y la razón se nos presenta poco convincente. Por ello, el arte es el fluir del río de la vida que nos salva de las circunstancias que nos obligan a cumplir con tediosas rutinas, con engorrosos trámites, soportar a nuestros jefes, pagar las deudas y digerir, no si una buena dosis de valentía, la nota roja de los periódicos o las calamidades de nuestra aldea o de la aldea global. Allí las cifras de las niñas embarazadas en Guatemala o las dantescas imágenes de los cientos de miles de personas huyendo de Afganistán, Irak y Siria hacia Europa.

Y en esa eterna lucha entre realidad y sueños, la humanidad se debate entre el disparate y los despropósitos de un modelo económico, social y político que nos lleva lenta e irreversiblemente al abismo y la creación de belleza. Rafael Cansinos-Asséns decía que “hay demasiada belleza en el mundo”, lo que nunca supo es cómo sería el futuro, convertido en este hoy tan dado a la incordia.

Por ello, las diferentes formas del arte constituyen un salvavidas, una luz de esperanza, casi una redención humana. Borges lo advirtió en el lejano 1967 en las conferencias que dio en la Universidad de Harvard: “lo sugerido es mucho más efectivo que lo explícito”. Esa breve línea explica por qué una novela o un libro de poemas, por ejemplo, nos abren a la posibilidad de comprender que la humanidad seguirá embarcada en ese viaje, ya no sólo por crear belleza, sino por una apuesta más fundamental: la alzadura de la esencia ética y moral a la que nos debemos.

En estos días, leí el último tomo de las memorias del escritor húngaro Sándor Márai. Protagonista y víctima de la Primera y Segunda Guerra Mundial, en 1948 inició un largo exilio que terminaría algunos años después en San Diego, California. Ya no vería el mundo post Guerra Fría, pero su mirada es la misma: la lucha por la decencia. De igual modo me ocurrió con la película “Ida”, de Pavel Pawlikowski, ganadora del Oscar en 2013. Me recordó la exposición en marzo de Henri Cartier-Bresson en Bellas Artes, en México. En “Ida” se sintetiza con maestría el confuso y oscuro mundo que nos rodea y eso sólo está al alcance de unos pocos, por supuesto, Cartier-Bresson y Pawlikowski. En las imágenes, en blanco y negro, hay una obviedad simple, que lo dice todo.

Ahora, que pasamos de la tragedia de un gobierno que cayó por la presión popular a una posible puesta en escena de una comedia, pienso en Chaplin, Cantinflas, el corrosivo humor de Monterroso y en Rabelais, Bajtin y sus estudios de la cultura cómica popular de la Edad Media y el Renacimiento. Me asalta la sospecha y el miedo. Más sano será buscar la luz, la luz de la poesía en la Oda de Brunanburh, escrita en el siglo X y que, según Borges, el autor llama al sol: “brillante candela de Dios”.

Gerardo Guinea Diez
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