Danilo Santos
“Prejuzgar consiste en establecer conclusiones antes de poseer un conocimiento cabal o fundado del asunto que se juzga, y en mantenerlas además obstinadamente frente a posibles pruebas en contra”.
El primer elemento del prejuicio es la precipitación, el segundo la antirazón, y el tercero es una manifestación psicológica de rechazo. El auténtico prejuicio aflora cuando la estructura de creencias que se tiene es cerrada, conservadora, y en consecuencia la concepción del mundo es pequeña y obturada. El prejuicio sirve para conservar los intereses individuales y de grupo, por eso la ferocidad en mantenerlos. Escoja el lector ejemplos de la vida real en sus trabajos, gobiernos y el concierto de las naciones; especialmente en las guerras que acontecen actualmente.
Los prejuiciosos economizan neuronas porque no se dan a la tarea de entender su entorno y a los demás, normalmente tienen una misma respuesta para todo, y claro, en dicha respuesta la razón es propiedad de ellos, de nadie más. Aplica para el folclore de la política guatemalteca, pero también para los que tienen al mundo de cabeza.
Los prejuiciosos son gente «simple», desabrida y sin recursos, sin creatividad, pero con mucho cinismo. Entonces, ¡oh! paradoja, conocen pobremente la realidad, pero el prejuicio les facilita su manejo. Para ellos todo es fácil… y nada, nunca, es su responsabilidad.
El conocimiento es un lujo peligroso, porque el prejuicioso sabe todo de todo, y conocer puede cambiar todo su mundo, por lo que no hay que esforzarse en comprender o razonar. Los prejuiciosos son sabiondos de pacotilla. Contradecirlos es estar en su contra.
Los prejuiciosos tienen vocación, son adictos a ver la paja en el ojo ajeno, inmediatamente atribuye rasgos hiper-negativos al adversario para justificar la hostilidad hacia él. Al final, vencido el oponente, la aparente hostilidad se transforma en magnánima justicia imperiosa. El viejo juego occidental de buenos contra malos, y de ser piadosos con los malos cuando han sido vencidos.
Sin embargo, lo que realmente alimenta al prejuicioso, su obstinación, abuso, control y hostilidad, es la legitimación de sus privilegios o sus delirios.
Ay, ay, ay, entonces que el Ajau nos libre de un prejuicioso con poder, porque no compartir la razón del poderoso prejuicioso resulta incómodo para nosotros, nos pone en la mira, nos hace incómodos y rebeldes. Compartir los prejuicios del poderoso nos hace ser parte de las opiniones «sabias», «fuertes», «correctas». Compartir los prejuicios del poderoso nos acerca, nos afilia, y nos da una sensación de seguridad y respaldo.
Pero si el Ajau no nos libra, sino que nos pone al tiro, ni modo, habrá que afilar las ideas y aceitar la cintura contra el filo de las lenguas, los elegidos en las urnas y los misiles.
Los prejuiciosos economizan neuronas porque no se dan a la tarea de entender su entorno y a los demás, normalmente tienen una misma respuesta para todo, y claro, en dicha respuesta la razón es propiedad de ellos, de nadie más. Aplica para el folclore de la política guatemalteca, pero también para los que tienen al mundo de cabeza.
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