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Manolo Vela Castañeda
manolo.vela@ibero.mx 

No somos más que el espacio que –en este preciso momento– ocupamos. Siento decepcionarlos amigos, pero no hay mucho más que eso. 

Edelberto Torres-Rivas se ha ido para siempre, y en esta breve pieza quisiera rendir homenaje a esas cosas, pocas, que hacían parte de su universo: los objetos de don Edelberto.

En una de las paredes de la sala de su departamento se halla un dibujo a tinta, en el que puede verse la secuencia –de derecha a izquierda– de un perro negro, macabro, rabioso, en cuatro momentos. En el último de ellos, en la parte izquierda, el perro pareciera desvanecerse y vomitar una paloma blanca. Siempre pensaba que la secuencia podía invertirse, y ver cómo el perro engulle de nuevo, en cualquier tiempo y lugar, la paz, representada por el artista, en esa ave blanca. Este fue uno de los primeros trabajos –en formato panorámico– de Sebastian Sarti, dibujante guatemalteco basado en Francia. 

A la par de ese cuadro se halla una repisa que contiene el que quizá sea el único “adorno” que Edelberto tenía en su departamento: un pequeño Maximón, elaborado por Juan Pensamiento Velasco. Todo empezó cuando, para un convivio, Edelberto se disfrazó del “guardián protector”. Sentado muy derecho en una silla, el profesor lucía de traje, sombrero, corbata, y lentes oscuros; un puro en la boca y una serie de pañuelos multicolores remataban su atuendo. Él escuchaba con atención las intenciones de los invitados, que le dejaban, como ofrenda, octavos, cigarros y billetes. Días después, Edelberto contaba que, como el bigote se lo había hecho con marcador indeleble, al día siguiente, que salía de viaje, se vio obligado a mantener el estilo. Y así, después del convivio, el Maximoncito de Juan Pensamiento llegó, como regalo de sus compañeros de trabajo, el equipo del “Informe de desarrollo humano” del PNUD, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Los cuadros de enfrente del dibujo del “perro rabioso que escupe la paz”, en la otra pared de la sala, son dos acuarelas abstractas de Jean Michel Guezennec, el pintor nacido en Malí, y que hizo de Guatemala su país. La forma en que en estas dos piezas se maneja la luz, el color y las diversas capas de transparencia, hacen que siempre fuera difícil verlas una sola vez.

“Edelbertito mijo”, es una marioneta que representa a Edelberto. Fue el regalo de ochenta años de Ana María, su compañera en este tramo de la vida. Verónica Giracca, la artista que la elaboró, aprovechó una reunión social para, en secreto, tomarle fotos a Edelberto. De esa sesión –encubierta– de fotos reunió la materia prima para confeccionar la ropa, y la cara de la figurilla, que previamente fue modelada en plasticina. “Edelbertito mijo” viste pantalón café y camisa blanca, con lentes, barba y pelo en color gris; en la mano derecha sostiene un bolígrafo, y en la izquierda un ejemplar de elPeriódico. El nombre fue ideado por Edelberto mismo, en recuerdo de cuando doña Marta, su mamá, le llamaba: “Edelbertito mijo”; para distinguirlo de “Edelberto padre”. La marioneta siempre ha tenido un lugar especial en una de las esquinas de la CasAzul, el pequeño refugio que, junto a Ana María, construyeron hacia 2015. 

En la pared que va de la sala a la cocina, en una pequeña repisa colocada en la pared, se halla una colección de octavos: “Caña Real”, “Chaparrita”, “Cóndor”, “Golazo”, el anisado dulce “Guaca”, “Quetzalteca”, “Kuto”, “Predilecto”, “Troika”, “Tucán”, “Venado”. Se trató, también, de un regalo de Ana María para otro cumpleaños.  

En la sala del departamento hay un conjunto de pequeñas mesas en las que Edelberto iba poniendo las “novedades”: papeles, artículos, periódicos, revistas, y libros, que a Edelberto le llevaban, o que él mismo se compraba. Siempre en constante actualización, estas mesas eran como ver la mesa de novedades de cualquier librería. 

En el jardín de la CasAzul, en San Pedro Las Huertas, todas las tardes tenía lugar un espectáculo singular: el baño de los zanates. Edelberto los miraba sentado en la mesa donde tenía su computadora; y comentaba con Ana María cuántos pájaros estaban haciendo fila para entrar al apaste de agua a tomar su baño, de cómo estos animales no podían compartir ese ritual, sino que tenían que hacerlo uno por uno. Se maravillaba al ver cómo los zanates se acicalaban, se peleaban entre ellos, a la vez que bailaban, se paseaban, cantaban y reían.  

Al final del tiempo Edelberto dejó de usar saco y corbata, y entonces se mandó a hacer unas camisas blancas –cinco, una para cada día de la semana– que tenían un tejido con diseños mayas en la parte de enmedio, junto a los botones. En adelante, estas camisas y unos chalecos hicieron parte de su indumentaria. 

Edelberto era un hombre austero. Ni taza ni cafetera especial para el café de las mañanas, ni vaso especial para las maltas, ni bolígrafos caros, para él un lapicero BIC era más que suficiente, ni reloj caro, el que usaba se lo habían regalado en un evento académico. Todo lo que le regalaban a él volvía a regalarlo, incluyendo los libros, los que dedicaba, y allí se iban, de regreso. Los reconocimientos, medallas y diplomas que le fueron otorgados, los guardaba en cajas y ya nadie volvía a saber de ellos nunca más. La única excepción fue el diploma que, en julio de 2017, le entregó un grupo de jóvenes de la Asociación de Estudiantes de Ciencia Política. Ese diploma siempre lo tuvo cerca, en alguna de las mesas de novedades, y después, en su escritorio. Le entusiasmaba saber que era apreciado por las generaciones de jóvenes que leerían sus textos buscando en ellos las claves para seguir interpretando a la sociedad guatemalteca. 

Edelberto se ha ido para siempre. Con nosotros dejó un extenso legado intelectual, su obra. Con él desaparece uno de los últimos grandes intelectuales guatemaltecos del siglo veinte; pero también una pluma que sabía ejercer el periodismo para traducir la reflexión sociológica e histórica, a un público más amplio. Más allá de estos grandes aportes queda con nosotros el recuerdo de su dignidad, de su inmensa fuerza, física y ética, esa particular alegría de vivir y la honestidad de decir lo que pensaba.

Edelberto era un hombre austero. Ni taza ni cafetera especial para el café de las mañanas, ni vaso especial para las maltas, ni bolígrafos caros, para él un lapicero BIC era más que suficiente, ni reloj caro, el que usaba se lo habían regalado en un evento académico.

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Manolo E. Vela Castañeda

Doctor en Ciencia Social con especialidad en Sociología por El Colegio de México. Es profesor investigador del Departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana, Ciudad de México. Ganador del Premio 2009 Academia Mexicana de Ciencias a la mejor tesis de doctorado. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México.
Manolo E. Vela Castañeda
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