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Mario Roberto Morales

El formidable cuanto vigente escritor satírico estadunidense H.L. Mencken, dejó dicho que “La democracia es la teoría que asegura que la gente común sabe lo que quiere, y merece recibirlo bien y duro”. Con lo que decía que el mito sobre el que se asienta la por casi nadie discutida democracia es el que reza que las mayorías tienen la razón (Vox populi vox Dei), aunque se sepa que, por ser víctimas de esa “democracia”, las mayorías estén sumidas en la ignorancia y la miseria, como en Guatemala.

Hoy, frente a las técnicas de manipulación mediática interconectada y la financiación del capital especulativo global (Soros) a los movimientos “populares” y “de izquierda”, el mito de que “la voz del pueblo es la voz de Dios” está en total bancarrota, al extremo de que el capital financiero es capaz de montar revoluciones de colores para hacer creer a los manipulados que un “pueblo” es capaz de derrocar presidentes a los que previamente ese capital ―que se da el lujo de financiar su propia “oposición”― les ha perpetrado golpes de Estado blandos en nombre de la “lucha contra la corrupción”, por medio de la guerra legalista o lawfare. ¿Ejemplos? Guatemala, Argentina, Ecuador, Brasil, Bolivia, Estados Unidos…

Por algo parecido, también dijo Mencken que “Dar a cada persona un voto no ha hecho a la gente más sabia y libre de lo que el cristianismo la ha hecho buena”. Queriendo decir que la coherencia de una doctrina no asegura la de quienes dicen seguirla, y que una cosa es la ideología y otra a menudo muy distinta es la práctica de ella, aunque haya excepciones honrosas que confirmen la regla, como por ejemplo Mandela, Arévalo y Arbenz frente a Hitler, Jimmy y Giammattei. Los primeros son estadistas éticos y los segundos son demagogos, entendiendo por demagogo lo mismo que entiende Mencken: “Alguien que predica doctrinas que sabe que son falsas a hombres que sabe que son idiotas”. Esta definición caracteriza a los políticos como cínicos, lo cual se acentúa en esta otra noción al respecto de estos resbalosos personajes: “Un político profesional es un hombre profesionalmente deshonesto, pues para lograr acercarse a las altas esferas tiene que hacer tantos compromisos y asumir tantas humillaciones, que se convierte en algo nada distinto a una prostituta”. De mi parte, sin ofender a las prostitutas, por las que profeso un sincero y hondo respeto. Y sin olvidar que prostituirse (no sólo en lo sexual) implica, por razones de trabajo, asumir un comportamiento hipócrita.

Pero políticos no son sólo los que controlan el Estado. También lo son quienes lo impugnan siguiendo sus reglas de juego. Y desde que el capital especulativo transnacional financia tanto al Estado como a su oposición por medio de préstamos, donaciones y oenegismos corruptores de la “sociedad civil”, a los políticos de oposición permitida les son aplicables también los sagaces conceptos de Mencken respecto de la democracia, pues ambos bandos la enarbolan. Unos para defender el statu quo y los otros para impugnarlo en nombre del “pueblo”, la “verdadera” democracia y hasta la “utopía del bienestar colectivo”.

Por ello, para formar una oposición popular transformadora, debemos partir, con Mencken, de que “El gobierno es demasiado importante para dejarlo en manos de los políticos”. Y de que “Un buen político [profesional] es tan impensable como un ladrón honesto”. No importa si es de la oposición oficial o de la “rebelde” financiada por Soros. Ambas sirven al mismo sistema.

Publicado el 16/12/2020 en elPeriódico

Fuente: [www.mariorobertomorales.info]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Mario Roberto Morales
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