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La «trumpada» del muro y el silencio chapín

El nuevo presidente estadounidense ha decidido llevar a la práctica sus promesas de campaña y, entre otras linduras, en su primera semana de gobierno ha dispuesto que construirá su muro para impedir la entrada de indocumentados, explícitamente mexicanos y centroamericanos.

Virgilio Álvarez Aragón

Su decisión se basa, supuestamente, en que de esa manera protegerá a sus ciudadanos de los daños que la delincuencia hispana ocasiona a la población nativa de ese país. Y, llevado al extremo su deseo, hace público que el muro será pagado por México, su vecino de al lado y hasta el momento un doméstico servicial y amable.

Las cosas, claro está, no son como él las pinta y pronuncia, pues, así como intenta esconder sus canas en su anaranjado tinte, las razones de la construcción del muro tienen más que ver con hacer creer a sus ciudadanos que los protege y con ocultar así, ante los ojos y las mentes de los trabajadores y las clases medias, la responsabilidad inmensa que los grandes capitales estadounidenses tienen en la crisis social y económica que sufren. La violencia no llega de afuera: es consecuencia directa de un modelo económico en el que todo espacio social y de trabajo es una oportunidad para la competencia y el enfrentamiento entre iguales. Poner la culpa en los vecinos resulta fácil y rentable, más aún si se tienen agencias de producción ideológica que al privilegiar las ganancias resultan incapaces de informar adecuada y colectivamente a la población. La crisis estadounidense es consecuencia de la falta de solidaridad que el modelo económico ha estimulado, y no de que masas de hambrientos expulsados de sus países lleguen a aportar sus capacidades para sobrevivir.

Pero en esa manera egoísta y autodestructiva de vivir no están solos. Sus émulos en los países vecinos hacen lo suyo y serán ellos los primeros en pagar los costos de la bulliciosa política del enfrentamiento impulsada por el señor del copete anaranjado. Decir que su economía se recuperará obligando a las industrias a instalar sus plantas de producción en suelo estadounidense es haber pasado de noche por los cursos básicos de economía política. La globalización de la economía no llegó por obra y gracia de algunos interesados, sino como consecuencia directa del proceso de automatización de la producción, que para ser rentable necesita altos volúmenes de producción y consumo.

Las industrias utilizan cada vez menos fuerza de trabajo. Y si esta se ubica en otros países es porque en estos la mano de obra resulta más barata. Trasladarlas a sociedades más desarrolladas y consecuentemente con mayores niveles de consumo, si bien puede dar empleo a algunos, encarecerá automáticamente los productos, pues los costos de producción serán más altos. Si la industria automotriz migró a otros lugares es porque la mano de obra estadounidense es más cara y porque para hacerla rentable necesita producir en mayor escala. El déficit comercial que con otras economías posee no es porque otros le roben los trabajos, sino porque ella, priorizando las ganancias, no ha logrado universalizar los beneficios de su desarrollo industrial. La Unión Americana no es solidaria entre sus propios estados, y esto ha producido grandes bolsones de pobreza.

Volver a la latinoamericanamente llamada sustitución de importaciones para romper la dependencia global estadounidense actual es no haber entendido las propuestas de Enzo Faletto. A estas alturas del partido, como lo aclaró en Davos Xi Jinping, quien quiera escaparse de la globalización o imponerse a ella simplemente dañará su economía. Y en el caso estadounidense, la economía de todos los demás.

Pero la bullaranga del muro puede ocultar esos estragos al hacer responsables de los daños a quienes al final de cuentas son los que han mantenido en pie esa economía y las de sus países: los inmigrantes. En toda la historia, los flujos migratorios han sido utilizados para abaratar costos al asumir las tareas menos calificadas a cambio de remuneraciones bajas y ausencia de protección. Los flujos masivos proceden siempre de sociedades más pobres, en este caso con élites económicas y políticas fracasadas, tanto o más que la estadounidense.

El señor anaranjado promete aumentar el número de deportaciones, que ya han sido masivas en los últimos años, pero funcionales a las élites de ambos países. Mientras allá se vende la idea de que son esos migrantes los responsables de todas las desgracias domésticas, en nuestros países se permite un reciclar de beneficiarios para hacer que las sedentarias élites locales mantengan sus ganancias sin esforzarse. Si cada año aumentan las deportaciones, también aumentan los que migran, con lo cual se logra que ambas economías funcionen, aunque sea artificialmente. Nadie aquí se preocupa por los migrantes, mucho menos por impedir que migren, porque, con su salida y sus posibles remesas, las vegetativas élites tienen dólares frescos y quetzales estables, listos para volar a paraísos fiscales.

Pero la sola amenaza de construir el muro puede traer consecuencias funestas para ambos lados. Mayores para los que, ilusos, creyeron encontrar en el neofascismo con aliento a burdel del viejo oeste la protección a sus ineptitudes. Porque, si por un lado los coyotes aumentarán los costos para el transporte de migrantes aduciendo mayores dificultades, los flujos migratorios pueden crecer significativamente en el corto plazo y hacer que decaigan las remesas al orientarse a las familias para cubrir esos gastos. Si las deportaciones se salen de lo planificado, también pueden amargarles el café a los acomodados comerciantes locales, pues, de nuevo, las remesas de las que viven disminuirían drásticamente y ellos ya no podrían ir de compras a Miami.

La gallinita de huevos de oro llamada Alianza para la Prosperidad puede no resultar ponedora y, en lugar de repartir recursos para lubricar diputados y llenar las góndolas de los supermercados, puede reducir los ingresos netos del país al disminuir las remesas.

Pero acá nada de eso parece importar y, en lugar de intentar construir un frente común para salir cuanto antes de esa trampa autoimpuesta, el presidente y su vice no participaron en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) por miedo quizá a que el señor naranja los regañe. Pero el entreguismo y el servilismo no los paga el dueño del casino con reducción de agresiones. ¡Todo lo contrario! El caso de Peña Nieto es un claro ejemplo: a más servilismo, mayor humillación. Su pueblo no merece eso, pero con este ha quedado en evidencia que a las élites y a sus gobiernos por estos lados nada los hace reaccionar.

Resultaría interesante preguntarnos por qué Nicaragua no vive las mismas vicisitudes que México, Guatemala, Honduras y El Salvador en este ocaso imperial.

Si las deportaciones se salen de lo planificado, también pueden amargarles el café a los acomodados comerciantes locales, pues, de nuevo, las remesas de las que viven disminuirían drásticamente y ellos ya no podrían ir de compras a Miami.

Fuente: [https://plazapublica.com.gt/content/la-trumpada-del-muro-y-el-silencio-chapin]

Narrativa y Ensayo publica este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

Virgilio Álvarez Aragón

Doctor en sociología, formado en la Universidad de Brasilia. Ha sido docente universitario en Guatemala, México y Brasil. Interesado por los temas educativos, ha investigado sobre la política educativa y el magisterio, pero también sobre la democracia y sus riesgos en las sociedades post conflictos. Entre sus publicaciones más recientes se encuentran “Conventos Aulas y Trincheras, Universidad y movimiento estudiantil en Guatemala” (dos tomos, segunda edición 2013) y “La revolución que nunca fue: un ensayo de interpretación de las jornadas cívicas de 2015”. Publica sus opiniones en Siglo 21 y Plaza Pública
Virgilio Álvarez Aragón
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