Sergio Mendizábal
Hay épocas en las que las instituciones son llamadas a administrarse a sí mismas. Hay otras en las
que son llamadas a responder por el destino de una sociedad. La Universidad de San Carlos de
Guatemala se encuentra hoy ante una de esas coyunturas excepcionales en las que la historia deja
de preguntar por la eficiencia de los procedimientos y comienza a preguntar por la capacidad de
una institución para comprender el mundo que emerge y contribuir a transformarlo.
Lo que está en juego no es únicamente el futuro de una universidad. Lo que está en juego es la
capacidad de Guatemala para producir conocimiento sobre sí misma, interpretar las
transformaciones de su tiempo y formar generaciones capaces de actuar sobre una realidad cada
vez más compleja, incierta y conflictiva.
Durante décadas hemos discutido la universidad desde categorías administrativas, electorales o
corporativas. Hemos debatido autoridades, reglamentos, presupuestos, representaciones y
procedimientos. Sin embargo, la pregunta fundamental ha permanecido parcialmente oculta: ¿para
qué tipo de época estamos formando a quienes pasan por nuestras aulas?, ¿qué capacidades
humanas, científicas, éticas y políticas necesita una sociedad que ingresa en una de las mayores
transformaciones de la historia moderna?
El siglo XXI no se parece a ninguna de las épocas que le precedieron. La inteligencia artificial
comienza a modificar los sistemas de producción de conocimiento. La revolución biotecnológica
redefine los límites de la vida y la intervención humana sobre ella. La automatización transforma el
trabajo. La crisis climática altera las condiciones materiales de existencia de regiones enteras. Las
disputas geopolíticas reconfiguran el orden internacional. Las guerras ya no se desarrollan
únicamente sobre territorios físicos, sino también sobre sistemas de información, infraestructuras
digitales, flujos financieros, narrativas culturales y arquitecturas tecnológicas.
La humanidad atraviesa una transición histórica cuya magnitud apenas comenzamos a comprender.
En este contexto, la pregunta universitaria adquiere una profundidad nueva. Una universidad no
puede limitarse a reproducir profesiones, distribuir credenciales o administrar rutinas académicas
heredadas de otro tiempo. Una universidad que aspire a cumplir su función histórica debe
convertirse en una inteligencia colectiva capaz de observar el movimiento de la sociedad, anticipar
tendencias, producir conocimiento estratégico y contribuir a la formación de mujeres y hombres
capaces de actuar en escenarios de alta complejidad.
Ésta es, precisamente, la dimensión más profunda de la crisis que hoy atraviesa la Universidad de
San Carlos.
No se trata únicamente de una crisis de gobernanza. No es sólo una crisis electoral. Tampoco es
simplemente una disputa por la legalidad institucional. Todas esas dimensiones existen y poseen
importancia. Pero por debajo de ellas opera una crisis más amplia y más decisiva: una crisis de
adecuación histórica.
Mientras el mundo experimenta transformaciones aceleradas, amplios sectores de la vida
universitaria continúan organizados alrededor de paradigmas intelectuales, estructuras académicas
y formas de producción del conocimiento que fueron concebidas para responder a desafíos de otra
época. La fragmentación de los saberes dificulta comprender fenómenos cada vez más complejos.
La investigación frecuentemente permanece desconectada de los grandes problemas nacionales. La
docencia transmite información donde debería formar criterio. La extensión se separa de la
producción científica. La administración termina ocupando espacios que deberían pertenecer a la
reflexión estratégica.
La consecuencia es paradójica. Guatemala posee una universidad con una enorme legitimidad
histórica, una extraordinaria presencia territorial y una profunda inscripción en la memoria colectiva
de la nación; sin embargo, esa misma universidad encuentra crecientes dificultades para actuar
como una fuerza intelectual capaz de orientar los procesos fundamentales de su tiempo.
Reconocer esta realidad no constituye un acto de pesimismo. Constituye el punto de partida
indispensable para toda transformación verdadera.
Porque la cuestión universitaria es, en realidad, una cuestión civilizatoria.
Los pueblos que no producen conocimiento terminan consumiendo las interpretaciones producidas
por otros. Los pueblos que no desarrollan capacidades científicas propias dependen crecientemente
de tecnologías, diagnósticos y decisiones generadas fuera de sus horizontes históricos. Los pueblos
que renuncian a pensar estratégicamente su futuro terminan habitando futuros diseñados por
otros.
