Danilo Santos
La violencia, entendida como el uso intencional de la fuerza y que tiene como resultado el daño físico, psicológico o la muerte, requiere de una capacidad para ejercerse; en el caso de Guatemala, se supone que el uso de la violencia es monopolio del Estado. Sin embargo, en realidad ésta es ejercida casi por cualquiera, y se hace grave cuando quien la ejerce es un grupo con dinero, gente armada y objetivos claros sobre el mantenimiento o la obtención de poder, control de territorios o del Estado.
La violencia, entonces, se vuelve estrategia de acción para la obtención o mantenimiento del poder.
El presente año la población guatemalteca ha sido testigo de hechos violentos sumamente notorios por su exaltación en las redes sociales y por lo cruento de los mismos; comandos fuertemente armados y bien organizados ejecutando en plena vía pública de manera impune a un excandidato político, atentados en contra de diputados del Congreso de la República o asesinato de sus familiares (incluidos menores de edad), y un aumento generalizado de asesinatos de más del 30% en relación al 2024.
El clima de violencia en Guatemala nos condiciona a sentirnos expuestos permanentemente, y los hacedores de este condicionamiento nos lo refuerzan de manera cotidiana a través de morbosas imágenes en redes sociales. El objetivo es asustar y eliminar resistencias, de tal suerte que el control social responda al status quo y a los privilegios de quienes se encuentran en el poder o ejercen el poder desde las sombras. Es decir, en el fondo, la violencia deriva entonces de una condición estructural, donde la brecha social, exclusión y el enfrentamiento ideológico, son el caldo de cultivo perfecto.
No podemos ver la violencia que vive el país como algo fortuito o aislado ya que responde directamente a la pugna entre grupos del crimen organizado, de la política, y la lamentable normalización de la agresión y el abuso en la sociedad guatemalteca. Mientras andamos cuidándonos en la calle para que no nos maten a nosotros y a nuestras familias, quienes dirigen el país de manera formal o mafiosa, deciden lo que quieran y perpetúan nuestro miedo y desatención de lo público y lo social.
No podemos ver la violencia que vive el país como algo fortuito o aislado ya que responde directamente a la pugna entre grupos del crimen organizado, de la política, y la lamentable normalización de la agresión y el abuso en la sociedad guatemalteca.
“Es cierto que usted mató a una persona en Chilpancingo” le preguntaron a Alfonso Portillo en la antesala de las elecciones de 1999. “No, a dos maté” respondió Portillo, y su popularidad se elevó hasta las nubes: resulto electo presidente. Así las cosas, las vísperas del evento electoral de 2027 han llegado muy pronto, y se prevé un grotesco circo de sangre y populismo, donde el ganador será quien muestre más capacidad de ofrecer violencia.
La violencia y el poder están intrínsecamente ligadas en tanto capacidad de coerción; sin embargo, esta capacidad debe siempre quedar dentro de lo normado por el contrato social y no a expensas de quien, de facto, tiene la capacidad de ejercerla. Esto nos deja en un escenario de barbarie donde la ausencia del Estado y la presencia de grupos violentos organizados es lo que realmente gobierna nuestras vidas y nuestro futuro.
Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.
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