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Los tragos como la poesía se beben con los ojos cerrados, en caballitos de cartón

Juan Calles

caballitosEntré a mi cantina favorita, pedí lo de siempre, un octavo y una mineral. Mientras esperaba mi pedido saqué el libro de la mochila, lo coloqué sobre la mesa y empecé a buscar los lentes que uso para leer. La mochila luego de una semana de idas y venidas se convierte en un pequeño y profundo universo, es difícil encontrar lo que buscás. Doña Silvia se acercó a mi mesa con un azafate colmado de felicidad, además de lo solicitado llevaba dos pequeños platos rebosantes de tiras y picado de rábano. Mientras colocaba todo sobre la mesa yo seguía buscando mis lentes; vio el libro y me preguntó que leía. Doña Silvia sin saber me había pellizcado el cerebelo, allí mismo me lancé a hacerle una reseña hablada.

Palabras más, palabras menos, le comenté que éste era un libro que me había negado a leer durante mucho tiempo pues había oído demasiadas cosas buenas de él, lo cual es sospechoso, le dije que el titulo me parecía insípido, que no llamaba a la lectura; pero que ahora después de leerlo una vez, sentía la necesidad de desmenuzarlo, letra a letra, línea a línea, hoja a hoja, armarlo y desarmarlo, que después de eso yo le iba a poder decir con más claridad y exactitud que estaba leyendo. Doña Silvia se alejó diciendo entre risas, “Eso quiere decir que hoy se zumba un su pulmón”

Serví el primer trago y antes de engullirlo abrí una página al azar, leí un verso, volví a leer; bebí todo el contenido del vaso, me raspó la garganta, el texto y el guaro, “Sólo miradas a punto de reventar de vacío” el verso se me repetía en forma de eco silencioso. Mientras me servía otro trago levanté la vista, las mesas vacías, los vasos vacíos, las vidas vacías, todo en esa cantina estaba vacío, solo estaba yo mi trago y mi libro, ¿estaremos vacíos?

Antes de beber otra vez, hice una anotación: Este libro no se puede leer como poemas desconectados uno del otro, todos los poemas son parte de un todo, es imposible separar o leer de forma independiente uno del otro. Así que me discipliné y mientras destripaba la mitad de un limón sobre mi vaso busqué la primera página.

Inicié a leer atento y con atención, imaginando entonaciones, al fondo sonaba una vieja canción ranchera en la que se afirma que la vida no vale nada, me concentré de nuevo en el libro y leí a placer. Encontré textos cortos y certeros que me dejaban un sabor de Pizarnik en la boca, un poeta encerrado en su tristeza en su desánimo y neciamente lo restriega por varias páginas. Sin embargo, luego de algunas páginas y tragos pude encontrar textos animosos e inteligentes que hicieron agradable el final del primer octavo.

Le hice una señal con el brazo extendido a Doña Silvia, ella entendió y con otra señal me dijo que pronto me llevaría otra bandeja llena de estupefacientes para el alma, satisfecho con la respuesta muda de Doña Silvia, regresé al libro, al dar vuelta a la página encontré un poema que encajaba perfecto con mi entorno momentáneo, me pareció que estaba hecho para el momento.

No tengo bar
Ni tengo esquina…
Mi propio recipiente anda sin corcho
Oreándose
Destilándose
Y en su fermento
Moneda tras moneda
Resbalando
En una canción de Cuco Sánchez.

Mientras me colocaban las viandas y las bebidas en la mesa, Doña Silvia volvió a la carga con sus preguntas generadoras, ¿Qué tipo de poeta escribe un libro como este? Preguntó tomando el libro como quien toma un roedor por la cola, me miró esperando esta vez una respuesta concreta, esclarecedora. Yo con ínfulas de conocedor me levanté los lentes y los coloqué sobre la frente para verle a los ojos. Paolo Guinea es un poeta impetuoso, con un lenguaje muy amplio, que sabe trabajar con la palabra, habla de lo que pasa frente a su ventana, lo convierte en versos y los publica en este libro. Doña Silvia dejó el libro sobre la mesa como librándose de un estorbo y se alejó murmurando “Se ha de querer mucho a él mismo ¿tiene miedo de salir a la calle?” no le pude responder, estaba muy ocupado sirviendo otro.

En la siguiente media hora me alegró encontrar preguntas, me alegró encontrar reflexiones sobre la poesía, en dónde se nota el ejercicio de hacer poesía, que más que escribir es escuchar y observar. En la página 66 me topé con estas letras “Deja a la poesía./ Que sea capaz de cruzar los ojos sin su calle/ de mentir con la verdad y desmantelarse a sí misma.” Mientras me empinaba un trago más me agradó leer poesía sobre poesía y sentir que el autor está siendo sincero.

Ya los últimos poemas presumen títulos, y se rompe a pedazos mi afirmación inicial, lo de ser un todo, pero me niego a borrarlo, me niego para no mentir, eso pensé a la primera lectura, si el autor decidió romper la armonía de su propio libro no es mi responsabilidad. Otra anotación, los títulos no le hacen bien a los poemas de Guinea, parecen ser elegidos por alguien más, por alguien que no puso atención al texto. Los ignoraré, leeré obviando los títulos, los poemas son buenos.

Doña Silvia empieza a colocar los bancos sobre las mesas, apaga las luces, coloca trastos en su lugar, bajar volumen a las viejas rancheras, ¿Cuánto le debo Doña Silvia? Me dice una cantidad agregando un ruego, déjelo sobre la prensa por favor; obedezco, dejo el pago y el libro sobre la prensa vieja y arrugada. Al alejarme veo el libro triste y solo, su portada lista para dar de coces, lo dejo esperando que encuentre mejores manos, mejores ojos y una mente lista para encontrarle sentido a esas palabras que me parecen renacuajos buscando abrigo; para el próximo libro ya serán anfibios. Para el próximo viernes espero que Doña Silvia me dicte una reseña o me sirva el libro en tiras o en picado de buche.

Fuente: http://lahora.gt/los-tragos-como-la-poesia-se-beben-con-los-ojos-cerrados-en-caballitos-de-carton/

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