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Libros

Gerardo Guinea Diez

El libro, más que una palabra cargada de múltiples connotaciones, es un universo, una crónica de episodios que se reiteran según cada escritor. Un deseo secreto por reducir la trama de la vida a una simplicidad numerable y permanente.

En ellos encontramos los dramas de siempre: la bondad mal retribuida, la avaricia, la astucia o el heroísmo. Con dolor o alegría, los libros nos han hecho creer que existe Santa María, ese pueblo que salió de la imaginación de Onetti. También, Comala de Rulfo o Macondo de García Márquez. Con los años he llegado a una, no sé si certeza o convicción: los escritores son mensajeros de una Arcadia anárquica y explosiva, según Alejandro Rossi.

Hay una especie de esencialidad que me acompaña desde hace muchos años: vivo en y por los libros. Esta confesión no es motivada por una piedad consigo mismo, más bien es un ritual de gratitud hacia escritores, editores, litógrafos, lectores.

Así, con alguna frecuencia me asalta una idea: la incertidumbre que hay en todo ello. En mi caso, soy lector, editor y escritor de libros. Como un arlequín, siento que el libro es un destino personal inescrutable, que gobierna mi existencia, aunque la afirmación contenga algo de exageración.

En casi 22 años, con el equipo de Magna Terra, hemos editado alrededor de mil 900 títulos. Para decirlo brevemente, miles de páginas de textos de todas las disciplinas humanísticas. De algunos poseo un borroso recuerdo, de otros, los más nuevos, disfruto ese olor particular que poseen las páginas no leídas aún y la ilusión de quien aspira a darnos un mundo límpido de historias.

Y es aquí cuando la incertidumbre muta es certeza. Porque, como editor, soñamos que vendrán los mecenas o que las instituciones, por fin, impulsen una política cultural de Estado y se cree un sistema nacional de creadores.

Por supuesto, dura poco el sueño y la realidad regresa intacta, tal y como es, para recordarnos que debemos atender las deudas, las dificultades y que los recursos son escasos ante la demanda de muchos escritores.

Hay una especie de esencialidad que me acompaña desde hace muchos años: vivo en y por los libros. Esta confesión no es motivada por una piedad consigo mismo, más bien es un ritual de gratitud hacia escritores, editores, litógrafos, lectores.

Entonces, esa idea de incertidumbre se cristaliza en los ingenuos empeños por escribir, poesía, cuento o novelas. Muchos saben que publicar en Centroamérica es como quedarse inédito. Hacerlo es ir a contrapelo de lo que realmente importa. Las grandes editoriales que tienen presencia en el país publican, siendo optimista, dos o tres títulos al año y las ediciones solo circulan en el nivel local. Es más, mucha gente ve a los escritores como miembros de alguna secta erótica o como seres excéntricos y atrabiliarios. A pesar de ello, cuántos poetas o novelistas pasan cuatro, cinco o más años dedicados a un libro.

De mis tres oficios, el que más disfruto es el de lector, porque sé que la vida es una trama de imprevistos, casualidades y caminos paralelos. En un libro están una realidad cargada de esperanzas y heroicas renuncias. Es un rito de soledad para convocar ideas milagreras y ahuyentar que somos hijos del miedo y la imaginación. Es, lo acepto, un ir y venir entre una racionalidad fría y una honda conciencia sobre la precariedad del presente; es, en suma, soñar y rectificar, pero que tiene un aire de pirado, como Cervantes.

Fuente: [http://www.s21.gt/2016/04/libros/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Gerardo Guinea Diez
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