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Lleva un plato con sus propios ojos.

Está en altar mayor de la iglesia del barrio Santa Lucía, ahí donde pasaba el desagüe principal de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala a flor del suelo.

Ante Lucía recibí la primera comunión a la edad de siete años cuando todavía creía que dios era el eterno creador de todas las cosas. Esa idea me la hicieron memorizar hasta que, poco a poco, se fue convirtiendo en una definición incontestable de mi condición humana: yo también era una cosa.

Lucía me miraba orgullosa con sus nuevos ojos, pero los del plato intuían mi incredulidad a tanta mentira católica y la nausea me hizo vomitar la hostia; el cuerpo de Cristo, había dicho el sacerdote.

La catequista se tapó la vergüeza con la madrileña.

Era la segunda vez que pasaba el exámen de catesismo pues el primero lo reprobé al tratar de comprender por qué dios estaba en todas partes, espiándome para condenarme al infierno a cada mal paso que diera. No le gustó ni al sacerdote ni a la catequista que estuvieron de acuerdo en que debía esperar hasta cuando el grupo siguiente estuviera listo para recibir al Señor en sus corazones.

Entré en la casa de tablas y cartones con el deseo de echarme a llorar en los brazos de mi mamá, pero ella estaba tan contenta porque su hijo iba a recibir la comunión y ya había gastado sus pobres economías en candelas, pino para esconder el piso de tierra y me mostraba con orgullo el trajecito negro con el que haría entrar a Cristo en la casa.

-No voy a comulgar el domingo, me dejaron para la próxima vez.-

Fue ella la que me abrazó y me dijo que saldría a vender el pino y que el tacuchito esperaría en el ropero.

Yo me acostumbré a oír misa en la iglesia del barrio; Santa Lucía me gustaba con sus ojos nuevos en un rostro de mirada despistada. Tiene el cuerpo ligeramente de lado como si quisiera salirse de su jaula de vidrio en el mismo momento en el que yo entro y prefiere quedarse ahí mirándome.

Esa mirada es para mí y, cada vez que entro a visitarla siento que Lucía me quiere a su lado y, a mis siete años, no comprendo ese sentimiento que crece en la cabeza, baja por el corazón y se instala en medio de las piernas, y no son ganas de orinar.

Al vomitar la hostia ese domingo de Candelaria no era Lucía la que atiraba la atención de los fieles sino la Inmaculada Concepción que saldría en procesión de razado por las calles de la Antigua, pero la Concepción es demasido gorda y tiene los cachetes pintados de un rosado tan intenso que se me figuara a las señoritas sentadas a la puerta de la cantina del barrio, muy cerca de la iglesia.

De Lucía no tengo ningún temor porque se parece tanto a la nueva maestra de la escuela y yo quiero estar en su clase. La nueva maestra se llama Corina y todos los días llega vestida de negro; su mamá acaba de fallecer, oí que comentaban otra de las maestras viejas y regañonas y gordas y olorosas a los polvos que se echan en la cara.

Corina es natural como Lucía: tienen el color de la piel como el de las rosas que nacieron en la mañana con gotas de rocío en los pétalos tiernos y el aroma de la virginidad, así lo siento aunque todavía no sepa que es la virginidad porque la catequista me dijo que me callara cuando le pregunté por qué se llamaba Virgen María la madre de Jesús.

La palabra virgen también la oí al interior de las conversaciones de las maestras gordas y polvorosas; estaban criticando a Corina y no se dieron cuenta que yo me había quedado en el aula trantado de compreder el uso del diccionario.

Los años pasaron. Yo pasé 5 años en la clase de Corina hasta que su imagen se me grabó en el espacio reservado a los amores imposibles compartiendo con Lucía mis noches de soledad intensa cuando solamente ellas logran consolarme.

El tren entró en la estación terminal de Venecia: Santa Lucía.

No quise darle importancia a la emoción que me causaba ese nombre de estación ferroviaria: Santa Lucía como el nombre del barrio donde pasé la niñez y la adolescencia.

Y de pronto estoy frente a una iglesia con un letrero que anunciando que ahí reposan los resto de Santa Lucía.

Me apresuro a la entrada. Está cerrada y unas mujeres que adivino argentinas dicen que van a rezar desde afuera que sus plegarias entrarán hasta Santa Lucía.

No me causa ningún contradicción no entra a visitar a Lucía, ahora sé donde está y no me iré de Venecia sin saludarla de cerca.

Con la primeras campanadas del domingo me levanto, desayuno y salgo para mi cita con Lucía; la iglesia está ocupada por la misa y el paso para saludar a Lucía está vedado por un guardían celoso de que los amores de Lucía provoquen tentaciones en la feligresía pero el cura despide la asamblea y el guardián desengancha la cuerda roja que impide el paso y me hace señas para que me acerque y, ya a su lado, me muestra la flecha que indica el camino para llegar al lado de Lucía.

Lucía esta acostada vestida de rojo y una máscara dorada como durante el carnaval, sus manos entrelazadas y los píes descalzos es lo único que le veo. No sé que decirle porque no sabía dónde estaba. Me da pena decirle que llegué a Venecia por sus canales, góndolas y otras atracciones turísticas; menos por Ella. Estoy frente a Ella por pura casualidad y eso me causa el temor de haberla olvidado y olviadado tambíén a Corina.

-Hoy no- le digo apresurado por un grupo de señoras envueltas en vestidos negros que me empujan para que les deje con Lucía y yo soy incapaz de gritarles que ella es mi Lucía.

Entro en un restaurante y pido una pizza. La mujer que me toma el pedido me mira con sus ojos negros y profundos y, mientras toma nota, yo la observo y sus mejillas se irisan de rosas nacidas esa misma mañana.

Por la hora temprana para comer pizzas estoy solo en le restaurante y, ella con los brazos cruzados sobre el bar observa el paso de los turistas en la calle que va a Santa Lucía, ya sea a la estación de trenes o a la iglesia.

-Esa mirada negra perdida en el vacío es la del amor que se hizo ayer- me digo-.

Lucía fue así, pienso, bella y enamorada y con ese caminar silencioso como flotando para no dañarse los pies descalzos que se conjugaban con sus ojos de diosa para crear los más bellos versos venecianos.

Hundido en la soledad no me doy cuenta que, ella, se acerca a la mesa y me pide que separe el servicio porque va a servirme: lleva un plato con una pizza.

Autor: Jorge Guerra

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