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Las trampas del adjetivo

Gerardo Guinea Diez

De por sí, las palabras son inertes. No poseen significado si se escriben o se pronuncian de modo aislado a un sentido, a una idea o cuando se desea que expresen más de lo que expresan. Por lo general, quienes tienen más éxito en esa empresa son los escritores. Convierten simples letras en hermosas sonoridades, se pelean con la sintaxis y nos regresan algo mejor que la misma realidad, en pocas palabras, generan belleza. Incluso, en los temas más áridos, como la filosofía, es innegable el descubrimiento de cierta gracia en la prosa de María Zambrano o los retratos de un instante de Francisco Umbral. En fin, ejemplos sobran en ese sentido.

Y todo ello viene a cuento, porque la semana pasada se instaló una comisión para impulsar la “Política criminal democrática”, misma que promueven diferentes instituciones del Estado. Hasta donde se puede leer, no tiene nada de particular, si se tiene en cuenta lo malo que pueden ser las cifras que de enero a mediados de abril, ofrecen la Policía Nacional Civil y la Procuraduría de los Derechos Humanos. Y es que la información para nada posee rasgos literarios, salvo, por supuesto, como material para alimentar un género: el policíaco.

Así, no es difícil imaginar el yerro múltiple en esa definición. Es decir, cómo es posible que exista una “política criminal”y, además, con el adjetivo: “democrática”. No es necesaria demasiada perspicacia para llegar a una notable conclusión: los promotores quisieron decir otra cosa, y la errata es más bien conceptual, porque la intención es recalcar una política contra el crimen, sin adjetivos y haciendo énfasis en el respeto de ciertos procedimientos, reconocidos ahora en la mayoría de legislación internacional. Y no podría ser de otro modo, cuando en el lapso en cuestión, se contabilizan más de 10 mil delitos y por arriba de 19 mil capturas. En promedio, 80 delitos diarios. Un paseo por la nota roja de los diarios corrobora esas cifras y lo dantesca que puede llegar a ser la cotidianidad.

Pero, volviendo al lenguaje y sus infinitas posibilidades, esa equívoca adjetivación no crea belleza, sino un embarazoso error, algo que me recuerda a Carlos López, Premio Nacional de Literatura y director de Editorial Praxis, en México, quien ahora sufre de quebrantos de salud y requiere de mucha solidaridad. López lleva décadas editando a poetas y en sus reconocidos saberes, se ha vuelto uno de los principales cazadores de erratas. Sus libros Helarte de la errata, Solo la errata permanece y El que a yerro, son una delicia de ejemplos de cómo podemos empantanarnos en significados contrarios a lo que se quiso decir o escribir. Detalla en estos hermosos libros los errores más frecuentes atribuidos a tipógrafos o a traductores. Como el caso de cambiar El Arca de Noé por el “Arpa de Noé” y que un sabiondo corrector con una gran cultura bíblica convirtió en “Arpa de David”.

Sin advertirlo ni pretenderlo, los promotores de esta comisión, se dejaron subyugar por lo inerte de ciertas palabras y crearon algo contrario a sus propósitos. Bien lo dice Juan José Arreola a Fernando del Paso: la pasión anima las palabras, “las incluye en el arrebato del espíritu”. Claro, aquí no es el caso, porque es una definición más bien arrebatada, por no decir, un galimatías en toda regla.

Y no podría ser de otro modo, cuando en el lapso en cuestión, se contabilizan más de 10 mil delitos y por arriba de 19 mil capturas. En promedio, 80 delitos diarios.

Fuente: [http://www.s21.gt/2016/05/las-trampas-del-adjetivo/]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Gerardo Guinea Diez
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