No se trata únicamente de una crisis de gobernanza. No es sólo una crisis electoral. Tampoco es simplemente una disputa por la legalidad institucional. Todas esas dimensiones existen y poseen importancia. Pero por debajo de ellas opera una crisis más amplia y más decisiva: una crisis de adecuación histórica.
La soberanía contemporánea ya no depende únicamente del control del territorio o de los recursos
materiales. Depende también de la capacidad de producir conocimiento, generar innovación,
comprender sistemas complejos y construir inteligencia colectiva para enfrentar desafíos inéditos.
Por ello, la transformación de la Universidad de San Carlos no puede reducirse a una reforma
administrativa, a una modernización tecnológica superficial ni a una simple alternancia de grupos
dirigentes. Lo que se encuentra planteado es un desafío de naturaleza mucho más profunda:
reconstruir la capacidad de la universidad para convertirse en uno de los principales laboratorios de
futuro de Guatemala.
Necesitamos una universidad capaz de articular ciencias naturales, ciencias sociales, humanidades,
ingenierías, artes y saberes territoriales en proyectos comunes de investigación y acción. Una
universidad capaz de estudiar simultáneamente la crisis climática, la transformación tecnológica, las
dinámicas migratorias, la reorganización geopolítica global, las nuevas economías digitales, las
mutaciones culturales y los desafíos de la construcción democrática. Una universidad capaz de
producir conocimiento relevante para comprender el país real y para imaginar el país posible.
Pero ninguna transformación institucional será suficiente si no emerge al mismo tiempo un nuevo
sujeto universitario.
La gran tarea de nuestra época no consiste únicamente en reformar estructuras. Consiste en formar
personas capaces de habitar conscientemente la complejidad histórica que les corresponde vivir.
Necesitamos investigadores capaces de dialogar con múltiples disciplinas sin renunciar al rigor
científico. Docentes capaces de formar criterio y no solamente transmitir contenidos. Profesionales
capaces de comprender los impactos sociales, éticos y políticos de las tecnologías que utilizan.
Intelectuales capaces de interpretar la realidad nacional sin quedar atrapados en los prejuicios
ideológicos del pasado. Servidores públicos capaces de pensar estratégicamente el largo plazo.
Ciudadanos capaces de asumir responsabilidades históricas frente a los desafíos colectivos.
Necesitamos, en suma, una nueva generación de cuadros intelectuales, científicos, técnicos,
culturales y políticos capaces de actuar allí donde se cruzan el conocimiento, la decisión y la
responsabilidad histórica.
Ésta es la razón por la cual la lucha por la Universidad de San Carlos no puede entenderse como una
disputa corporativa. Forma parte de una batalla más amplia por la capacidad de Guatemala para
convertirse en sujeto de su propia historia.
La vieja Reforma de Córdoba proclamó que las universidades debían abrir sus puertas a las nuevas
fuerzas sociales de su tiempo. Nuestra generación enfrenta una tarea distinta, aunque animada por
el mismo espíritu transformador. Debemos abrir la universidad a los problemas estratégicos del siglo
XXI. Debemos convertirla en un espacio donde el conocimiento vuelva a dialogar con la realidad
nacional, donde la ciencia recupere su dimensión pública, donde la investigación contribuya a la
construcción de capacidades colectivas y donde la formación universitaria vuelva a estar vinculada
con los grandes desafíos humanos de su época.
No defendemos una restauración. No defendemos una nostalgia. No defendemos un regreso
imaginario a algún momento idealizado del pasado.
Defendemos la construcción de una nueva etapa histórica para la educación superior guatemalteca.
Una etapa en la que la Universidad de San Carlos vuelva a reconocerse no como un patrimonio
heredado, sino como una responsabilidad frente al futuro.
Porque las instituciones no son juzgadas finalmente por la grandeza de su pasado. Son juzgadas por
la profundidad de su contribución a las generaciones que vienen.
Y la época que comienza será implacable con quienes no comprendan la magnitud de sus desafíos.
Por eso la pregunta decisiva ya no es cómo conservar la universidad que tenemos.
La pregunta decisiva es si seremos capaces de construir la universidad que Guatemala necesitará
para atravesar el tiempo histórico que ya ha comenzado.
Ésa es la tarea.
Ésa es la responsabilidad.
Y ésa es, también, la esperanza.
Guatemala, Centroamérica 1 de junio de 2026.
Oxlajuj Tz’i’.
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